×
Compartir
Secciones
Última Hora
Podcasts
Encuestas
Servicios
Plaza Libre
Efemérides
Cumpleaños
RSS
Horóscopos
Juegos
Herramientas
Más
Contáctanos
Sobre Diario Libre
Aviso Legal
Versión Impresa
Redes Sociales
opinion

El conductor

Expandir imagen
El conductor

Al borde del callejón, marcado por cicatrices secas del lodo antiguo, una figura hacía señas para que se detuviera el vehículo que transitaba en el descuidado camino rural del despoblado paraje.

El conductor detuvo la marcha, atraído por la belleza de la mujer que movía los brazos con excitación. De pronto, advirtió que era ella. En la flor de la juventud se había ido a Europa, sin que se supiese cómo, ni para qué. Ahora ya tenía 37 años y seguía viviendo en el continente viejo.

Cuando apenas había cumplido los 17 años, Irene se había sentido atraída por el conductor, ahora cuarentón, pero salvo un intrascendente coqueteo mutuo, no habían llegado a concretar nada.

En su fugaz regreso en un par de ocasiones anteriores, se vieron y conversaron en una atmósfera de mutua fascinación, pero no pudieron concertar un encuentro y quedó flotando en el aire el deseo reprimido de algún día dejar brotar sus ansias con libertad.

Veinte años atrás, el cuerpo espléndido de Irene y su pecho grácil y afilado, evocaban la lascivia procaz de la primavera tropical; mientras él, más maduro que ella, era heredero y propietario próspero de factorías de arroz, fincas y negocios.

El era admirado por la cuota de poder que destilaba, lo que le daba distinción y encanto. Ella por su belleza salvaje, como si el hecho de que se hubiera criado entre las recuas que cargaban el arroz cosechado en las fincas de Nagua, le transmitiera una lozanía envidiable.

¿A qué se debía este súbito arrebato?, se preguntó Noé. En su mente se anidó la reconfortante esperanza de poder atraer a una mujer como ella, con su frescura intacta. La había imaginado haciendo el amor con el ímpetu salvaje de una yegua briosa y caprichosa.

Se regocijó al verla. El corazón latió fuerte, sin disimulo.

En un tiempo había albergado la duda de si en Europa ella se dedicaba a la ocupación más antigua, como tantas otras, o si en verdad había formado un hogar emparejada con un extranjero que se decía era italiano. Sabía que había comprado una parcela de arroz, reconstruido la casa de sus padres, adquirido bienes diversos y una pequeña casa en Río San Juan. ¿Sería acaso todo eso con el dinero del extranjero?, se había preguntado en múltiples ocasiones.

Noé bajó la ventana de la puerta del conductor. Ella se acercó y lo saludó con entusiasmo. Trémula al hablar, como si una emoción intensa la embargara, le dijo casi angustiada que necesitaba hablar con él. Se la sentía ansiosa, como si empezara a desahogar un deseo pospuesto por largo tiempo. Lucía descontrolada, como si todavía fuera aquella niña que voló del nido a los 17 años.

Noé sintió de pronto que rejuvenecía. La vio hermosa, adorable, desquiciante.

Irene le preguntó adónde iba. El respondió que se encaminaba a la factoría. Ella le dijo que la llevara a comprar unos refrescos. El simuló resistir y argumentó que tenía compromisos. Ella le imploró y le dijo que tenía que irse pronto del país. Con su vanidad colmada, él le dio a entender que accedía benevolente a sus ruegos. En el fondo pensó que, al fin y al cabo, los compromisos bien podían esperar y que ésta era la gran oportunidad de poseerla.

Conteniendo la euforia, la invitó a montar, y con el triunfo inesperado en la mano, decidió encaminarse a un refugio cercano para desahogar la pasión contenida durante tantos años de espera. Al llegar y entrar, hablaron, bebieron, se embriagaron, se tocaron, e hicieron el amor con un frenesí tan desbocado como si no quedara tiempo para repetirlo de nuevo.

El creyó regresar a una adolescencia que hacía mucho había perdido. Y su espíritu ganador se sintió pletórico por haber conquistado un nuevo trofeo, que agrandaba su notable historial.

Al retirarse del refugio, eufórico y satisfecho, y abrir la puerta de salida, dos hombres enmascarados lo encañonaron, golpearon, amarraron, le quitaron las llaves del vehículo, y se llevaron trescientos mil pesos en efectivo que Noé transportaba para el pago parcial de la nómina.

_ ¡Cuanto lo siento, Noé!, le dijo Irene, lacónica, mientras se quitaba una cuerda mal amarrada colocada en sus muñecas.

Después de eso, a los pocos días, se supo que se había ido a Europa, sin despedirse siquiera.

¿Estaría acaso implicada en el atraco?, reflexionó Noé, lleno de dudas por el caso tan extraño que le había ocurrido.

Pasó un tiempo.

La incertidumbre se aclaró cuando, al cabo de nueve meses, recibió una llamada inesperada. Con voz melosa, Irene le espetó, sin preámbulo alguno: -Acabo de tenerlo. No sé todavía si le pondré Noé. Espero que te hagas cargo y nos mantengas.

(edogarmi.fullblog.com.ar)