Lecturas|23 ene 2010, 12:00 AM|POR Frank Moya Pons
LECTURAS historia y memoria por frank moya pons

La Prolongación: ¿quién recuerda a Horacio Vásquez?

Horacio Vásquez
EEl Presidente Leonel Fernández declaró esta semana a Patricia Janiot de CNN que no buscará reelegirse en el 2012, afirmando que él cree en un régimen presidencial de dos períodos de cuatro años, como lo establece la nueva Constitución, y en una posible reelección alejándose del Poder Ejecutivo durante un período intermedio.

En este sentido, el Presidente Fernández, nuevamente (pues así lo hizo también para las elecciones del 2000) ha desistido de modificar la Constitución para continuar en el cargo, como ha sido la práctica presidencial en la historia dominicana. De los presidentes contemporáneos, solamente Salvador Jorge Blanco, en 1985, renunció a buscar la reelección, aun cuando la Constitución se lo permitía.

El tema de la reelección presidencial ha producido numerosas crisis políticas en la República Dominicana. Una de ellas desencadenó fuerzas y acontecimientos que culminaron con la subida de Rafael Trujillo al poder. Todo comenzó a mediados de 1926 cuando comenzó a discutirse en la prensa la cuestión de las elecciones presidenciales que debían celebrarse en 1928.

En artículos que fueron publicados en aquellos días, varios intelectuales y políticos sugirieron que el Presidente Horacio Vásquez y los miembros del Congreso habían sido electos de acuerdo con la Constitución de 1908 y que, por lo tanto, sus mandatos respectivos eran de seis años y no de cuatro, por lo que debían cesar en sus funciones en 1930 y no en 1928.

Estos publicistas sugerían, además, que como el vicepresidente de la República Federico Velázquez había sido electo luego de proclamada la Constitución de 1924, que fijaba la duración de las funciones del Poder Ejecutivo en cuatro años, no tenía derecho a permanecer en dicho cargo más allá del 16 de agosto de 1928. Según esos argumentos, los poderes del presidente de la República debían prolongarse por dos años más, mientras que los del vicepresidente quedaban limitados solamente a cuatro años.

Este movimiento de opinión cobró fuerza dentro del Partido Nacional, y se le llamó "la prolongación". Mucho fue lo que se debatió en la prensa de aquellos días sobre si la prolongación era constitucionalmente válida o no.

En verdad, no era válida pues Vásquez no había sido elegido de acuerdo con la Constitución de 1908, sino en virtud de las estipulaciones del Tratado de Evacuación que funcionó como especie de pacto constitucional durante el gobierno de Vicini Burgos hasta en tanto la Constitución de 1924 no fuese aprobada y proclamada. Además, Vásquez y Velázquez se juramentaron luego de proclamada esta nueva constitución, comprometiéndose a respetarla y hacerla respetar, lo cual significaba su aceptación de que la duración de sus mandatos se limitaba a cuatro años.

Pero la propaganda oficialista se impuso, favorecida por el interés de los coalicionistas de copar todos los cargos que dejarían los velazquistas al salir del gobierno. A principios de 1927 todo estaba preparado para que el Congreso se pronunciara sobre la cuestión, a pesar de que el mismo Horacio Vásquez había recibido varias advertencias de la Legación de Estados Unidos en el sentido de que el gobierno de este país no vería con agrado una prolongación inconstitucional de sus poderes.

En septiembre de 1926, Vásquez había dicho que estaba dispuesto a aceptarla y que todo lo que hacía falta era discutir los procedimientos que convenía seguir para legalizar su prolongación en la presidencia, aun cuando la Constitución vigente establecía claramente que el gobierno de Vásquez debía terminar en 1928.

El día 7 de abril de 1927, varios senadores presentaron un proyecto de ley dirigido a modificar la Constitución para extender el periodo presidencial a seis años, esto es, hasta el 16 de agosto de 1930. Este proyecto de ley fue prontamente aceptado. Para el 1° de abril de 1927, el gobierno convocó a elecciones para elegir diputados a una Asamblea Revisora.

Esta asamblea se reunió el día 9 de junio y ya el día 17 había preparado una nueva Constitución que prorrogaba los mandatos del presidente y el vicepresidente, así como de los diputados que debían concluir sus periodos el 16 de agosto de 1928. De manera que las elecciones que debían celebrarse al término de un año, fueron pospuestas para celebrarse después de tres.

