Lecturas
09 Junio 2012
Los sonidos del cuerpo

Si hay algo que nos ayuda en la vida es escuchar los sonidos de nuestro cuerpo. Unos minutos de silencio, lejos de todo, acostado en la cama, sentado en un sofá, una mecedora o caminando tranquilo por un parque, respirando con tranquilidad, nos hace saber lo que quiere o no quiere nuestro cuerpo. En muchas ocasiones sentimos el palpitar de nuestra sien, un dolorcito de cabeza que se nos escapa a toda prisa, una pierna que se aflige, el pecho que acongoja, la frente que se nos desconsuela, el sufrimiento del estómago, sensaciones de ánimo que proceden de nuestro interior y a las cuales no encontramos motivos. Otras veces estamos tristes sin conocer la causa, nos sentimos cansados sin saber qué nos ha pasado, deseamos no hablar y estar a solas, y es que el cuerpo, más cuando se llega a edad avanzada, dice lo que tiene que decir y hay que escucharlo. Es una ayuda para comprender qué nos pasa. El cuerpo es un templo donde está refugiada nuestra energía. Oír su voz, sus latidos, y, sobretodo, sus respuestas, nos hace la vida más apacible.

La vejez, que muchos ven como un trauma, nos enseña a escuchar lo que antes no oíamos. Mientras somos jóvenes la vida se vive de prisa, con dificultad por el horario de trabajo, por los asuntos de pareja, por la limpieza de la casa, por la educación de los hijos y tantas cosas más, aunque es muy bueno y muy grato ser joven, el día a día se nos pone acelerado. Los ya pasado el meridiano, es decir, los viejos, no todos, por supuesto, sino los que ya están jubilados y viven tranquilos porque no nos falta nada, pueden, con ese reposo, escuchar lo que quiere su cuerpo. Con sosiego nos damos cuenta del motivo que nos produce ese dolorcito de cabeza, por qué esa pierna se estremece, cuándo debemos dormir y cuánto debemos comer, y olvidar aquello que nos dio tantos problemas y, aún en la distancia, recordar los pequeños momentos de felicidad que nos dio la vida. Incluso, encontrar salida a lo que creíamos imposible.

Cuando los años pasan y ya rebasamos los 60, nuestra vida cambia, y si ponemos de nuestra parte, cambia para bien. Hay personas que no se quieren jubilar porque no saben lo que harán fuera del trabajo. ¿Será aburrido? Eso causa dificultades, contrariedades, inconvenientes, ya que hoy, queramos o no, los jóvenes son los que tienen, además del mejor acceso a la tecnología, los mejores puestos de trabajo y los mayores se van quedando a un lado por más que intenten alcanzarlos. Así es la vida. Por eso, quizás lo ideal sea planificar qué hacer cuando a uno le toca la retirada. Conozco personas que se han dedicado a lo que no pudieron hacer antes: pintan, escriben, leen mucho, viajan, hacen artesanías y hasta vuelven a la universidad, en fin, aprenden lo que antes no pudieron hacer.

En nuestro país hay miles de personas mayores a los que no se les ha dado la pensión que han ahorrado en muchos años de trabajo y eso es una injusticia, un pecado, un terrorismo gubernamental. Esos sí que no pueden escuchar el sonido de sus cuerpos, pues no tienen ni con qué comprar una aspirina.

Denver, Colorado


De Ligia Minaya