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SAUDADES|13 abr 2013, 12:00 AM|POR Ligia Minaya

Mujer peligrosa

En el transcurso del tiempo hemos visto cómo se ha saqueado, rechazado y violentado la naturaleza de la mujer. Durante miles de años se le ha querido relegar a un territorio silvestre, tirar a un pantano, a los cuales se ha deseado que se adapte. En esos lugares habitan animales salvajes y dicen que la mujer tiene una personalidad parecida. Ello así para encontrar justificación para golpearla, dispararle, maltratarla, descuartizarla, con el pretexto de que es peligrosa y voraz.

Sin embargo, la mujer tiene una ayuda de persuasión, una elevada capacidad social y familiar, mucha fuerza, mayor resistencia, es extremadamente intuitiva, se preocupa por los padres, por su pareja, por sus hijos, amigos, amigas y por todo el que está a su alrededor. Por eso, para quien no acepta esas buenas condiciones, es un punto estratégico para disparar. Así lo hacen los que no tienen sus cualidades, las miran con egoísmo y las consideran peligrosas. A pesar de los pesares, la mujer sigue actuando con diligencia, con firmeza y con tesón.

Un cuerpo bien formado, escultural, una cara bonita, aumentan el peligro de agresiones y se manipula con el veredicto de celos. La coquetería, algo natural en la mujer, levanta agresión. Se considera que se puede ser coqueta mientras tanto no se llega a una relación de pareja, luego levanta odio y termina con la vida. Aun así, la mujer sabe cuándo pueden continuar la relación, resuelve el problema, busca explicación, si es que se puede, y sabe cuándo deben morir las cosas y cuándo puede continuar la vida. Naturalmente, la justicia tiene su lugar y el divorcio o la separación, una salida. Ojalá se pueda.

Pero si la mujer se aparta de su fuente básica, queda impotente, pierde su ruta, su capacidad para pensar. Es cierto que cualquiera que sea su cultura, su época, la mujer no cambia. Desea su libertad, que florezca su personalidad y esto depende tanto de ella como de los demás. Todo se transforma con el paso del tiempo menos su esencia. Hasta la más refrenada, la que mucho aguanta, la más oprimida, esconde un rincón cerrado en el que habitan sus pensamientos, sus sentimientos y donde se instala una apertura para poder huir. No encontrar fuerzas para seguir su propio ritmo, ceder su vida, dejarse arrastrar por lo que hay, es una manera de perder su instinto. No se debe dejar de hablar claro. No se debe ser conservadora y amable con quien hiere por la espalda.

"Una mujer sana se parece mucho a una loba: robusta, poderosa, con fuerza vital, dadora de vida, consciente de su territorio, ingeniosa, leal, en constante movimiento. No está hecha para ser criatura enclenque de cabello frágil, incapaz de pegar un salto, de dar luz o de crear vida". Lo dice la psicóloga Clarissa Pinkola Estés, en su libro "Mujeres que corren con los lobos". Y yo agrego: "Agua que no has de beber, déjala correr, déjala, déjala…". Canción que cantaba Sarita Montiel (QEPD), para decirles a los hombres que si no quieren a esa mujer "peligrosa", la dejen ir como agua que no han de beber.

Denver, Colorado

Si no quieren a esa mujer "peligrosa", déjenla ir como agua que no han de beber. 

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