LA ERA|07 jul|POR Eliades Acosta Matos

Sus ojos y oídos

Es verdad, mayor, que yo he cometido todos esos delitos que Usted me imputa, y algunos más, que, claro, no le voy a contar, porque lo bueno es bueno, pero no lo demasiado. Basta que le reconozca que he pecado en el cumplimiento de mis funciones. Ello tiene para mí la connotación de una dura condena, porque mi juez más severo no es ese, ante el cual Usted me enviará empapelado, y casi que concluso para sentencia, sino mi propia conciencia, porque si bien es cierto que he mentido, engañado, difamado, manipulado y burlado la confianza en mi depositada, en primer lugar, del Ilustre Jefe del que, a mucha honra, hace rato que soy sus ojos y oídos en la calle, en cada rincón del país, y hasta en el extranjero, también es cierto que los errores cometidos han sido por celo profesional, y no por ser un desmadrado. Porque no lo soy, señor mayor, de eso puede tener la mayor seguridad. Como que me llamo Orfiliano Alardoso, para servirle al Jefe, a Dios, y a Usted, en ese mismo orden que le digo.

Si, es verdad que yo pagué por recibir informes, y los elevé al conocimiento de La Sagrada Persona, sin antes verificarlos. Es verdad también, lo reconozco, que algunos de esos informes los condimenté un poco, solo un poquito, con la sal de mis odios personales, la pimienta de tener claro a quién beneficiaría la calumnia de turno, tras el pago de modestas sumas, y el orégano de mis favoritismos. Pero yo no tengo la culpa, mi querido mayor, de que así funcione el sistema; de hecho, yo era un modesto maestro de escuela, y poeta dominical, cuando alguien se percató, por mis informes sobre aprovechamiento de los alumnos e incidencias escolares, de que poseía un raro don para la redacción, una llamita casi invisible, pero ardiendo en mi pecho, que hacía muy viva toda descripción, y casi que quedaba el deseo en los lectores de seguir leyendo aburridas estadísticas de aprobados, desaprobados, ausentistas, y chismes de bombillas que faltaban en las aulas, maestras que se robaban las tizas para venderlas a los sastres, y directores que sobaban a las alumnas más desarrolladas. Fue así como un día, hace ya dos años, entraron, como una tromba, a mi clase de Literatura unos tipos malencarados y malvestidos, y sin dejarme terminar el verso de Rubén Darío que recitaba a mis alumnos, esa "Sonatina" de "…la Princesa está triste, ¿qué tendrá la Princesa?", me atizaron par de bofetones sin yo saber por qué, me tomaron por el cuello, entre los gritos de los muchachos, y me sacaron a empellones de la escuela, embutiéndome en un cepillo del SIM, para decirme por el camino, ya más calmados, que, por escribir bonito y caer en gracia, la Jefatura me habían designado Calies Principal, con un sueldo de $250 pesos, ¿nada mal, verdad?, y que empezaba con tan buen pie que reportaría directamente a Palacio.

Usted se preguntará, con razón, como me pregunté yo entonces, si esos palurdos, macarrónicos, y malolientes trataban así a un trujillista leal y confeso, ¿qué no le harían a un laborante, un desafecto, o un indiferente? Pero por suerte, y fue lo que entonces me consoló, yo no encajaba en ninguna de esas infamantes clasificaciones, y tampoco me importaba mucho la manera en que tales alimañas eran tratadas, con toda justicia. Por eso, me enfoqué en el salario que devengaría por hacer lo que siempre había hecho, con la pequeña diferencia, de que en vez de reportar travesuras, reportaría conspiraciones y delitos; y en lugar de alertar sobre pequeños robos, reportaría sobre tremebundos desvíos de los recursos del Jefe. Fue entonces cuando, en gesto de redención y júbilo, lancé a la estela que dejaba atrás el cepillo del SIM, los cuadernos con composiciones que esa noche debía revisar, los poemas de Darío anotados, para declamar ante mis alumnos, y mis propios versos, en papeles pobretones y estrujados. Así me hice persona, gracias a la benevolencia infinita del Benefactor.

Llevo dos largos años, señor mayor, escudriñando cada palmo de este país, buscando traidores, ladrones, corruptos, abusadores y vivos, miembro de una fauna que molesta sobremanera a quien nos ha llevado de la mano de su genio, a una era de desarrollo y felicidad, por aquello de que no le gusta la competencia, ni la tolera. No pocos encumbrados personajes han caído por mí, Anselmo Paulino entre ellos, o mejor dicho, por mis impecables informes, que el Jefe no se pierde de leer, según me han dicho, y que disfruta sobremanera, al extremo de mandarme, de vez en vez, ciertas sumas para "… que mis ojos no se duerman, y mis oídos no se confundan de música", como me han transmitido.

