La Era|14 jul|POR Eliades Acosta Matos

Siete horas después

Bueno, Antonio de Jesús, aunque te cueste, tienes que reconocer que eres un perfecto canalla. Sé que la palabra es dura, y que tú no eres hombre que tolera insultos, pero, amigo mío, no hallo otra mejor para definirte, y nuestra larga amistad me da derecho a traspasar ciertos límites, ¿verdad? Son muchos días y noches en alta mar, unidos al destino de estos barquitos nuestros que tantas veces han sido zurcidos y rezurcidos, más que reparados. Ambos hemos aceptado, con esa especie de maldita resignación que tenemos los pobres, aunque tú hace rato dejaste de serlo, que hay que navegar en ellos con el credo en la boca, y bien confesados, pues bastaría una mala marejada para que nos arrastren con su miseria rampante a las profundidades. Por eso es que los compadres que hemos compartido tantos peligros tenemos derecho a decirnos las verdades en la cara, ¿sí o no? Ya sé que sí.

Mira, me tomo otro trago a tu salud, para que veas no he querido ofenderte, cambies esa cara amarrada, y sueltes la boca contraída por la rabia, que me recuerda a la gente que se ha hartado de cajuil. Estamos en tu camarote, que es el del mayordomo y enfermero del "Rhadamés", y si no lo supiera lo habría adivinado, porque nadie de la tripulación, ni el capitán Cohen, ni yo, Américo Azul, que soy el segundo a bordo, tenemos tanta pacotilla a nuestro alrededor, que casi no da espacio para moverse uno. Yo bien se, compadre, que no es por tus funciones que la gente te busca y te adula, te corteja y no se atreve a lanzarte ni una mala mirada, hagas lo que hagas, sino porque tienes la llave de los recursos disponibles, desde las medicinas, hasta los cigarros, pasando por la despensa donde se guarda la comida. Y eso, en medio del mar, en una soledad que se puede medir en millas náuticas, un desamparo que se puede pesar en arrobas, y un miedo que se puede enlazar, como un toro, eso, Antonio de Jesús, no es poca cosa: es tener un poder- y ahora bajo la voz, por si acaso, pues es una blasfemia lo que voy a decir- solo comparable con el poder del Jefe. Amén.

Hace siete horas que dejamos atrás a New York, y ya enfilamos directo a casa. Solo rompe la monotonía cuando se ve pasar, a lo lejos, otro barco desde donde suponemos nos miren con el mismo tedio, y sus marineros apuesten centavos, como hacen los nuestros, para adivinar si los peces voladores que saltarán ante la proa en los próximos quince minutos de travesía, son cantidades pares o nones. No hay más que hacer.

No, compadre, ¿qué envidia te voy a tener, si en la jerarquía del buque soy tu superior, y gano como oficial? Bueno, es verdad que en los negocios, que es lo que vale, el que manda eres tú, y eso, ni el capitán se atreve a disputarlo, porque sabe de sobra que quien interfieres en los negocios de un barco, termina volando un día por la borda, sin que antes haya habido un bandazo, ni un golpe de viento, ni una simple ola. Más de una vez ha pasado, y es un código no escrito, pero férreo, como son los códigos del mar. Y te lo digo sin pudor, pues para eso somos cúmbilas: en eso de buscarse la plata hay que contar contigo, mi hermano, nunca fallas, siempre la inventas en el aire, y cuando el otro pestañea, ya vienes de regreso con los bolsillos llenos.

Me ofendes, Antonio de Jesús: yo no te adulo por interés, y estoy por pensar que te estás poniendo viejo, que se te está secando el cerebro por tanta resolana de alta mar, el sereno de las madrugadas, las humedades de los amaneceres, el bamboleo de este trasto flotante, y las toses continuas de unas máquinas que vieron las dos Guerras Mundiales, y eso que estamos en 1957. Porque, y eso lo hemos hablado varias veces en confianza, al Jefe lo embarcaron con la compra de este cacharro que ostenta el nombre de su hijo, y eso fue obra de Mr Schiffino, el gerente de la empresa mercante en Ciudad Trujillo. Porque ese, mientras tú te embolsillas un peso, ya va por la centena. Ahí tú si no comes: esas son Grandes Ligas, mi compadre, y también merece otro trago, ¡claro que sí!

Bueno, ya que lo dices, vamos al grano. Hagamos el balance de la operación y dividamos las ganancias, como socios que somos. La parte del capitán me la das, y como siempre, se la llevo discretamente, porque él no quiere tratar con nadie que no sea yo, porque el diablo son las cosas. Y tiene razón: lo que sobran entre nosotros son ojos, oídos y narices, y no se puede uno confiar más que de su compadre de toda la vida.

