Quién como una madre
"Venid los moradores del campo y la ciudad, entonemos un himno de intenso amor filial, cantemos de las madres su ternura y su afán y su noble tributo de abnegación sin par…"
Este Himno a las Madres, escrito por Doña Trina De Moya, esposa del antiguo presidente Horacio Vázquez, es una referencia exacta y bonita de lo que es una madre. Es un privilegio que nos da la vida. Con la maternidad creamos la humanidad, damos el ejemplo de educación y buenas maneras a nuestros hijos. Les enseñamos la honestidad, el respeto a lo ajeno y tantas otras cosas, que por eso dice Doña Trina: "Quien como una madre, con su dulce encanto, nos disipa el miedo, nos calma el dolor, con solo brindarnos sus regazo santo, con solo cantarnos palabras de amor. De ella aprende el niño la sonrisa tierna, el joven la noble y benéfica acción, recuerda el anciano la oración materna y en ella florece la resignación…"
Doña Trina puso también el adiós, porque cuando una madre se muere los hijos, aún los malos o violentos, se le estremece el corazón, rezan y van al cementerio de llorar. "Cubramos con flores la tumba sencilla, de madres que moran en la eternidad y honremos con flores la frente que aún brilla, que aún brilla y esplende la maternidad. Para ella escojamos frescas azucenas, simbólicas flores de aroma ideal, blancas como el alma de las madres buenas y con algo místico y sentimental. Albas estrellitas, nítidas hermanas de las que circundan la divina sien, de la que es modelo de madre cristiana, madre de Dios-Hombre, nacido en Belén". El hecho de engendrar y parir convierte a la mujer en una estrella, algo que brilla en la tierra, algo que florece cada día, algo que ríe, que canta, que da besos y abrazos, y perdona. Los hijos son un norte, su meta, el sol de cada día. Siempre los verá con buenos ojos, le protegerá, y le ayudará a caminar por el sendero de la vida.
"Celebremos todos la fiesta más bella, la que más conmueve nuestro corazón. Fiesta meritoria que honramos con ella a todas las madres de la creación". Quien tiene una madre para gran parte de su vida es un ser dichoso. Quien la pierde a poco tiempo de nacer, sufre y lo marca para toda la vida. Sin embargo, cuando las madres se van, cuando están ya en las estrellas, nos miran desde el cielo, se acercan a nuestro corazón y nos abrazan diciéndonos cuánto nos quieren con un aliento suave y oloroso. Es que las madres no saben de abandono, de olvido, de echarnos a un lado, de dejarnos sin protección. Si, usted querido lector, tiene a su madre en otro espacio, mire al cielo. Allá verá una estrella que palpita. Esa es su madre. Sonríale.
Y si además de madre se es abuela. Bendito sea Dios. Nos ha dado el amplio espacio de volver a amar a un niño, a una niña. A varios. A ser doblemente feliz. De volver a dormirlos en nuestros brazos, cantarles las canciones de cuna, de besarlos a cada momento, de disfrutar de su risa, de sus ojitos y su boquita sonreída. Una nueva bendición de la vida que disfrutamos como solo las abuelas podemos hacerlos. Buen día de las madres para mis lectoras. Dios las bendiga.
Ligia Minaya
Ligia Minaya