Pero a sabiendas de que mi melodía era del agrado de tan Selecta Persona, empecé a sentir que no podía, bajo ningún concepto, serle aburrido ni inútil, y que cada uno de mis informes debía ser una obra maestra divertida, y además, necesaria. Cuando agoté las fuerzas humanas para multiplicarme por los rincones del país; cuando ya no tenía más dinero que repartir entre la red de informante que sostenía de mi peculio; cuando ya no me quedaban fuerzas, ni cabeza, para adornar los reportes, fue cuando acepté la idea de comprar historias inventadas, chismes de esquina, y maledicencias de comadres celosas, a tanto la línea, para, como ya le dije, aderezar los escritos que elevaba. Ese fue, mi querido mayor, mi pecado, y también mi perdición; la razón por la que me han propinado varias palizas de ablandamiento, los mismos macarrones endomingados que me fueron a buscar a la escuela, hace dos años, y sobre los que Usted, con su sabia paciencia, y don de gente, me está ahora interrogando.

Vamos al grano. Sé, y puedo entenderlo, que le interesan especialmente mis informes sobre San Cristóbal, la patria chica del Augusto Personaje. Y mire Usted, qué cosa, para serle honesto, de esos informes yo puse muy poco de mi cosecha, y si bien admito que los compré, pudo perfectamente estar sucediendo; la estricta verdad es que así era cómo sucedían las cosas, ni más ni menos.

Por ejemplo, el 20 de enero de este mismo año de 1957, yo reporté sobre "el censurable proceder del flanqueador del Generalísimo, Inspector Marcial Matos Báez, quien, cuando el Jefe no está en San Cristóbal, se traviesa en la carretera a cobrar uno o dos pesos, a cada chofer que pasa, además de requisar víveres, frutas y pollos". Y le juro por mi santa madre, que Dios tenga en su Gloria, que eso, específicamente eso, no me lo inventaron.

Tampoco es un invento, aunque pueda parecerlo, mi reporte del 7 de febrero donde alertaba que "… el personal que compone el reparto de leche para pobres en esta ciudad, se incauta de una gran parte de este alimento, y de los mejores panes, mientras se conmina a las infelices viejitas, que tienen tickets, aunque estén ardiendo en fiebre, a ir personalmente al reparto por las madrugadas, a buscar su ración" Tampoco yo inventé, ni nadie inventó que, como bien escribí "… Fellito Uribe, Encargado de los Tickets, envía públicamente, todos los días, diez botellas de leche al capitán Fernández, complacencia que se debe al hecho de ser Uribe el prometido de una hija del mencionado capitán". Mucho menos inventé, ni me vendieron el cuento tampoco, que "…también se puede ver a la hora del reparto, a varias personas con sendas cacerolas esmaltadas de aluminio, de buen tamaño, quienes por la indumentaria que llevan, no pueden pertenecer al grupo de indigentes y necesitados para quienes la generosidad ilimitada del Ilustre Jefe creó tan indispensables centros asistenciales."

No me mire así, mi mayor, y admita que la realidad es más imaginativa que todas las fantasías de los hombres. ¿Y qué me dice de este otro reporte, también de San Cristóbal? Escuche:

"Es objeto de comentarios en San Cristóbal la presencia, en el momento del reparto de alimentos, de un ex militar apodado Tango. Este señor, no conforme con la copiosa ración que lleva para su casa, y sin autoridad ninguna, pega fuertes cantarazos en la cabeza a las mujeres que no entran pronto en la larga fila que él organiza todos los días…"

Por su ligera sonrisa, veo que usted, caballeroso mayor, me ha entendido. Ha comprendido que, si bien es cierto que por celo, amor y respeto ilimitado al Jefe, monté una centrífuga de cuentos de barrio, no todo lo que he reportado es exagerado, y específicamente, los reportes de San Cristóbal se atienen a la más rigurosa exactitud.

Sé que no puedo pedir, ni rogar la benevolencia del Ilustre Jefe. Sé, perfectamente bien, que quien le falla, se entierra en vida. Y me duele haberlo hecho. Pero la vida es como es, y mi fallo fue excederme en el celo, intentar serle útil, y además divertido, a quien todo lo merece. Y por eso sé que Él me perdonará, no más le presente Usted este informe…

Pero, ¿qué hace Usted con esa pistola en la mano? ¿A qué viene ese gesto duro con que me mira, y esa voz metálica conque me pide que rece? No puede matarme por ser un tipo imaginativo y creador, que por demás, jamás reportó nada que pudiera dañar al Jefe.

Pero, ¿por qué me dice que a Usted si, que yo sé demasiado, y que hay que cerrarme la boca, de una buena vez; que por unos pendejos litros de leche nadie lo va a sacar del camino? Es, entonces cuando me dice que su apellido es Fernández, y que acaba de ser ascendido a mayor…

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