Los Castaños
El castaño es un árbol alto, de tronco grueso, que produce un fruto apreciado, llamado castañas, que en los países templados se consumen asadas y calientes para contrarrestar el frío en la calle.
Aquí los Castaños son una familia de origen mocano, que ha dado valiosos frutos. Su tronco cercano se remite a Julio César Castaños Espaillat, quien se unió en matrimonio a Nervina Guzmán. Ambos llegaron a la vida del seno de progenitores recordados con cariño en el pueblo natal por su vocación al estudio, enseñanza y al derecho, con reputación de serios, ansias y voluntad de superación.
Con el paso del tiempo Julio César y Nervina se marcharon del lar nativo y recalaron en Santo Domingo, como hicieron tantos otros que protagonizaron la huida desde los pueblos hasta el magneto que atraía, la ciudad capital. Aquí, constituida ya la familia Castaños Guzmán, se abrieron paso a través del ejercicio de la abogacía, y de un buen andar en la vida en que dejaron evidencias constructivas y se hicieron de reconocimiento público.
Julio César Castaños Espaillat llegaría a ser rector, muy bien ponderado y reconocido, de la UASD de la época del movimiento renovador. Y luego desempeñaría funciones públicas de primer nivel e iniciaría un camino en la política que no pudo tomar vuelo, lo que ha sido el signo de muchos de nuestros grandes hombres que no lograron traspasar su trascendencia social al umbral político.
Por su parte, Nervina fue y es aliento y estímulo de su clan familiar. Sacrificó su potencial profesional por el de constituirse en guía de una generación de excelentes universitarios, abogados y médicos, que son sus hijos. Junto a su esposo, les transmitió un código ético, que se empeñan en transparentar y exhibir, porque en un país con tan pocas reservas morales hay que insistir en exponer las que existen.
Siendo yo un mozuelo, largo, flaco, introvertido y tímido, recuerdo haber acompañado a mis padres a algunas visitas a casa de los Castaños en Santo Domingo. Según iba creciendo en edad, a mi padre le dio por señalarme quienes eran los amigos en quienes él confiaba por si faltaba algún día, como de hecho faltó, inesperadamente. Era como un presentimiento que fatalmente se cumplió.
Y en mis ojos abiertos al mundo con ensimismamiento y azoro total, veía a Castaños Espaillat como un hombre de luces, ya en el dominio pleno del desempeño social, y con un nombre que iba creciendo en la consciencia colectiva. Y contemplaba a Nervina como una mujer encantadora, llena de carisma.
Por circunstancias de la vida, mi familia directa, padres y hermanos, se trasladaron y vivieron muchos años en el exterior en el desempeño de funciones diplomáticas. Y yo mismo pasé mucho tiempo fuera. El vínculo que nos unía a esa querida familia Castaños Guzmán, se hizo inconstante, pero eso no disminuyó un ápice la veneración y amistad que nos unía.
Hay un momento en la vida de cada cual en que se plasma inadvertidamente el relevo generacional, en que se asiste a la entrega del testigo que simboliza asumir con mano firme la conducción del clan familiar. En el caso de los Castaños Guzmán no podría certificar cuándo ocurrió, pero creo que sucedió con ambos troncos en pleno dominio de sus facultades.
Y asociado a esto me surge con claridad la figura emblemática del otro Julio César: Castaños Guzmán. Lo recuerdo defendiendo en los estrados asuntos delicados y complejos, con agudeza, inteligencia y sólida formación. Después, ya más maduro, lo he visto desempeñar retos institucionales comprometidos y de gran responsabilidad, como lo fue ejercer la presidencia de la Junta Central Electoral, y haberlo hecho con equilibrio e imparcialidad, y con una elegancia y educación que ha dejado huellas profundas. Y ahora lo contemplo con satisfacción dirigir los trabajos de la Cámara Civil de la Suprema Corte de Justicia.
La familia Castaños Guzmán no se agota en Julio César, ya que tiene otros prominentes profesionales ejerciendo funciones de liderazgo en la sociedad, para su honra y orgullo.
Aquí yo quiero expresar admiración y aprecio a esa gran familia, los Castaños Guzmán, por sus aportes a la nación, y, en particular, mi gratitud eterna por el trato tan benevolente y solidario que supieron dar a la mía en momentos de desesperación y dolor profundo, que fue como un bálsamo aplicado en un alma llena de hondas cicatrices. Gracias desde la profundidad de nuestro ser.
Eduardo García Michel
Eduardo García Michel