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EN DIRECTO|26 feb 2013, 12:00 AM|12|POR Eduardo García Michel

La inmigración haitiana y el mercado laboral

Somos un país de inmigrantes. Fuimos, una vez, extraños en esta tierra. Al paso del tiempo se forjaron identidades, surgió un pueblo con características culturales y bagaje propio. Nació una nación, y se creó una patria. Y, por eso, somos dominicanos.

Después, vino el hoy, en el que estamos. Y nadie sabe en que concluirá ese trajinar en el futuro lejano.

Nuestra historia no es tan distinta a la de otros pueblos que constituyeron naciones. Y, con independencia de su origen, hacen todos los esfuerzos por preservarlas. Y eso significa sentirse soberanos y actuar con cohesión.

Aquí, desde un tiempo acá, se ha hecho renuncia a atributos consustanciales de la soberanía, para dar paso al desarrollo de intereses políticos, particulares y empresariales.

El pensador, filósofo de la economía, y aficionado a la astronomía, Ramón Pérez Minaya , por no llamarle economista, pues irreverente como es no se siente bien con ese título ni con ningún otro, ha estado alertando sobre el efecto depresivo que ejerce la inmigración masiva de haitianos sobre el mercado laboral dominicano y los niveles reales de salarios.

La argumentación parte de la constatación empírica de que en otros países latinoamericanos, cuando el PIB por habitante crece lo hace arrastrando al alza el nivel de los salarios reales. Y eso es congruente con la lógica.

Sorprendentemente, cuando se examinan las cifras dominicanas, se observa que el PIB per capita crece, pero no así el nivel de los salarios reales, que en general disminuye y cae con mayor profundidad en los sectores agrícolas y de la construcción.

La pregunta obligada es qué fuerza ha estado impidiendo el incremento del salario real en medio de la expansión de la economía. Y la respuesta, salvo que la economía no haya crecido como se afirma, bien pudiera ser, como apunta Pérez Minaya, que la inmigración masiva y continua de haitianos es el factor que ha estado deprimiendo el nivel de salarios reales porque constituye un incremento permanente en la oferta de mano de obra no calificada, y a la vez frena el proceso de incorporación de nuevas tecnologías, y el avance acelerado de la productividad.

Siendo así, ese fenómeno estaría operando como una carga muy pesada que lastra el desarrollo, lo que explicaría además la queja de mucha gente de que la economía crece, pero no se siente el progreso en la medida de lo deseable.

Es obvio que quienes más sufren el impacto de esta inmigración masiva son los más pobres y menos educados, que tienen que enfrentar una presión asfixiante de reducción de sus salarios reales, lo que profundiza la pobreza de los dominicanos situados en ese segmento, y termina desplazándolos hacia actividades informales, o hacia la emigración, provocando un desarraigo familiar.

Un corolario de todo esto es que no habrá desarrollo mientras no se pare y revierta ese flujo masivo inmigratorio. Y de ahí se desprende la necesidad de fortalecer e intensificar la aplicación de la política migratoria.

Pérez Minaya abre campo a una hipótesis interesante: que la existencia de salarios reales bajos y decrecientes es un factor que hace viable la apreciación del tipo de cambio sin menoscabar por completo la competitividad de las exportaciones de bienes y servicios. En efecto, argumenta que "el salario se encarece en dólares por la sobrevaluación cambiaria. Y el descenso en los salarios reales se compensa con la sobrevaluación".

Sin embargo, los sectores exportadores se quejan de que ha habido un proceso de erosión en sus márgenes de ganancias, con lo que la reducción de los salarios lo único que logra es atenuar el daño, no compensarlo.

Estas dos fuerzas, inmigración masiva y apreciación monetaria, parecerían estar operando como un sifón que traslada riqueza, y se apropia de productividad, desde el aparato productivo expuesto a la competencia internacional hacia el no expuesto, incluyendo el comercio importador. El hecho de que cerca del 95% del PIB se destine a consumo, junto al elevado déficit en cuenta corriente de balanza de pagos, parecería avalar esa interpretación.

Hay otros aspectos que deberían impedir al país dedicarse a la contemplación dubitativa en esta materia. Somos una nación con una población considerable que ya ha emigrado, expulsada por el deterioro de las condiciones en el mercado de trabajo. Y la tendencia apunta a que en los próximos decenios la población dominicana no crezca o se estanque.

Habría que plantearse, con toda rigurosidad, si ese escenario de población dominicana estancada es compatible con la inmigración haitiana ya presente en el país y con la llegada de nuevos flujos de inmigrantes, sin que se pierdan los rasgos definitorios de la nacionalidad. Y si no lo fuese, la pregunta es si estamos preparados para reaccionar y para actuar en todos los frentes de esta enredada madeja.

¿Lo estamos?

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