ESPACIOS - DECORACIÓN|31 ago 2012, 12:00 AM|POR Angélica Rodríguez Bencosme

La transmutación del mueble dominicano

En el país, el mueble ha variado poco; es un símbolo de estatus y se perpetúa en los hogares.
Existe en el país un fuerte apego a la madera, en particular a la caoba, como símbolo de estatus y de garantía de la calidad del mueble (particularmente por su durabilidad). (Foto: Fernando Calzada).
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En nuestro país, el mueble no solo ha variado poco durante el paso del tiempo, también es sinónimo de estatus para sus dueños y se perpetúa en los hogares, gozando de una gran longevidad, a pesar de sus apuestas actuales por el cambio.

Más allá de las apariencias, el diseño es una profesión íntimamente ligada a los valores sociales, llegando solamente a ser permeada por la siempre incisiva economía. Aun así, con frecuencia prevalece el valor social; como en el caso de la silla cabecera de una mesa, que en su reminiscente aspiración a ser un trono, aparenta ser de oro sin realmente serlo.

A través de los años, han sido pocos los cambios en el mobiliario que predomina en los espacios de la casa dominicana. El mueble, atado a la moda en otro hemisferio, está anclado al discurso panegírico de su dueño como cualquier otro símbolo de estatus (no solo de clase socio-económica, sino también de grado cultural). De esta forma, el mueble dominicano goza de ser más longevo que sus homólogos extranjeros, y por qué -entre otras razones- puede estar relacionado con aquellos hogares donde todavía prevalece el lujo, y en su defecto, un simulacro de este; y por ello, se tiende a colocar un mueble ostentoso entre diplomas, certificados y otros símbolos del éxito profesional o social de los miembros familiares en el área más pública de la casa.

Localmente, este reinado perenne del mueble también se atribuye a la arraigada estética del que se fabrica en madera y parece estar atado a la talla profusa y al lugar de la casa al que está destinado; en este caso, es notable la fuerte valoración de la tradición. De igual modo, existe un fuerte apego a la madera, específicamente a la caoba, como símbolo de estatus y de garantía de la calidad del mueble (particularmente por su durabilidad).

 

Por otro lado, la acogida y aceptación en el imaginario colectivo de las nuevas tendencias del diseño de muebles es lenta en comparación con otros ámbitos afectados por la moda. Y por tradición, el consumidor dominicano compra muebles que duren toda la vida y que resistan nuestros hábitos de limpieza -el uso del agua para el aseo doméstico se presta a un profundo análisis cultural, asociado con lo limpio y lo moral-.

Entre otras causas que justifican la perpetuidad de la vida del mueble en el ámbito nacional se encuentran: un mercado que aún no se ha hecho eco de los llamados diseños de usar y tirar, y una costumbre arraigada de que el ciclo de vida del mueble dominicano, cuando se desecha tras largos años de uso, apenas empieza a terminar; en barrios periféricos y densamente poblados, se comercializan los desechos, el mueble se reconstruye y comienza su proceso de reutilización -en este caso, sin dudas, es evidente la mordida de la economía-.

Los cambios se avecinan

Con la observación y el análisis de la evolución del hábitat, se vislumbran los factores del entorno y del mercado que influyen en la generación y asimilación de las nuevas tendencias. Tanto el uso de materiales orgánicos, la terminación rústica de la madera y la implementación de los colores asociados con el trópico, como una predominante horizontalidad y las casas de playa (como un segundo hogar), introdujeron cambios en la manera de amueblar la casa y popularizaron los muebles asociados a este estilo de vida hedonista y placentero, caracterizado por diseños geométricos sencillos y por la implementación de textiles, madera y materiales orgánicos como la principal materia prima. Por demás, estos inmuebles turísticos suelen ofertarse completamente amueblados y aunque subyacen razones económicas (la intención es que quien los compre forme parte del pool de renta del proyecto inmobiliario), cristalizan el imaginario colectivo de cuáles muebles deben habitar estos espacios.

Aunque lejos de poseer un segundo hogar, la clase media es receptiva a estas modas y tendencias que da a conocer la clase alta, elite o dirigente. La venta de muebles de este estilo, tanto en franquicias y tiendas especializadas como en las populares tiendas por departamentos, son pruebas de ello.

Por su parte, la diáspora dominicana y el vaivén de su corriente migratoria promueven cambios en nuestro modo de vida que siempre han sido muy notorios. Los llamados dominicanos ausentes, provenientes mayormente de Nueva York, con todos los componentes propios de los núcleos culturales desarrollados en ese medio, y el uso de medios audio-visuales (televisión, cable, videos), además de fortalecer los elementos foráneos a nuestra cultura, los presentan como modelos a ser reproducidos, total o parcialmente, en nuestro medio. El estilo de la vestimenta, las casas (tanto su estilo arquitectónico como su decoración), la música y los vehículos de los dominicanos ausentes dejan sus huellas.

Probablemente los concurridos liquor stores, comercios dedicados a la venta y expendio de bebidas alcohólicas, sean lo más próximo al diseño contemporáneo que ve el pueblo de manera cotidiana. Habiendo entrado por esta puerta, tan divorciada de la dogmática primacía de Sullivan: "La forma sigue a la función", cabría preguntarse cuáles valores exaltan. El engendro de esta frase, que posteriormente acuñó la Bauhaus, se presenta como un local monocolor (por lo general blanco) de concreto, vidrio y metal; bien iluminado; de la mano de imágenes publicitarias y de promesas de transgresión; de lo nuevo. (La autora de este texto es diseñadora-máster en interiores y mobiliario).

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