EN DIRECTO|29 nov 2012, 12:00 AM|2|POR Aníbal De Castro/Embajador De Rd Ante La Casa Blanca

Lecturas para fenómenos diferentes

La Primavera Árabe, seguida en cronología por los indignados en países desarrollados, ha abierto las compuertas a las interpretaciones más diversas sobre fenómenos de masas que aparentemente han alterado el equilibrio tradicional de poder y potenciado nuevos actores, indispensables estos para la toma de decisiones.

La sociología política tiene un amplio campo para recuperar espacio en la academia, y a la vez responder a los reclamos de explicaciones convincentes para acontecimientos inéditos, impulsados por los avances de la tecnología y la globalización que ha acortado tanto las distancias culturales como físicas. Sin embargo, reducir las ocurrencias en el septentrión africano, Europa, Medio Oriente y Estados Unidos a las dimensiones de un mismo encasillado, implica no solo un error garrafal sino un impedimento severo para entender las verdaderas ramificaciones y consecuencias de estremecimientos sociales necesitados de lecturas individuales.

Del mismo yerro serían responsables aquellos que pretenden trasladar experiencias que se corresponden con realidades específicas y asumir que producirán los mismos efectos. No se trata de una obra literaria que, aunque en idiomas diferentes, conserva su contenido intacto si las traducciones son adecuadas.

Aunque dignos de tomar en cuenta y con derechos, al igual que cualquier ciudadano, los manifestantes en Santo Domingo -y sobre todo en los medios y redes sociales-, no constituyen una masa crítica comparable con los egipcios en la plaza cairota de Tahrir que dieron al traste con la dictadura de Mubarak; los libios que arremetieron contra Mohamed Gadafi en Bengasi y Trípoli, o los tunecinos que se llevaron de encuentro a Zine El Abidine Ben Ali tras encender la chispa del descontento popular en Sidi Bouzid. Tampoco les son endosables las peculiaridades de los cuasi jipis de "Occupy Wall Street", los indignados madrileños, o los 300,000 israelíes que el 2 de septiembre del año pasado estremecieron Tel Aviv en una denuncia masiva contra la corrupción y las disparidades económicas.

A estos últimos los animaba la decadencia de una democracia desequilibrada por la fuerza del capital financiero y sus excesos, atribuibles a un afán de lucro contra el cual el Estado conscientemente no tomó medidas previsoras. Esos israelíes inconformes con el giro de su país -a cuyas autoridades perciben ensimismadas en la geopolítica y desprovistas de sensibilidad social-, representaban numéricamente el 4.3 por ciento del total de la población. Si de guarismos se trata, habrían de congregarse casi medio millón de dominicanos para alcanzar la misma cota que los manifestantes en la ciudad más importante del Estado judío.

En la protesta contra Mubarak más concurrida, apenas participó el 0.4% de la población egipcia, vale argumentar. Mas, en Egipto regía un gobierno dictatorial conculcador de las libertades públicas. ¿Imagina alguien qué hubiese ocurrido si 12,000 ciudadanos, igual proporción de dominicanos en los años finales de la dictadura, se hubiesen congregado en la entonces Ciudad Trujillo para exigir una apertura democrática?

República Dominicana es una democracia, imperfecta sí, pero donde manifestarse públicamente no requiere la valentía ni entraña los mismos peligros que en los países donde se verificó la Primavera Árabe. La muerte de un estudiante en la UASD fue una anomalía, no la regla en una media isla donde la libertad de expresión a menudo raya en el libertinaje y el irrespeto sin que, afortunadamente, la represión sea la respuesta.

Diferencia fundamental, pues, en modo alguno puede considerarse representativo un grupo de varios centenares o un par de millares de jóvenes pertenecientes a contornos urbanos y definiciones sociales muy claras, o un magma de organizaciones fantasmas y a las que se les da más espacio en los medios que el logrado por los indignados de Madrid en España, o a los de "Occupy Wall Street" en los Estados Unidos. En gran medida, las protestas y sus organizadores han adquirido visos de legitimidad y un reducido poder de convocatoria gracias al favor mediático. Prueba es que han fracasado estruendosamente en el exterior. En Londres, por ejemplo, solo cuatro personas respondieron a la insistencia en las redes sociales para protestar frente a la embajada dominicana.

En los Estados Unidos del millón y más de dominicanos, las protestas frente a la misión diplomática en Washington hubieron de ser canceladas dos veces. Por supuesto, perder un día de trabajo no tiene el mismo valor ni seriedad para los jóvenes de La Lira, el Parque Independencia o la Plaza de la Bandera que para un obrero o profesional dominicano en la tierra del hombre donde según el himno norteamericano mora el hombre libre y bravo.

En democracia, la sociedad civil tiene ciertamente protagonismo como uno de los balances y frenos de un sector público no siempre administrado con la idoneidad y transparencia requeridas. No puede esta o sus suplantadores, empero, intentar torpedear la legitimidad del Estado sin desmedro de la esencia misma de la democracia y su protocolo en la toma de decisiones. Pretender imponer la voluntad de una minoría mediante el bullicio callejero, no importa si bajo la cubierta de una supuesta clase media o de un presunto desencanto popular, debilita el estado de derecho y erosiona la institucionalidad. Aunque se permitan sin trabas como corresponde en libertad, la bullanga, la jarana o la protesta como moda no deberían marcar el rumbo de una administración por más que se contrabandeen como altos principios. Ahí radica la diferencia del ágora indignada en una democracia y en una dictadura. Sabiamente, Danilo Medina ha decidido gobernar sin que el exceso de decibeles sea el factor definitorio, comprometido sobre todo con lo que prometió como candidato.

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