EN DIRECTO|23 jul|1|POR Rafael Nuñez

Al borde de la carretera

Extenuado de una intensa gira política por la Línea Noroeste, caí en un sueño profundo en la cama de una angosta habitación que daba a la carretera principal que comunica a Esperanza con Montecristi.

Atrás quedaron las imágenes, como diapositivas, de las coquetas viviendas multicolores, encerradas con alambres de púa. Confinado en los archivos del cerebro están guardadas las estampas de los chivos exhibiendo un triángulo de palos colgando de su cuello, las cocinas de tablas de palma, separadas del bohío principal, los extensos terrenos cubiertos de agua donde los lugareños siembran arroz; y no se olvidan, además, los incontables negocios que se disputan los clientes que se detienen a degustar el exquisito plato de chivo horneado o guisado.

La jauría de perros realengos que parece celar la noche, me sacó de aquel sueño poco después de las tres de la madrugada. Sobre el cinc de aquella humilde vivienda, enclavada en la copa una meseta de Villa Elisa, se estrellaban las gotas de una lluvia que no terminaba de caer. Sentí el ladrido de los perros cuando pasaron frente a la vivienda que me acogía, y no cesó hasta perderse en el silencio.

Cuando el sol despuntaba, los anfitriones ya habían preparado, en fogón de leña, el primer sorbo de café cuya misión fue desperezar las ganas para iniciar otra jornada electoral, que prometía ser tan intensa como la del día anterior.

-Señora, ¿a quién le ladraban los perros esta madrugada?-, pregunté mientras compartía un exquisito café de pilón.

-Ay, mi hijo, todas las noches, grupos de haitianos que entran ilegales al país vienen a pies desde Monte Cristi hasta Guayacanes, donde son transportados en vehículos hasta Santiago, cobrándole sumas de dinero por cabeza.

-¿Y después que llegan a Santiago, qué pasa?-, le inquirí.

-Esos choferes los dejan en Santiago, ése es el compromiso-, me dijo.

Los haitianos que no logran llegar ilegalmente a Santiago, la segunda ciudad de República Dominicana, se quedan en las fincas de la Línea Noroeste en labores agrícolas. Luego, no retornan a su tierra natal. Ese fenómeno migratorio ocurre desde que Haití dejó de ser la tacita de oro en el Caribe por su floreciente industria azucarera en época de la colonia francesa, hace siglos.

Desde entonces se recuerdan las escenas de haitianos caminando extensas distancias para llegar a los centros urbanos, provenientes de pueblos haitianos cercanos, que usan como puerta a Dajabón, Jimaní y otros puntos fronterizos, menos frecuentados.

Corrían los primeros meses del año 2004 cuando llegamos al municipio San Ignacio de Sabaneta, en Santiago Rodríguez. El calor de un clima de verano en una zona que se torna árida por las sequías estacionales, hace que en las noches se sienta un sopor asfixiante. Tenía el compromiso de amanecer en Villa Elisa, un distrito municipal lejano del punto donde pernoctaría el resto de la comitiva.

El trajinar electoral el día entero por la Línea Noroeste, convertía en infernal aquella estadía nocturnal en un pueblo, acogedor sin embargo, que lleva el nombre de uno de los generales héroes de la Guerra de la Restauración: Santiago Rodríguez. Al general se le atribuye la fundación de esa provincia junto con otros ciudadanos de apellido Bueno.

Para llegar hasta el municipio de Sabaneta, cruzamos las extensas llanuras y cadenas montañosas que componen las cordilleras Central y Septentrional, sembradas de estepas, cayucos, guasábaras, frutos menores, así como de amplios potreros, levantados éstos para atesorar los mamíferos herbívoros que se han convertido en fuente de riqueza de productores de la zona. Decidí, pues, obviar el camino real.

Las aguas de los ríos Guayubín, Yaguajay, Mao y Cana no parecían, sin embargo, ser suficientes para mitigar el sopor en las noches de verano en estas tierras ganaderas de Sabaneta, municipio cabecera fundado exactamente en el llano, al pie de la Cordillera Central.

La promesa de dormir en casa de una familia en el distrito municipal de Villa Elisa, al extremo norte del municipio de San Ignacio de Sabaneta, me obligó a cruzar por una amplia llanura que colinda al norte con el distrito municipal de Villa Elisa. A oscuras, escasamente identificaba un camino que me habría de llevar a la carretera que une a Esperanza con Monte Cristi.

Con el cansancio acumulado después de una jornada de campaña, opté por no tomar la vía que va de San Ignacio de Sabaneta hasta Esperanza, para luego girar hacia el Noroeste por la carretera de Monte Cristi. El cansancio doblegó mi instinto de supervivencia, pues cruzar aquel bosque, en un vehículo solo y de noche, era más que un riesgo. Mi objetivo, empero, era llegar rápido a una cama donde pudiera tirar mis huesos y músculos abatidos.

El diálogo matinal con los dueños de aquella vivienda, en Villa Elisa, discurrió en torno al masivo ingreso de haitianos indocumentados a nuestro territorio, sin dejar de referirnos a la actitud de cooperación que la mayoría de los dominicanos ofrece a los vecinos, que huyen de la calamitosa situación de su país, cuyos responsables no somos nosotros.

El alegato de que el país hace deportaciones atendiendo a criterios racistas y lingüísticos, solo existe en las mentes de los miembros de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos que elaboraron el ridículo documento.

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