La mujer del almirante y otras cosas
Sí, la de ese mismo. El fucú, que dijo que nos descubrió; mentiroso, si no estábamos escondidos. El que está en parque al lado de la Catedral. El que nunca ha bajado el dedo ni para decir adiós. No digo el nombre para que no me caiga un azaramiento. Allí está ella, sentada frente a su estatua. Gritándole improperios. Reclamándole el pago de la casa, la escuela de los hijos, la comida en el colmado, los zapatos y la ropa. Ella, morena, pelo envuelto en una toalla, chancletas viejas, un vestido hecho harapos y un bulto que parece un zaguán deteriorado. Dice ser la esposa del Almirante, y si una le escucha sus insultos y reclamos, se lo cree. La conocí una mañana mientras tomaba fotos a las palomas que adornan ese parque. Ellas, inocentes voladoras, con sus cantares y arrebatos, se les sientan en las piernas, le bloquean la cabeza, y ella ríe. La verdad que hay cosas que guindando parecen cocos de agua.
Me senté a su lado y olía a desperdicios. Su piel sucia parecía llena de tatuajes. Quise hablarle, preguntarle su nombre, si tenía familia, dónde vivía. Y con un gesto de desprecio, apretando la boca y una cortada de ojos que me dejó perpleja, se levantó del banco, alzó la mano y con el dedo mayor de la mano izquierda me dijo un adiós indecente. Yo me quedé helada, recogida en vergüenza, pero ella caminó hasta perderse en camino y aunque volví algunas veces no la encontré. Supongo que aparecerá cuando un día se recuerde del marido, Almirante, conquistador, de medio mundo. Ella, la mujer del que no baja el dedo ni para limpiarse la nariz, seguirá con sus reclamos e insultos, su caminar austero, sus gestos despreciables, y aun así, seguirá siendo el personaje que aparece hoy sí y mañana no. Nadie sabe su nombre ni le interesa, ni el porqué, ni el cómo se cree la mujer de aquel fucú.
Punto y aparte. Y cambiando del tema: cuando veo a los políticos besando a niños, viejas y hombres sudorosos y entrando en casas destartaladas, me imagino que al regresar a sus mansiones se bañan con cloro y jabón de cuaba y se limpian la boca con limón y sal. Cuando llegan al Poder "ni pa´llá voy a mirar". Así son todos. Hay excepciones que confirman las reglas pero esos no llegan ni a la puerta del Palacio. Recuerdo una vez, cuando yo participaba en política, fuimos a un barrio muy pobre y una señora le brindó al candidato una empanada de yuca rellena de carne. Se la comió, saboreándola en apariencia, sonreído, diciendo de su sabrosura, y al día siguiente tuvo que ir diez veces al sanitario. Conclusión: Maldijo a la mujer.
Mientras dura la campaña, que aquí es todo el año, se les ve en lo que nunca se les volverá a ver. Hay sonrisas, abrazos, besos, estrechón de manos, piropos y saludos dizque cariñosos, luego, "si te vi no me acuerdo". Y como dice el merengue: "Por eso estamos como estamos, por eso nunca progresamos…" Aunque hay otras aptitudes peores, es cierto, que nos llevan al infierno. Le toca al pueblo hacerlos cambiar ¿lo lograremos?
Ligia Minaya
Ligia Minaya