EN DIRECTO|18 dic 2012, 12:00 AM|1|POR Eduardo García Michel

Ilusiones fiscales

Es reconfortante conocer que el gobierno logró ajustar el gasto público al monto contemplado en el presupuesto complementario. En efecto, ahora se proyecta que el año 2012 terminará con un déficit del sector público no financiero igual al 5.4% del PIB, menor que el 7.2% que se había pronosticado de acuerdo a la tendencia que llevaba.

Falta por saber si ese loable esfuerzo se hizo por el convencimiento de que una mayor disciplina en el manejo del gasto es la manera más apropiada de gestionar las finanzas públicas, o si se efectuó únicamente para ajustarse a lo que indica el ordenamiento legal y sugiere la conveniencia política, puesto que sus derivaciones son distintas.

El déficit fiscal no es una categoría ideológica. Refleja un estilo de gestión: prudente o imprudente; sabia o errada; con visión amplia micro y macro, o reducida y manca. También refleja la consciencia que se tiene o no sobre el comportamiento de los ciclos. Su trascendencia está en que repercute sobre el acontecer económico; lo estimula, o lo deteriora. E influye en la confianza; la dispara, o la abate.

El mundo se encamina, luego de las experiencias traumáticas que han estado viviendo algunos países desarrollados, hacia la meta de déficit cero, elevada a categoría constitucional en países europeos.

El deseable equilibrio presupuestario es compatible con cualquier nivel de presión tributaria, pero hay que asimilar que la carga tributaria sólo será elevada cuando el gasto público sea racional, depurado de apetitos clientelares, y los servicios púbicos de calidad, durante un tiempo tan largo como el necesario para que se confirme como norma.

Para 2013 el proyecto de presupuesto contempla un déficit fiscal de 2.8% del PIB, que plantea un desequilibrio significativo, en particular por haber sido precedido de una reciente reforma tributaria que va a incrementar los ingresos públicos en casi el 2% del PIB. Y esto no parece razonable.

Lo justo hubiera sido haber presentado un déficit fiscal no mayor del 1% del PIB y enviar el mensaje de que las finanzas públicas se encaminan hacia la meta de déficit cero y a la reducción del coeficiente de deuda pública, para consolidar el umbral de confianza.

Si se diera cabida a la ilusión fiscal, podría conjeturarse que bajar el déficit proyectado para 2013 está todavía dentro del arco de posibilidades de la gestión pública. En efecto, el gasto podría ser menor si se ejecutara en su integralidad la reforma del sector eléctrico. Y el ingreso es probable que resulte mayor que el estimado, en cuyo caso el excedente bien podría asignarse a reducir el desajuste. Así se facilitaría el pacto fiscal y eléctrico, y un acuerdo más temprano con el FMI, relevante para algunos sectores.

En algún momento el país alcanzará la madurez para manejarse sin tutela externa. Para eso hace falta más orden y disciplina interna, y una visión clara del rol que juega el Estado y del que corresponde a la iniciativa privada.

Hay que reconocer al gobierno el acierto en presentar para 2013 un presupuesto con un notable salto de calidad en la composición del gasto, verbigracia las partidas destinadas a educación. Pero también hay que subrayar que es un error proyectar un déficit público tan alto, en presencia de fuertes vulnerabilidades externas e internas.

También hay que lamentar la decisión de seguir amamantando el monstruo eléctrico con US$1,050 millones, a fondo perdido, sin plantear soluciones radicales para reducir el fraude, incrementar los cobros, y diluir las transferencias de dinero público, aunque persiste la esperanza de que eso sea sólo algo transitorio hasta que se perfile una línea de acción concreta.

Asimismo, hay que insistir en la necesidad de resolver el problema de la deuda cuasi fiscal. Preocupa que ahora tienda a subir más, al incluirse en el presupuesto la reducción del monto de intereses a ser recibidos por el Banco Central, cuyas consecuencias podrían extenderse al tipo de cambio y a la inflación.

Saludamos los aciertos con entusiasmo, del mismo modo que ponemos el dedo en la llaga en los que no lo son.

Hay que recibir el nuevo año con plena consciencia de que las voces críticas, por bien intencionadas que sean, suelen provocar ronchas. Es un costo que hay que asumir, a cambio de poner pequeños granitos de arena para pavimentar el camino a la espera de que algún día se reaccione y se hagan las enmiendas que procedan.

Lo más importante es que palpita con fuerza la creencia de que las cosas podrían ser distintas. ¡Aleluya, si lo fueran!

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