De buena tinta|18 jul|6|POR Eduardo García Michel

Fondos de pensiones

Cuando en la década del 90 se discutía la creación de un sistema de seguridad social, bajo la coordinación de la Fundación Siglo 21, nadie estaba seguro de que los fondos de pensiones llegarían a alcanzar la relevancia que ya tienen.

El movimiento tripartito que protagonizó el proceso inicial de discusiones estuvo bajo la inspiración de un liderazgo empresarial clarividente, dirigido por George Arzeno Brugal; de un movimiento laboral de altas miras, asumido con seriedad por representantes de varias centrales sindicales; de una clase política con integrantes que tenían certeza de su papel histórico; y de técnicos con consciencia de la trascendencia de su papel.

En aquel momento constitutivo, pues de ahí surgió la ley de seguridad social, se tenía fe ciega en que si se lograba acumular estos fondos, se magnificaría el potencial de la economía.

La lógica era simple: si trabajadores y empresas aportaban al sistema de seguridad social el fruto de un ahorro cautivo, originado en el esfuerzo productivo, entonces ese mismo ahorro debería usarse para crear más riqueza y empleo al destinarse a financiar más actividades productivas.

O sea, se pretendía crear un círculo virtuoso: a mayor tamaño de los fondos de pensiones, más amplias serían las posibilidades de financiamiento de largo plazo a la inversión y, por consiguiente, habría más empleo formal, protección social y desarrollo.

Al abrir ahora los ojos a la realidad queda la impresión kafkiana de que hasta las ideas más sublimes pueden ser desnaturalizadas; de que los grandes sueños sucumben por la incapacidad manifiesta de entender y ejecutar sus líneas maestras sin distorsionarlas; de que la táctica prevalece sobre la estrategia; y de que si es que hemos de morir debemos hacerlo ya, para no contemplar cómo los pequeños intereses descarrilan una obra monumental para el progreso de un gran pueblo.

Lástima de país tan atormentado por sus grandes errores y por la visión miope de algunos que se creen sus grandes hombres y sólo encarnan el espíritu avieso de sus grandes males.

Al 2011 los fondos de pensiones ya estaban en alrededor de RD$150,000 millones, y representaban el 8.1% del PIB. La tendencia es que sigan aumentando aún a mayor ritmo.

Ahora, dígame usted. Si, dígame, ¿adónde está yendo a parar el ahorro que es el producto de tantas horas trabajadas por la fuerza laboral formal y el de las empresas?

Al 2011, el 49.1% de esos fondos se había acomodado en las bóvedas del Banco Central, tal vez para siempre jamás. Un 9.7% fue intercambiado por papeles que emite Hacienda Pública. Un 2.8% por papeles emitidos por el BNV.

En un tris, el sector público se ha quedado, directamente, con el 61.6% del monto de los fondos de pensiones. Y, ¿para qué? ¿Para hacer algo trascendente? Es obvio que no.

El 38.4% restante, se distribuye así: 24.8% en los bancos múltiples; 9.2% en las asociaciones de ahorros y préstamos; 1% en bancos de ahorros y créditos. Una parte sustancial de este dinero se recoloca sobre todo en el Banco Central, lo que lleva al Estado a acaparar probablemente más del 90% del monto total de esos recursos.

Y sólo un mísero 3.4% ha ido a financiar actividades productivas. Es decir, no ha quedado casi nada para sustentar el círculo virtuoso de mayor producción y empleo. Los sueños de aquella constituyente han rodado por el suelo.

Es evidente que no ha habido voluntad de crear condiciones para que estos fondos pudieran ser usados en potenciar el desarrollo. En cambio, si la ha habido para facilitar que instituciones públicas absorban y esterilicen los recursos con fines de corto alcance.

Queda la esperanza de que, más pronto que tarde, la sociedad o alguien con liderazgo y capacidad de decisión política, se dé cuenta de la oportunidad que existe de cortar algunas trabas que frenan la capacidad de generar producción y empleo. Y advierta que los fondos de pensiones son un instrumento vital para relanzar la economía hacia cotas nunca antes alcanzadas.

En ese momento muchos se darán cuenta del absurdo y costo tan alto que ha estado teniendo destinarlos a alimentar un hoyo negro, para satisfacer objetivos desligados por completo de la dinámica productiva.

Cuando eso suceda, emergerá como prioridad incontestable la necesidad de solucionar el enredo cuasi fiscal, que es el origen de esta dañina distorsión. Esa es una de las claves para que los fondos de pensiones puedan ser colocados, con la transparencia y garantías correspondientes, en inversiones que estimulen el surgimiento de una economía competitiva. Y eso permitiría también acercarse al equilibrio en las cuentas externas, que si se sumara al objetivo de un deseable equilibrio interno, llevaría a estabilidad durable y constructiva, con crecimiento basado en las exportaciones.

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