EN DIRECTO|26 mar 2013, 12:00 AM|1|POR Eduardo García Michel

En la misma silla

Sentado en la misma silla, un cansancio me abate en esta hora tan temprana. No es físico, tampoco mental. Por más que lo intento, no logro ubicarlo, a pesar de que recorre todo mi cuerpo, reduce mis fuerzas, aminora el espíritu, intenta acosar y doblegar mi voluntad.

Pero, qué va. Permanezco en alerta. Le cierro el acceso. Me resisto a que ande. Y pongo candados en las puertas del alma para que no me sorprenda y jamás me convenza.

Un cansancio me tortura en esta hora temprana. Y siento que renace cuando examino mi vida, cuando me miro a mi mismo desde que era muy niño, y reproduzco los sueños que quise realizar.

La vida es lucha. Por eso no quiero ni puedo renunciar a aquello que un día soñé. La razón me acucia y me dice que no insista, pero no cedo. El entendimiento me advierte que navego hacia el fracaso, pero no le hago caso.

La existencia es despiadada, pocas veces cortés.

¿Y qué importa?

A pesar del cansancio que aspira a vencerme, no retrocedo.

Ni los años que ya pesan, ni las mañas, que son muchas, lograrán hacer mella en una voluntad que se forjó para desbrozar el ramaje de los bosques, ascender a las colinas más enhiestas, oponerse a las majaderías más supremas que pululan como hierbas en esta selva enmarañada.

Y a pesar de eso, un cansancio me agobia en esta hora tan temprana de la madrugada.

Ya lo sé. ¡Carajo! Ya lo sé. Los molinos se extinguieron con Don Quijote.

¿Y qué?

Surgirán otros. Vendrán ahora solo para ser destruidos por la inquina diabólica de quienes reptan por el mundo portando un alma llena de callos purulentos y de ascos concentrados. Al final se comprueba por los siglos de los siglos que vencen los que hacen de la impudicia una escuela de vida. Los que albergan gusanos en su alma podrida.

Sí, es cierto.

Pero, oye, escucha, nada de lo creado tiene más valor que el que cada cual le concede. Todo el oro que reluce vale menos que el agua que se escurre en el manantial cristalino. Y cada poderoso no iguala en poder al que brota puro desde un pecho altivo, pues aquel es delegado y efímero, mientras este es eterno y propio.

Sí, pero los que ganan gozan y los que pierden sufren.

Así es; los que ganan montados en sus malicias, deslealtades, traiciones, se pasean con las coronas de laureles que antes adornaban a los triunfadores en épicas batallas. Y ahora, invertebrados como son, se exhiben y proclaman a los vientos su enorme descaro e insolencia.

Algún día la sociedad cambiará. Y la escala de valores será distinta. Cada aliento se consume, nace y muere en un instante celeste. No hay tiempo para volver a empezar, solo lo hay para morir.

¿Y qué? Ni siquiera me inmuta.

Piensa. Somos un mundo dentro de millones de mundos. Y dentro de ese mundo que es nada, estamos cada uno, que sumados, somos muchos.

Por tanto, no hay una sola vara. Cada cual tiene la suya. Desde la pequeñez infinita en que somos y estamos, surgen egos, algunos grandes, otros sanos. Egos manchados, delirantes, corruptos, egos de toda clase.

Y en esa babel delirante, en el fondo, lo que brilla no es lo que vale; el poder no es lo que cuenta; el dinero no es el que compra; la malicia no es la que gana ni se impone; el corrupto no es el que goza.

Al final lo que queda es un transitar errático, a veces estéril, a veces pleno. Eso, ser pleno es relevante.

Es fuerte aquel que mantiene sus convicciones. Es poderoso el que doblega las tentaciones de enrolarse en el carrusel de lo fácil y mal habido. Es rico el que aprende a medir sus angustias con la vasija rústica de las necesidades básicas.

Y, lo que para siempre vale, es aprender a estar en paz con uno mismo. Y para eso no hay nada más apropiado que sentirse realizado.

Simple, como es, así es.

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