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Ay, mamá, esto huele a impuestos

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Ay, mamá, esto huele a impuestos

Se acaba de cerrar el enorme telón propagandístico del pasado gobierno, ese que nos ha costado un riñón y la mitad de otro, con su orquesta tocando día y noche sinfonías llenas de bondades en todos los medios de comunicación, y que lucía a modo de lema conceptual, bien cosido y mejor bordado, el título de Es pa´lante que vamos, y que se nos representaba en el escenario oficial del país como una sucursal de la mítico valle peruano de Jauja, donde la riqueza y la abundancia en la época de la colonia era proverbial.

Ahora, tirón a tirón, se va entreabriendo el nuevo telón del escenario del actual gobierno, el cual recoge a manera de lastre la pesada herencia del anterior. Por lo poco que se ha podido ir haciendo en las primeras semanas, se va revelando de una manera aún más cruda y descarnada, lo poco o lo nada que en tantas áreas prioritarias se hizo y lo mucho se podía haber llevado a cabo durante doce largos años.

Los tópicos que eran esgrimidos a los cuatro vientos, se han hecho pedazos en sólo unas horas. Uno los principales era el gran crecimiento sostenido y la estabilidad macroeconómica (¿con qué se come eso?) El país estaba más sólido que los cañones de la Fortaleza que resisten heroicos, siglos de intemperie, y por si fuera poco, blindado como cualquier tanque de la guerra de Corea.

Eso era lo que nos decían sus mandatarios y sus tecnócratas acólitos, pero parece que esos cañones resultaron ser más bien de hojalata, y el blindaje no pasaba del cartón piedra que son los préstamos sobre préstamos. Por ahí vienen los visitadores - y no las visitadoras del Pantaleón de Vargas Llosa- del FMI a pedirnos y darnos cuentas de lo que hemos hecho con esos dineros, y nos van a traer a cambio y como regalo, un caramelito dietético, sin azúcar, bien envuelto con un lazo primoroso y una moña bien linda, llamado Pacto o Acuerdo fiscal para remendar los enormes agujeros económicos dejados por los excesos, los fraudes institucionalizados y las políticas derrochadoras que se han saltado, cual garrocha olímpica, los términos sensatez y austeridad.

Desde que se inventaron las palabras bonitas con la finalidad de tapar las feas, como el caso de indexación en los combustibles para decir… te subo y te bajo lo qué quiero y cuándo quiero… todo parece presentarse color de rosas. Ahora vienen con las almibaradas de Pacto, o Acuerdo fiscal, o como quieran llamarle. El asunto huele y da paquetazo y subida de impuestos por todos los lados, sean estos directos, indirectos o a tres bandas como las jugadas lujosas de billar, y digan lo que digan los funcionarios, los más sabios economistas o los empresarios que quieren poner orden y concierto al desbarajuste existente.

Y eso lo saben bien por experiencia e intuición nuestros apretados y ya temblorosos bolsillos, sobre todo los de las clases medias, quienes acaban pagando el pato, en este caso el pekinés, que es el más caro del menú.

Sería bueno cerrar el Gobierno por unos días y hacer un inventario como los de las tiendas de la Duarte, revisando paquete por paquete, góndola por góndola y almacén por almacén, y saber en qué condiciones han dejado las arcas del Estado, y conocer en qué punto de estrechez estamos en estos momentos, y desde qué listón arrancamos en esta nueva etapa.

Se habla, se escribe y se cacarea mucho sobre la transparencia, de ser claros, de informar al pueblo, pero parece que desde muy arriba hay ciertos trapos sucios por los que no pasa la luz, ni siquiera en forma de rayos láser. ¿Hay miedo de dar a conocer cómo estamos? ¿Hay miedo a saber la realidad qué tan lejos nos ha llevado?

A lo de Continuar, Corregir y Hacer debe añadirse otra cosa más: Saber. Saber lo que se ha hecho. Sobre todo lo que se ha hecho mal.