Hubo partidos que quisieron hacer en campaña el negocio del siglo, pues como se vendían por libra, querían el pago en efectivo.
El alegato en cada caso eran los gastos en que habían incurrido, que a distancia se consideraban cuantiosos, pues el aguajero sabe que depende de la bulla.
Incluso, se quedaron de último, previendo que llegaría el momento de la desesperación, y que sus votos, por pocos que fueran, serían cruciales.
En política unos son vivos y otros vivos y medio.
Los grandes no llegan sin los chiquitos, y estos lo saben y se aprovechan. Sólo que a veces más de la cuenta, y buscando un efecto, provocan el contrario.
Por ejemplo, uno que pidió alrededor de sesenta millones de pesos, queriendo recuperar una inversión que calculaba en dólares.
Se le dijo que rebajara la mitad y se pusiera en precio, y se transó por menos, aunque nunca recibió nada. Al final, como buen samaritano se confió en que el saldo llegaría vía el futuro gobierno.
Ahora ve que no, que se dejó envenenar con una esperanza vana.
La contraparte, por su lado, se felicita. La votación fue tan escasa, que si hubiera pagado, la sal le hubiera costado más que el chivo.