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Cuarenta hermanos

Félix Wenceslao Bernardino salió a la terraza de la residencia habanera de los embajadores dominicanos, huyéndole al calor de los sillones recubiertos de brocados, los pesados cortinajes medievales y la penumbra de mal gusto con que sus predecesores confundieron la ostentación con la elegancia verdadera. Por supuesto que tampoco él disponía de una estética superior, ni de un ojo entrenado para diferenciar lo elevado de lo canallesco. Si había salido a respirar el aire del barrio de Miramar, era huyéndole al fastidio del calor, buscando un espacio de sombra y procurando la complicidad del verdor de las plantas para vaciar aquella botella de whisky, como Dios mandaba.

Era un hombre brutal e iracundo, feo como un sapo agónico y carente del menor remordimiento, como si al nacer le hubiesen extirpado el corazón. Tuvo a su merced a muchos, y jamás sintió que debía perdonarlos, si antes el dedo del Jefe los hubiese señalado. Lo demás venía sólo, y cualquier arma o herramienta era suficiente para cerrarles, de golpe, sus días sobre la tierra, como el que cierra, inapelablemente, un libro mal escrito que exige ser enmendado. No pensaba, no sentía, no titubeaba, y si alguien podía afirmar que había vislumbrado una remota chispa de humanidad o ternura en sus ojos, casi siempre inyectados en sangre, como ocurre con los mastines, era porque había coincidido con él en alguno de los escasos momentos en que, casi de contrabando, tocaba el saxofón, una afición secreta y antigua que solía ocultar para que sus enemigos no se envalentonaran ante su debilidad.

No fallaba. Era letal y fiel como un cachorro. Inexpresivo en extremo, salvo cuando tomaba la pluma para escribirle al Jefe. No por casualidad este lo había nombrado Encargado de Negocios en La Habana, un santuario protegido por los gobiernos del partido Auténtico, de Grau y Prio, donde los exiliados dominicanos y los revolucionarios cubanos no se ocultaban para conspirar contra su gobierno, despotricaban contra "Chapita" en los artículos rabiosos que Miguel Ángel Quevedo les publicaba en la revista "Bohemia", y se jactaban de haber estado en Confites, como si se tratase de un timbre de gloria, o una marca de hombría. No por casualidad, el Generalísimo lo había enviado al sitio de mayor peligro, en el momento decisivo, con el tiempo justo para dar los golpes preventivos estrictamente necesarios para amedrentar a los laborantes, congelar a los desafectos, y frenar el rosario de intentonas como las de Confites y Luperón, con una Legión del Caribe por la zona, suelta y sin vacunar.

A eso había venido. No a cultivar las relaciones, ni a explorar áreas de mutuo beneficio para el comercio. Tampoco para hablar de Máximo Gómez, ni de los demás generales que la minúscula Baní había aportado a las Guerras de Independencia de Cuba, y mucho menos para exaltar los valores del "Manifiesto de Montecristi", que el otro Generalísimo, el de verdad, había firmado con Martí, un 25 de marzo de 1895. Simplemente lo habían enviado para matar, libre de ataduras, y hasta con absolución por adelantado. Y por supuesto, Bernardino, con sumo gusto, mataría. Por eso había salido al fresco de la tarde, huyéndole al sofocante panteón funerario donde los anteriores Embajadores dominicanos en Cuba se amortajaban, creyéndolo chic. Y sentado a la mesa de los desayunos, junto a la piscina y los flamboyanes, tuvo la certeza premonitoria de que esta vez, como tantas, no fallaría.

Poco tardó en vaciar la botella.

En su borrachera, Bernardino vio como si una mano invisible desplegase ante sus ojos un ejemplar de "El Caribe", fechado el 18 de agosto de 1949, y le señalase una carta que los miembros de la familia Sorge Esteban, de Santiago de los Caballeros dirigían al Procurador General de la República. Y con la lentitud de los beodos, y una sonrisa idiota en su rostro repulsivo de batracio, leyó:

"Los suscritos, madre, viuda y hermanos del señor Antoñico Sorge Esteban, tenemos a bien dirigirnos a Usted, en su calidad de máximo representante del Ministerio Público, para poner en su conocimiento un hecho criminal y espeluznante, cometido en la persona de nuestro querido pariente, vilmente asesinado en la ciudad de La Habana, durante la noche del 6 de julio pasado, por agentes de la Policía Secreta de Palacio, crimen que pudo ser realizado con la ayuda de un grupo de dominicanos, actualmente residentes en Cuba y Puerto Rico…"

Conocía el caso de sobra. De hecho, a su ocurrencia debía el honor de haber sido enviado a matar, a nombre del Jefe. Antoñico Sorge Esteban era capitán del Ejército Nacional, más que probado en diferentes misiones de aniquilación contra enemigos y sospechosos internos, y que se había cubierto de gloria infiltrando el Frente Interno de Puerto Plata en los días en que se preparaba en Cuba la expedición de Cayo Confítes. Gracias a sus informes cayeron casi todos los complotados, y el Jefe pudo ajustarle cuentas, por perros y traidores. Ese éxito le había ganado el derecho a seguir con la leyenda de ser uno de los pocos fugitivos que lograse escapar a la represión, refugiándose, primero en Puerto Rico, y después en Cuba.

