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Buenos espacios de la vida

Si hay algo que nos ayuda a vivir, es la amistad. Un espacio de la vida, solidario, maravilloso y que siempre nos da la certeza de tener apoyo. Un amigo, una amiga, llena los vacíos de soledad, alivia la tristeza, ayuda a resolver los problemas y sobre todo es alguien en quien puedes apoyarte para seguir adelante. Un amigo, una amiga, es la persona con quienes tienes cosas en común. Alguien a quien cuentas intimidades, expresas tu dolor, compartes alegrías, un cafecito, un desayuno, un almuerzo, o simplemente te sientas a su lado y hablas intrascendencias, cuentas chistes, lloras, ríes y te recuestas en su hombro. Hay conocidos, esos a quien saludas, que te caen bien, conversas un momento, pero el amigo-amigo, amiga-amiga, es con quien compartes tu día a día, a quien llamas por teléfono dos y tres veces y le cuentas lo que vas a cocinar, que viste tal o cual película, si sientes algo por aquí o por allá. Y esa intimidad es un regalo de la vida. Los demás son simples conocidos, no amigos.

Otro buen espacio de la vida, es la cama. Nada mejor que acostarse, relajarse, sentir el cuerpo ajustado en el colchón. No importa que sea una colchoneta. Lo que vale es que el cuerpo se acomode. Dicen los médicos que hay que cambiarlo cada cierto tiempo, pero nada como uno que asuma la forma de las nalgas, de la espalda, de los muslos. Y ni hablar de esa sabanita suavecita, desteñida, con mil lavadas, que te envuelve el cuerpo con cariño. Hace unos días me desperté a las cinco de la mañana y me dije, Ligia… ¿y qué vas a hacer a esta hora? Fui al baño, hice pipí y volví a acostarme, me envolví en mi sabanita, abracé una de las almohadas (duermo con cuatro) y respiré despacio mientras iba pensando en lo bueno de mi vida, echando a un lado temores, penas, dolores, preocupaciones, y volví a dormir, como quien duerme en brazos de una nube. Y al despertar pensé, una cama por pequeña y vieja que sea, un colchón aunque sea centenario, una almohada suavecita y una sabanita desteñida, es un buen espacio de la vida. Y es así, la vida tiene pequeñeces que hay que disfrutar. Y ni hablar de un buen baño, bajo la ducha, con el pelo empapado de oloroso champú, que el agua corra por el cuerpo como una mano de ángel acariciando cabeza, cara, espalda, nalgas, vientre, muslos y pies. ¡Virgencita de la Altagracia, qué regalo de la vida!

¿Recuerdan las parchas? Esas a las que las chinolas, sus primas, han desplazado. Pues ahí están, volví a comerlas. Sabrosas, jugosas, con una dulzura increíble. Parece que las están poniendo a renacer. No las había vuelto a ver desde hacía muchos años, y ahora, han sido para mí otro buen espacio de mi vida. Y ni hablar de los mamones, y otras tantas cositas que parecen no tener gran importancia. Cuando uno se da cuenta de esas pequeñeces, las disfruta.

Sí, la vida tiene sus dolores, te da unos trompones que te aturden, pero si dentro tienes un amigo o una amiga, una buena camita donde descansar, lees un buen libro, oras, escuchas el sonido del silencio, es posible que la vida te dé un buen espacio.