Los velazquistas protestaron, aunque no todos, pues hubo diputados y funcionarios del Partido Progresista que decidieron seguir al gobierno uniéndose al movimiento por la prolongación. El mismo Federico Velázquez viajó a Washington en un esfuerzo por conseguir que el gobierno estadounidense impidiera que Vásquez continuara gobernando más allá de 1928, pero no pudo conseguir nada pues en esos momentos la política latinoamericana de Estados Unidos estaba tomando un nuevo rumbo que consistía en mantener una actitud de no intervención directa para evitar verse envuelto en conflictos similares a los que llevaron a la ocupación militar de Santo Domingo, Nicaragua y Haití.

Así, el gobierno de Vásquez siguió impertérrito su camino y el año siguiente, cuando llegó el momento de efectuar constitucionalmente la prolongación, Velázquez se negó a continuar en su cargo y, el 16 de agosto de 1928, fue sustituido por el doctor José Dolores Alfonseca, quien ocupaba la poderosa posición de presidente de la Junta Superior Directiva del Partido Nacional.

Desde los primeros días del gobierno de Vásquez, Alfonseca había sido el director político del partido horacista y se perfilaba como el sucesor presidencial, pues en más de una ocasión Horacio Vásquez había anunciado su decisión de dejar a Alfonseca en su lugar cuando concluyera su mandato.

El ascenso de Alfonseca a la Vicepresidencia de la República constituyó para él un triunfo personal, pues ahora la sucesión que él esperaba se perfilaba claramente. Pero Alfonseca tenía grandes enemigos dentro y fuera del partido y tan pronto se juramentó como vicepresidente comenzaron las intrigas para impedirle que sucediera a Vásquez en 1930.

Estas intrigas tomaron varias vertientes. La primera y más visible fue la que urdieron sus antagonistas dentro del Partido Nacional, pues muy pronto empezaron una campaña en favor de la reelección de Horacio Vásquez para el periodo presidencial de 1930 a 1934. Alfonseca tuvo que unirse a esa campaña para no ser calificado de ambicioso o de traidor.

De manera que en los dos años que siguieron a su elección, Alfonseca seguía atrapado en las redes reeleccionistas de su propio partido, que no tardaron en verse manipuladas por el mismo Horacio Vásquez, quien empezó a promover políticamente a su sobrino Martín de Moya, secretario de Estado de Hacienda, como posible candidato a la Presidencia, para equilibrar la influencia de Alfonseca dentro del partido.

Alfonseca contaba entre sus enemigos a uno muy poderoso: Rafael Trujillo, el jefe de la antigua Policía Nacional Dominicana, corporación que había cambiado su nombre en mayo de 1928 por el de Ejército Nacional.

El antagonismo de Trujillo y Alfonseca fue aprovechado por Martín de Moya y sus seguidores y, en breve, el partido se dividió entre los seguidores del vicepresidente y los amigos y seguidores del secretario de Hacienda y del jefe del ejército. Este último grupo se hacía cada vez más numeroso, pues mucha gente veía mayor fuerza política en Moya, que era sobrino del presidente y que aparentemente contaba con el decisivo apoyo del jefe del ejército.

Sin embargo, a medida que pasó el tiempo, la campaña por la reelección de Vásquez fue haciéndose más palpable; Horacio Vásquez favorecía con su silencio esta campaña y también favorecía las que realizaban Moya y Alfonseca por su propia cuenta, y así todos concluían en declarar que solamente él, Horacio Vásquez, podía seguir siendo presidente de la República, ya que ningún otro líder político estaba en condiciones de mantener unido el partido.

Entre tanto, el gobierno continuaba sus programas de obras públicas y su política de colonización y desarrollo agrícola. El dinero circulaba abundantemente y se decía que muchas de las nuevas fortunas surgidas en los últimos años provenían de la corrupción de ciertos funcionarios públicos. La prensa atacaba y defendía al gobierno libremente. Había periódicos gobiernistas, como el Listín Diario, y periódicos oposicionistas como La Opinión y La Información de Santiago de los Caballeros. Los debates en el Congreso se conducían dentro de la mayor libertad posible y nadie era perseguido por sus ideas o por sus posiciones políticas.

A pesar de estos avances democráticos, la campaña por la reelección y la división del Partido Nacional terminaron debilitando al gobierno pues tanto los velazquistas como los mismos coalicionistas que ocupaban cargos en la administración pública veían con inquietud las posibilidades de una continuación del Partido Nacional en el poder. Vásquez había demostrado honradez y honestidad a toda prueba, pero su sectarismo político, que sólo era superado por el de Alfonseca, era un obstáculo para los coalicionistas, que apenas participaban de las decisiones del gobierno.

De ahí las intrigas que algunos coalicionistas urdían con el jefe del ejército, Rafael Trujillo, a quien ellos también buscaron cultivar políticamente explotando su rivalidad con Alfonseca y haciéndole ver sus posibilidades presidenciales en caso de que Vásquez faltara.

La próxima semana: Trujillo y Horacio Vásquez.
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