EN DIRECTO|11 sep|2|POR Eduardo García Michel

El caso Pellerano-Mendoza (Bancrédito)

Hace casi 4 años, contemplaba desde la escalinata del Palacio de Justicia de Ciudad Nueva la efervescencia mediática y el morbo colectivo producido por la condena dictada por la Corte de Apelación, en contra de los banqueros Arturo Pellerano, que es mi cuñado, y Felipe Mendoza, mi amigo.

Recuerdo como seguí con tristeza a la caravana policial que los conducía hasta Najayo, perseguida en medio del ulular de las sirenas por decenas de periodistas, camarógrafos y equipos de transmisión remota, dentro de un júbilo tan intenso que recordaba a una fiesta patronal.

Me detuve en la puerta exterior de entrada a la cárcel; vi desde lejos su ingreso a prisión, y me retiré apesadumbrado por ese espectáculo deprimente, celebrado con tanta inconsciencia y desparpajo.

Hace poco, la Suprema Corte de Justicia, en una actuación que la enaltece y redime como cuerpo, declaró la nulidad de la sentencia y ordenó la celebración de un nuevo juicio. Y lo hizo después de que los imputados hubiesen estado en prisión por 3 años y 8 meses, y luego de que transcurriera más de año y medio desde la introducción de la solicitud de revisión. Por su parte, el Ministerio Público confirmó su desistimiento, y ahora la Corte de Apelación acaba de decidir la absolución de los imputados y declarar extinguido el caso.

En este caso de Pellerano y Mendoza, ha habido decisiones que pesarán para siempre sobre la consciencia de muchos. Ha prevalecido el espectáculo por encima de lo justo.

Desde que empezó este tormento, la familia Pellerano imploró, sin éxito, el inicio de negociaciones para saldar sus compromisos, como años después se hizo. La intención fue siempre dar la cara con responsabilidad y hacer frente a las deudas contraídas, frente a inversionistas y al organismo monetario, sin que importara que el banco hubiera sido afectado por rumores malintencionados esparcidos deliberadamente, por una crisis bancaria y macroeconómica, y por un sesgo adverso regulatorio, que determinó su destino.

En esencia, se inició una persecución judicial en dos frentes, aprovechando que un grupo de inversionistas introdujo una demanda, que luego fue retirada. Al mismo tiempo, la autoridad monetaria formalizó su propia querella.

Es por eso que hubo dos casos judiciales: Bancrédito chiquito, y Bancrédito grande. El chiquito no procedía. Los demandantes fueron resarcidos. Y el ministerio público desistió. Por tanto, debió de haberse extinguido. Pero no, fue continuado, y de hecho los imputados fueron juzgados en ese expediente por el caso de Bancrédito grande, cuando eso era materia de otro tribunal, y según la Constitución de la república nadie debe ser juzgado dos veces por los mismos hechos. Aparte de eso, las pruebas presentadas eran espurias.

Es evidente que en lo relativo a Bancrédito chiquito la justicia se convirtió en instrumento de los intereses del poder y mediáticos, y atropelló al derecho. Llegó a tanto, que produjo una monstruosa e injusta condena. Este expediente es arquetipo de manipulación e impropio desempeño de la justicia.

En lo que respecta a Bancrédito grande hace alrededor de un año que se llegó a una negociación, innecesariamente tardía, mediante la cual se acordó el pago de más de diez mil millones de pesos (RD$10,000 millones), sin precedentes en el país, relacionados con la asistencia financiera que había sido otorgada por la autoridad monetaria en medio de la crisis. Y, como consecuencia, se desistió de la persecución judicial y se anuló el expediente.

¿Quién compensa ahora a Pellerano y a Mendoza por el daño sufrido, por el dolor causado a ellos y a su familia, cuando desde el inicio mostraron plena disposición a honrar sus compromisos, expresión de su buena fe?

Esta sociedad está llamada a revisar conductas, para evitar que el canibalismo la destruya. Hay que empezar por respetar la ley, sin retorcerla; aplicar justicia, sin desnaturalizarla; y dejar de mezclar intereses que son particulares, con los de la sociedad.

De todo esto quedan enseñanzas:

La justicia nunca más debería inclinarse ante presiones mediáticas y del poder. De la imparcialidad y templanza de los jueces dependerá que podamos convivir en paz.

Agrupaciones de la sociedad civil jamás deberían volver a consentir que algunos de sus miembros destacados entren en un indecoroso conflicto de intereses, que afecta su credibilidad.

Finalmente, el Arturo Pellerano que conocí, es un hombre distinto al que emergió de la prisión. Conocedor de las trapisondas e hipocresía que azotan a la sociedad. Ha ganado en humanidad, graduado en la escuela del dolor. De ahí no se deduce que convenga caer preso injustamente para sublimizarse, pero sí que desde la adversidad puede sacarse lo mejor que cada cual lleva dentro, aunque resulte tan cruel y duro.

La justicia no consiste en ser arbitrario en favor del poder y de las bocinas mediáticas, sino en ser justos, equilibrados con todos.

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