Pero lo que no sabía nadie, ni siquiera el Jefe que lo sabía todo, era que aquel comediante en pose de revolucionario perseguido, ya había sido detectado, y que al llegar a Puerto Rico estaba sentenciado, sólo que se le remitió a La Habana para poder ajustarle cuentas, sin complicaciones con el FBI. Y así fue.

Creyéndose un espía infalible, y calculando las recompensas que lo esperaban, había viajado a Miami, el domingo 3 de julio de 1949, y seguido de inmediato a La Habana, en el vuelo 226. Recibido con vítores por la nutrida colonia dominicana de esta ciudad, congregada en el aeropuerto de Rancho Boyeros, como si se tratase del recibimiento de un apóstol, fue alojado, sin gasto alguno, en el mítico "Hotel San Luís", amparo de los proscriptos por Trujillo, y centro público de reclutamiento, dos años antes, cuando el Cayo hervía de hombres rudos que juraban bañarse con la sangre del déspota, al que derrocarían.

De ese hotel, y de esa leyenda, sería extraído en la noche del 6 de julio, cuando unos tipos mal encarados y peor vestidos, flacos a fuerza de fumar tabacos interminables, de civil y con ametralladoras Thompson, tras mostrarles credenciales del Servicio Secreto y de la Guardia de Palacio, lo arrastraron hasta un auto y lo sacaron a las afueras de la ciudad, hasta llegar a un camino vecinal que desembocaba en el mar. Fue allí, por Cangrejera, cuando tras implorar por su vida, ya de rodillas, y antes de recibir las ráfagas, escuchó la última frase de su existencia:

"¡Hijo de tu maldita madre: Esto es por lo de Puerto Plata!"

Bernardino tenía todos los detalles. En aquella ciudad, si se pagaba con largueza, no había secreto infalible, mucho menos cuando los mismos hombres del comandante Vilela, Jefe del Servicio Secreto de Palacio, se jactaban de lo realizado en prostíbulos y taberna del puerto, su ámbito natural, el claustro materno del que habían nacido. Y para poder llevar a cabo su plan, y consolidar su coartada, había tratado el asunto en la correspondencia diplomática que mantenía con la Cancillería cubana. Así escribió, recordaría entre los vapores del whisky, el 12 de abril de 1950, apenas cuatro meses después de llegar a la isla:

"… Ya no se trata de localizar al señor Antoñico Sorge Esteban-afirmaba-porque ese señor ya está muerto, y sus restos seguramente esparcidos por ese agitado mar que fustiga el Malecón de La Habana. Fue asesinado por extranjeros intrusos, que con el beneplácito de funcionarios cubanos quisieron, desde Cayo Confites, destruir el aporte que el Gobierno serio, progresista y responsable que mi país, ha dado a la civilización del Siglo XX… Al abogar de esta manera civilizada por la justicia, nos estamos exponiendo a correr la misma suerte del asesinado Sorge Esteban, ya que como informé a esa Cancillería, por nuestra Nota 390, del 14 de marzo de 1950, la proposición de asesinato de nuestra persona, y otros miembros de nuestra Legación, fue formulada por el señor Mauricio Báez, en el hotel "San Luis", quien se encuentra pululando por las calles de La Habana, en compañía de individuos maleantes y conocidos como matones a sueldo…"

Félix Wenceslao Bernardino, aún profundamente borracho, y antes de caer en un profundo coma alcohólico, al borde mismo de la piscina, logró imaginar el instante final de quien, según el Jefe, le había desbaratado la bonita jugada del capitán Sorge. Su última ráfaga de conciencia, lejos del agobio de los ambientes pétreos y anticuados que sus predecesores consideraban el clímax de la elegancia, fue para recordar cómo terminaba la carta de los Sorge, publicada en "El Caribe"

"… La víctima del caso que denunciamos, tiene más de 40 hermanos, todos los cuales están dispuestos a sancionar, personalmente, a los autores y cómplices de tan repugnante crimen…"

Bernardino solo tuvo tiempo de fijarse en el rojo sangriento de las flores de los flamboyanes. Al día siguiente, en medio de una cruda resaca, ordenaría el secuestro de Mauricio Báez…

"Ni faltan que hacen tantos hermanos…"-le escucharon.