EN DIRECTO|19 mar 2013, 12:00 AM|POR Eduardo García Michel

Los maitines en la cuaresma*

El padre Romualdo Mínguez llegó a Moca en 1877 como auxiliar del padre Calixto Pina, quién a su vez había sustituido al padre Irrizary.

Al atardecer del viernes santo de 1878 el padre Mínguez celebraba su primera misa solemne de cuaresma en la Iglesia Nuestra Señora del Rosario. Esa tarde se escuchaban los cánticos sagrados de los maitines. El escenario invitaba al recogimiento absoluto y ni el zumbido de los mosquitos perturbaba la concentración de los presentes.

En aquella comunidad se sentía con intensidad la pasión de la muerte de Cristo y se usaban efectos especiales para inducir fervor a los parroquianos.

Cerca de allí, en El Caimito, se habían juntado varias mujeres livianas a compartir con hombres urgidos, que consumían alcohol, atormentados por desahogar una frustración. Estaban molestos por la sustitución y salida del padre Irrizary, en 1877, a pesar de que Blas de la Maza, el médico autorizado, le había facilitado un certificado haciendo constar que no podía trasladarse en caballo porque sufría de hemorroides.

Recelaban de que el padre Calixto Pina había muerto a apenas cuatro meses de la llegada de Mínguez, expeliendo "por la boca un humor pestilentísimo". Se quejaban de que en la iglesia se cantaran los maitines al atardecer, contrario a la lógica, pues son cánticos pensados para el amanecer. Y, en su inconsciencia, acordaron escarmentar al cura porque si seguía así terminaría poniendo los santos al revés, lo que provocaría grandes males al pueblo.

Mientras, en el presbiterio de la iglesia se habían colocado once velas negras, formando un triángulo, rematado por una vela blanca. Las negras simbolizaban a los once apóstoles, excluido Judas. La blanca rememoraba la presencia de Jesús.

La representación mezclaba cánticos sagrados con la lectura de salmos. El sacristán iba apagando una vela negra por cada salmo leído, significando que la fe de los once apóstoles disminuía en la medida en que se extinguía el aliento de Cristo. Se apagó la primera, la segunda, y la tercera vela. En eso el grupo que había estado en El Caimito penetró a la iglesia y se distribuyó según lo convenido.

Al apagarse la última vela negra ya la noche cubría a la iglesia. Era el momento cumbre y cada feligrés se preparaba para interactuar según la costumbre. El cura tomó la vela blanca y se encaminó a la sacristía, indicando así que Cristo estaba agonizando. Traspasó el umbral y cerró la puerta, en cuyo momento la iglesia quedó a oscuras.

En ese instante en que se marcaba la muerte de Cristo, los parroquianos estaban aleccionados para que simularan el ruido ensordecedor de un terremoto, lo que hacían agitando contra el suelo los asientos de madera, de un lado a otro, estremeciéndolos por un par de minutos, al tiempo en que otros imitaban en alta voz el ruido telúrico.

Al producirse esto los fieles caían de rodillas, se daban golpes en el pecho, y rogaban por el perdón de los pecados. Y así se llegaba al clímax, y se obtenía una terapia colectiva reparadora.

Ese día se conjuraron los espíritus. De pronto, cuando los fieles simulaban en la oscuridad el ruido del terremoto, y la madera de los asientos crujía al ser golpeada contra el piso, se levantó súbitamente una soberana ventisca que lanzó sobre el techo peñascos de granizos del tamaño de huevos de ganso, que lo perforaron. Un novillo de la cerca de Los López cayó fulminado, patas arriba.

Y en ese preciso instante el grupo del Caimito, armado de varas de moringa que habían cortado en la cerca, excitados por la fuerza de la ventisca, y embriagados de un sentimiento de reparación a la supuesta ofensa perpetrada contra el padre Irrizary, empezó a dar varazos en las canillas a los parroquianos situados a su alrededor, y a gritarles junto a cada varazo propinado: "toma pecador, coge hemorroides, bebe la moringa, y ruega tu perdón". Tituá. Tituá. Tituá. "Toma pecador, coge hemorroides, bebe la moringa, y ruega tu perdón". Tituá. Tituá. Tituá. "Toma pecador.."

El desorden fue mayúsculo, como todavía hoy no se recuerda algo igual.

Esta fue la última misa en que los maitines que se cantan al amanecer, fueron interpretados al atardecer. A partir de ese año fueron sustituidos por la lectura de las siete palabras. Y los santos de la iglesia del cura Romualdo Mínguez estuvieron siempre al derecho, sin correr peligro de que los pusieran al revés.

Años después el padre Mínguez expresaría que Moca bien había valido la pena de haber perdido la oportunidad de ser el cura que descubriera los restos de Colón en la catedral, honor que correspondió al padre Billini, quién lo sustituyó. Mínguez murió en Moca en 1901.

edogarmi.fullblog.com.ar

*Ficción originada en el ensayo de Monseñor Camilo sobre el padre Romualdo Mínguez.

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