La sal, que en tiempos lejanos condimentaba los bolsillos (de ahí la palabra salario), no debe usarse en exceso. El mejor alimento, con algunas pizcas de más, se torna incomible. Los senadores vaciaron todo el salero sobre la ley aprobada para regular los sueldos públicos. El mordisco de prueba arruga todas las caras. Sabe mal, no hay duda. El plato público se saló en la moña, quedando desabrida toda la orilla. Los cocineros legislativos discutieron tanto sobre los ingredientes especiales incluidos en la receta, que terminaron por dejar fuera a los corrientes. Lo servido no se lo puede tragar nadie. hfigueroa@diariolibre.com