El Gobierno confía en que de la mesa de diálogo sobre la reforma fiscal va a salir con una solución adecuada a sus demandas. Tendrá que afinar sus propuestas y mensajes, la población no entiende el sacrificio que se le pide.
El equipo de gobierno entiende que la presión tributaria es todavía baja; el ciudadano, que los servicios que obtiene a cambio de sus impuestos son de ínfima calidad. El gobierno defiende que hay que gravar los ahorros porque es un dinero que puede destinarse a la inversión; el ciudadano asume que el Estado no garantiza ni su salud ni su pensión, y que por lo tanto ahorrar no es una opción, sino una necesidad. El gobierno cree que el gasto público es todavía bajo; el ciudadano ve dispendio injustificable en buena parte de las instituciones. El gobierno cree que la reforma traerá desarrollo económico; los agentes productivos consideran que ya no tienen margen para más tasas y temen una recesión.
La negociación va a ser más dura de lo que preveía el gobierno. Quizá el pueblo ha decidido que la fiesta de los políticos debe terminar aquí.