El cuerpo pende de la cruz tributaria. Los brazos suspendidos por los clavos de la costumbre. Le romperán los huesos por quinta o sexta vez, ya perdió la cuenta. La culpa, un déficit de sangre fiscal. La pierde sin saber sabiendo cada año electoral. Le brota a borbotones del costado clientelista abierto por el saliente centurión populista. La ultima camisa, de múltiples remiendos, se la juegan a la suerte los herederos. Lo dejarán desnudo. A él, que nada tuvo nunca, con nada le dejarán. El pueblo, entre ladrones, exhala el postrer suspiro. Su voz, la de Dios, repite: ¡Padre, perdónales…! hfigueroa@diariolibre.com
El contribuyente crucificado
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