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EN DIRECTO|12 mar 2013, 12:00 AM|1|POR Eduardo García Michel

Alguien, que es nadie

-Filósofo Vitrólico, usted luce ensimismado. ¿Podría saberse en qué piensa?

-Pienso en las tribulaciones de Nadie.

-Ah, bueno. Si se trata de nadie, no tiene usted que preocuparse de lo que no existe.

-El asunto es que Nadie es alguien; de carne y hueso. Vive, pero es como si no existiera.

-No lo entiendo.

-Como todos, emergió desde la oscuridad del vientre. Vio la luz entre piernas oscuras y ensangrentadas, dentro de una masa viscosa y chorreante. Su primer aliento fue un grito desgarrador de miedo ante lo desconocido. Y ahí empezó a ser. Comenzó el yo de él. Por tanto, él es, al tiempo que no es.

-Ande, viejo filósofo, déjese de adivinanzas. Mejor póngase a jugar a los ceritos.

-Cállate. Al instante de haber sido, apenas transcurridos los primeros fulgores de su tierno soplo, enfrentó, sin saberlo todavía, el drama de la envoltura legal, que condiciona, determina, y, a veces, hasta arruina la vida.

-Oiga, que sigo sin comprenderlo.

-Hay constancia verbal y visual de que ha nacido y de que vive. Pero seguirá siendo Nadie hasta que logre cumplir la forma, se le dé un nombre registrado por autoridad competente, y se le otorgue una clave contenida en un chip electrónico que incorpore los datos, y certifique, con caracteres biométricos, que es él, y no otro.

-Usted se burla de mí.

-No. Si todo lo anterior se hace, será aceptado como alguien. Si no, seguirá siendo Nadie.

-Esto parece que va para trágico. ¿No es así, Vitriólico?

-Sólo un milagro podría ayudarlo. Lo triste es percatarse de que tal vez eso no le hubiera ocurrido de haber venido a la vida varios milenios antes, ya que en aquella época intimidante y terrible, la identidad y la fama se adquiría por la fuerza que se demostraba al esgrimir el garrote y pegar más fuerte, ser más temerario y audaz que el vecino o compañero, o demostrar liderazgo, inteligencia, y solidaridad.

-Ya veo.

-Pero ahora, ¡oh paradoja!, son los tiempos de la civilización, de la reivindicación de los derechos individuales, del poder decidir si se cambia de sexo o no se cambia, si se crían y educan hijos adoptados por parejas del mismo sexo, de la locura colectiva asentada en un yo desquiciado que niega las leyes naturales, cruel e insensible ante sus semejantes. Por eso, el destino de Nadie no parece mejor que el que hubiera tenido en aquella aterradora época. La burocracia se ha convertido en el soporte de la centralización. Sin burocracia no hay Estado, y la envoltura legal tejida por ella es la que certifica la existencia.

-Usted parece que anda desovillando los hilos de su cerebro.

-Sí, pero ocurre que Nadie, por haber nacido en el Estado fallido que lo cobijó, padece, sufre. Su condición le impide superarse en su talante humano. Y usted dirá, despreciativo como es, que eso no es obstáculo para que coma, orine, defeque, haga el amor, goce, se emborrache, o sueñe. En cambio, le es vedado que legalmente sea, porque carece de un papel, por corroído, estrujado, manchado que esté.

-Usted si inventa.

-A Nadie se le usa como cosa. Y siendo gente, es elemental que las supere a todas, a muebles y a máquinas, ya que tiene la fuerza vital y la condición humana, y se mueve y trabaja con obsesión y en cadencia rítmica para olvidar sus males ancestrales, sumido en la más absoluta y abyecta desprotección social. No necesita ni de aceite, grasa, ni mantenimiento, como lo imaginan quienes aprovechan su vigor para explotar su fuerza de trabajo, sino de escasos y magros alimentos para mal subsistir, y se conforma con un precario techo de paja, latón o cartón para guarecer el pesar que siempre lo acompaña, y un piso de tierra para descansar su agotada anatomía y poder dejar caer de cuando en vez una corta y seca lágrima, testigo mudo de su desesperanza.

-Ahora comienzo a entenderlo.

-Nadie es una víctima de su propia sociedad, que se regodea en descargar su indolencia sobre hombros ajenos. No tiene fuerza para remediarlo, aunque tal vez, algún día, en su confusión, trate de cobrarse en otros la larga cadena de sus sufrimientos. Mientras tanto, aún sueña que sus hijos y nietos lleguen a ser alguien, como una reivindicación de los derechos de su sangre.

-Tiene usted razón.

-Eso, tan primario y básico; ese carácter que da la forma, lo legal, termina siendo tan imprescindible como el hecho de haber nacido. Y es trágico e inaceptable que a esta altura de la llamada civilización, existan tantos Nadie, explotados sin misericordia, sin que se exija responsabilidades a quienes puedan remediarlo.

-Y, de quién es la culpa, Filósofo Vitriólico.

-Si no lo sabes, vete al carajo, desalmado, impertinente e insensible.

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