El financiamiento a la producción

La cartera crediticia del sistema financiero ha perdido relevancia. En 2011 solo representaba el 54.1 % de los activos, en comparación con el 62.3% en el 2000, y valores más altos en el pasado, mientras que las operaciones de tesorería se incrementaron de un 7.6% al 16.6%. En 2011 la cartera de crédito ascendió a RD$506,564 millones. De ese monto apenas quedó un 16.5% para la llamada producción: industria, 6.1%; agropecuaria: 5.5%; y otros: 4.9%.
De esos números se desprende que el sistema financiero cada vez presta menos y cada vez hace más operaciones de tesorería, al tiempo que mantiene una liquidez elevada. Y de lo que presta, una parte pequeña va a la producción, a un costo financiero alto.
¿Por qué se ha llegado a estos extremos? Después de la crisis bancaria el organismo monetario tuvo que emitir certificados en montos muy altos para desmonetizar recursos. Y siguió haciéndolo al acomodarse a una realidad conveniente en que la política monetaria se ejecuta con cargo al fisco y opera como una centrífuga pública que absorbe una porción creciente del ahorro nacional y deja sin nutrientes al aparato productivo. Y no siempre hay diferenciación entre objetivos institucionales y los que no lo son.
Además, habría que ponderar hasta qué punto el reglamento de evaluación de activos contiene sesgos adversos a la producción, y en qué medida podría mejorarse la documentación y la presentación de los balances empresariales.
Lo inocultable es que ha aumentado la deuda cuasi fiscal a RD$345,842 millones, al tiempo que este año el gobierno tendrá que pagar casi RD$24,000 millones de intereses al Banco Central. Se ha multiplicado el monto de los certificados emitidos, que ya llega a RD$241,894 millones, de los cuales al público corresponden RD$84,580 millones. Y se ha desnaturalizado la finalidad de la intermediación financiera, que es la de poner en mayor medida el ahorro nacional al servicio de la producción para crear empleo formal, en vez de usarlo para facilitar el consumo de bienes, sobre todo importados, o de depositarlo en las bóvedas del organismo monetario.
El dilema es el siguiente: seguir con este juego tan costoso aplicando algunos parches, como pudiera ser congelar la emisión de certificados del organismo monetario y especializar el pago anual del gobierno a la reducción de la deuda cuasifiscal; o ejecutar una segunda opción que consiste en que el gobierno asuma la deuda cuasi fiscal mediante mecanismos no traumáticos y consensuados, lo cual no conlleva costo que no se tenga ya, y libere al Banco Central de sus pasivos.
La primera opción ayudaría a disminuir el tamaño del problema; la segunda permitiría desmontar en un plazo razonable la estructura anómala de pasivos de la institución monetaria, lo que limpiaría y comprimiría el balance del Banco Central y haría espacio para la ejecución de una política monetaria enfocada a hacer fluir el ahorro y el crédito a la producción, y en reducir el elevado déficit en cuenta corriente de la balanza de pagos, sin renunciar al control de la inflación. También facilitaría devolver a la intermediación financiera sus roles propios, relegando a un lugar secundario las operaciones de tesorería.
En ese contexto podrían crearse condiciones favorables para la reconstitución sana y masiva de las reservas internacionales, lo que fortalecería la moneda y llevaría a establecer una tendencia estable de disminución de las tasas de interés.
Como complemento, habría que revisar la normativa bancaria para conciliar la consideración del riesgo con la atención a la demanda de crédito a la producción, y poner en marcha un programa para unificar el formato de los balances empresariales para mejorar su comprensión.
De la ejecución de una política con características como la indicada, y del impacto directo de una política fiscal y sectorial con visión global e integradora, podría depender en alto grado que haya desarrollo y se reduzca la pobreza.
Miguel Savastano, funcionario del FMI, acaba de proponer en Punta Cana que hay que "..incentivar la inversión doméstica". Y que "mayores niveles de reservas internacionales, apoyadas por políticas cambiarias más flexibles en las economías no dolarizadas, ayudarán a reducir las necesidades de financiamiento en caso de shocks externos adversos".
Esa sugerencia coincide con lo planteado en este artículo. Es un misterio que esta forma de pensar de los directivos del FMI no tenga expresión práctica en las políticas de los países sometidos a acuerdos stand by. Si la hubiese tenido la realidad sería distinta y mejor.
Es hora de permitir que emerja una economía liberada de tanto lastre, competitiva y vibrante, que conecte el ahorro con la producción a costo razonable, y elimine distorsiones al sector financiero.
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Eduardo García Michel
Eduardo García Michel