El PRD vive en bochinche y el PLD en paz...
Los perredeístas quisieran contagiar a los peledeístas sus ganas inmensas de pelear, sus eternas confrontaciones y su incontenible afán por destruirse.
Tienen genes iguales, puesto que son hijos de un mismo padre, pero ¡qué muchachos tan diferentes!
Los perredeístas eran fratricidas, ahora parricidas, ya que no solo se mataban entre ellos, sino que ahora quieren llevarse de paso a Hipólito y a Miguel.
Los peledeístas, en cambio, no barajan pleitos hacia fuera, pero se olvidan o perdonan sus ofensas adentro, como si el Padre Nuestro lo hubieran creado para ellos.
La mata de limoncillo daba para todo, incluso para colgar de la rama más alta a cualquier dirigente que se constituyera en oprobio.
Sin embargo, creyeron que era mejor guarecerse bajo su sombra.
Contra Leonel aparecen, y contra Danilo también, y hasta desenfundan, pero disparan con tan mala puntería que esas balas no cuentan.
Cuando los perredeístas aprendan a cruzar los dedos, como los peledeístas, descubrirán que la paz de la convivencia es más santa que la paz de los cementerios.
Los perredeístas quisieran contagiar a los peledeístas sus ganas inmensas de pelear, sus eternas confrontaciones y su incontenible afán por destruirse.
Tienen genes iguales, puesto que son hijos de un mismo padre, pero ¡qué muchachos tan diferentes!
Los perredeístas eran fratricidas, ahora parricidas, ya que no solo se mataban entre ellos, sino que ahora quieren llevarse de paso a Hipólito y a Miguel.
Los peledeístas, en cambio, no barajan pleitos hacia fuera, pero se olvidan o perdonan sus ofensas adentro, como si el Padre Nuestro lo hubieran creado para ellos.
La mata de limoncillo daba para todo, incluso para colgar de la rama más alta a cualquier dirigente que se constituyera en oprobio.
Sin embargo, creyeron que era mejor guarecerse bajo su sombra.
Contra Leonel aparecen, y contra Danilo también, y hasta desenfundan, pero disparan con tan mala puntería que esas balas no cuentan.
Cuando los perredeístas aprendan a cruzar los dedos, como los peledeístas, descubrirán que la paz de la convivencia es más santa que la paz de los cementerios.