Pásame el dinero, que yo voy contando… Veo que esta vez dio menos la venta de las latas de comida, las legumbres, las jeringuillas y las inyecciones del botiquín de a bordo. Bueno, amigo mío: del lobo, un pelo. Sumo eso a lo que dejaste de pagarle al timonel Alvarado, accidentado en el Atlántico, y que sobrevivió de milagro, aunque malherido. Aquí tengo su salario no percibido, la prima de accidente y los viáticos que debiste darle, y no le diste, cuando lo dejaste en tierra sin protección, ni atenciones médicas. Claro, compadre: el vivo vive del bobo, eso no se discute, y si lo menciono es para las cuentas, no por reproche. Sumo también el dinero por los mismos conceptos del morenito de San Franciso de Macorís, accidentado también, pero que no tuvo tanta suerte, y del que vendiste a los judíos ropavejeros sus pertenencias, sin pensar en la viuda y los hijos. Que descanse en paz, en el regazo del Señor.

A ver: la venta del carbón de las estufas de la cocina dio, más o menos, lo mismo de siempre. También los sacos de arroz, habichuelas, la manteca, las galletas, la leche en polvo y las sardinas. Sumo a todo eso, lo que dio la venta de dos pistolas de señales con sus bengalas, porque nunca nos han hecho falta, y las baterías de las linternas, que tampoco son imprescindibles… Bueno, Antonio de Jesús, ahora si apretaste: no me hubiese imaginado que vendieras las dos cajas de herramientas, la brújula del puente de mando, los extintores, que maldita la falta que hacen en un buque, y los cristales de las claraboyas… La madera sí, eso siempre lo hemos hecho y no es nada nuevo, y, aquí entre nos, es de lo que más da.

Los americanos son muy puntillosos, ya lo sabemos, y sin querer, nos hacen un gran favor con eso de que hay que poner madera nueva para separar las cargas, en cada viaje. Esas son sus reglas sanitarias, y bendito sea al que se le ocurrió, porque aquí es donde está la verdadera búsqueda. Tenemos un sistema que funciona como un reloj, claro, siempre que compartamos las ganancias del truco con Mr Schiffino, el capitán americano del muelle y los inspectores: no más llegar, descargamos el buque, entregamos los productos que transportamos, y llevamos a tierra, supuestamente para incinerar, cientos de pies de madera. Esa misma noche, mientras los hombres están de juerga con los cueros de los muelles, y morados de borrachos, ayudados por los mismos gringos, introducimos a bordo la misma madera, como si fuese nueva, recién adquirida a la empresa "Jarca", de New York, la que nos entrega las consabida factura, que por supuesto, pagamos por debajo de la mesa, y en la tierra paz, y en el cielo, gloria. Al llegar a Ciudad Trujillo, el propio Mr Schiffino estafa a la empresa que representa, liquidándonos el precio de la compra falsa, y sacando una buena tajada en cada operación: la parte del león, que ni tú le discutes.

Por eso, mi buen amigo, es que en tu camarote apenas puedo dar un paso, ni ponerme de pie, transcurridas siete horas de la partida, porque el dinero que ganas lo inviertes en la pacotilla que ahora llevas de vuelta a casa, y que venderás en el mercado negro de la ciudad, tras engrasarle la mano, no faltaba más, a los inspectores dominicanos de Aduana. Un negocio redondo, ¿verdad? que merece otro trago.

Este es un viaje especial, porque tenemos el alto honor de llevar de vuelta en nuestras bodegas, la compra anual de víveres finos que el Generalísimo encarga en New York a su cónsul general, y que este logra comprar, a precio de oro, tras peregrinar por las mejores y más caras tiendas de exquisiteces gastronómicas: caviar iraní, paté finlandés, jamones españoles, encurtidos rusos, enlatados y chocolates suizos, pastelería y quesos franceses, licores argelinos y armenios, productos de Madagascar, Kiribati, Afganistán y Laos, especias de la India y Holanda, peras y uvas búlgaras, y por supuesto, toda la parafernalia gringa: desde corn flake más caro, hasta cajas de chiclets, mostaza y cátsup, hamburguesas conservadas, tocino de Virginia, pavos ahumados de Kentucky, salmón de Alaska, y manzanas de California. Todo bien empaquetado en las bodegas, impecable y lozano, como debe ser, amarrado a las maderas que separan las cargas, para evitar que el bamboleo del buque los dañe… Y eso, Antonio de Jesús, merece el último brindis del día…

Bueno, ni tomarse un trago dejan a uno tranquilo. ¿Qué te dijo ese marinero que entró tan asustado, y temblando? ¿Qué fue lo te susurró al oído, que te ha vuelto a amarrar la cara y crispar la boca, sin haber comido ni un dichoso cajuil?...

¡Por Dios, Antonio de Jesús: por algo te dije hace un rato que eras un perfecto canalla! Ni el capitán, ni yo tenemos nada que ver con eso. Allá tú y el Jefe cuando lleguemos a puerto. ¡A ver cómo le explicas que las maderas tan usadas estaban contaminadas, y que una oleada de bichos se está comiendo sus exquisiteces en la propia bodega del "Rhadamés", empezando por los Camembert franceses!¡ Y las linternas sin batería!

 

Yo estuve ahí Si fuiste testigo de esta noticia envianos más informacion aqui...

Enviar
Powered by OverKontrol - Omnimedia 2011© Todos los derechos reservados.