Señores, los medios no se pueden quejar de la cantidad de informaciones locales e internacionales que están recibiendo últimamente y que son verdaderos filetes noticiosos a la plancha, jugosos y bien sazonados.
Después de las Olimpíadas, de las últimas matanzas por maníacos en USA, de las crujidas económicas por las crisis europeas, del nuevo gabinete del Presidente dominicano… ahora le toca el turno mediático al pleito suscitado entre el señor Correa de Ecuador y el señor Julián de Wikileaks.
Ambos se han ¨calzado los guantes¨ para enfrentarse en el cuadrilátero diplomático de la capital británica, y en un estadio mundial lleno hasta la tambora, con cientos de millones de espectadores esperando el desenlace de la pelea.
En una esquina, están los flemáticos contendientes británicos, que, como sus perros bulldogs, son duros, correosos y famosos por no soltar la presa cuando la muerden. Ahí están los ejemplos de las Malvinas o Gibraltar. Tienen, por añadidura, como managers de apoyo, a sus aliados los poderosísimos Estados Unidos, los tranquilos y permisivos suecos y, más agachados aún, otros países todavía escocidos por los escándalos que han supuesto los secretos revelados a través las redes sociales.
Del otro lado del ring, el desafiante presidente Correa, mandatario de una nación latinoamericana para los ingleses lejana y de importancia menor, apoyado a su vez, como no, por los países integrantes del eje del ALBA y afines, con el speaker Hugo Chávez a la cabeza, quien no pierde la más mínima oportunidad que le permita figurear y retar a las grandes potencias imperialistas.
Y por si fuera poco, Correa, cuenta con un asesor de peleas jurídicas de categoría internacional que es el famoso juez español Baltasar Garzón. Ahí están un David y un Goliat, en medio del ring mirándose con malos ojos, cada uno lanzándose amenazas y bravuconadas a diestra y siniestra con el fin de amedrentar a su rival.
¿El tema del pleito? no puede ser más extraño y peregrino, el pedido de asilo de Julián porque no quiere que los suecos le extraditen y le juzguen por presuntos delitos sexuales cometidos en ese país, temiendo por añadidura la venganza por los escándalos que tanto han perjudicado la imagen de los Estados Unidos, y alegando la tan manida excusa de la persecución política.
Todo esto suscita una serie de interrogantes ¿por qué Julián se asiló en la embajada de Ecuador y no en la de Australia, que es su tierra natal o en el tolerante Canadá? ¿Por qué Suecia, un país tan poco dado a líos internacionales, tan tolerante con la sexualidad, reclama con tanta insistencia el juzgamiento de Julián? ¿Por qué, para sorpresa de muchos, Julián elige un país tan distante para él como Ecuador?
Las respuestas vienen entrelazadas de intereses, pugnas, prestigio, retaliaciones, etc. Los ingleses amenazan hasta con entrar en la sede diplomática ecuatoriana y los ecuatorianos reamenazan con no soltar a su distinguido huésped por nada del mundo.
¿Sonará la campana y comenzarán a lanzarse los derechazos e izquierdazos de rigor en forma de, jabs, uppercuts, crochets y demás técnicas boxísticas? ¿Invadirá Ecuador con su par de barcos y su par de aviones a la pérfida Albión como siempre ha sido considerada Inglaterra? ¿Entrará la poderosa flota inglesa en acción y convertirá a Ecuador una colonia más del Imperio británico?
Desde luego que no, la sangre no va a llegar al río Támesis de Londres, ni al caudaloso río Esmeraldas del norte ecuatoriano. De momento, veamos como discurre este primer asalto y esperemos por el bien de todos, especialmente los latinoamericanos, que el asunto se quede en un intercambio de amenazas y notas diplomáticas. Porque, Macondos, ya tenemos muchos. Hasta demasiados.