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EN DIRECTO|30 abr 2013, 12:00 AM|1|POR Eduardo García Michel

La deuda cuasi fiscal (2 de 2)

El elevado monto de la deuda cuasi fiscal, oculta, diluye, o desvía, lo que deben ser objetivos claros de la institución monetaria, porque ante su tamaño cualquier cifra palidece.

Ante las repercusiones de este problema es extraño que apenas se mencione y que muchos se conformen con saber que hay una ley de capitalización del Banco Central que, en teoría, debe ir solucionándolo, aunque lo único que hace es agravarlo.

El propio gobierno casi ni repara en las repercusiones que tiene sobre sus finanzas, ya que se mantiene embelesado por el discurso de que ese es un costo necesario para mantener la estabilidad cambiaria, pero resulta que es lo contrario porque su existencia lo que hace es socavar el balance financiero del organismo emisor, y empeñar la salud del signo monetario.

Las finanzas públicas sufren de dos cánceres en plena ebullición: las transferencias al sector eléctrico, que a final del 2012 se informó que llegarían a cerca de US$1,200 millones, o sea alrededor de RD$50,000 millones, y la deuda cuasi fiscal, que habría consumido casi RD$56,000 millones, y que crece como una bola de nieve en medio de un alud.

Lo apropiado al interés nacional es que el gobierno asuma formalmente la deuda cuasi fiscal, lo que permitiría al Banco Central desmontar sus certificados, dando la opción de que se canjeen por títulos públicos, o se liquiden. El sector financiero poseía, al cierre del 2012 el 34.2% % del total de los títulos emitidos por el Banco Central. Y los fondos de pensiones el 34.1%. Por tanto, es vital envolverlos en la solución.

La asunción de esa deuda por parte del gobierno no representaría una carga adicional, porque ya repercute en las finanzas públicas, sin beneficio alguno. Si acaso, en los primeros años habría un incremento en el costo financiero, manejable, que sería más que compensado al eliminarse la fuente permanente de crecimiento de esta deuda.

Si el gobierno la asumiera, las finanzas publicas tendrían una carga cierta, que dejaría de estar alimentada por el Banco Central. El organismo monetario tendría saneado su estado financiero. Desaparecería la desnaturalización de la intermediación financiera. El balance externo podría mejorar como efecto de una economía más competitiva. El ahorro nacional se incrementaría como fuente relevante de la inversión. Y al hacerse más competitiva la economía, surgirían incentivos para un mayor grado de formalización de las actividades económicas.

En esas condiciones, el Banco Central podría ejecutar su política monetaria con mayores grados de libertad. Y funcionaria mejor, pero en todo caso debería exigírsele no colocar más certificados con costos a cargo del Estado, salvo situaciones extraordinarias y en consulta con el gobierno, ni pasar más deuda con cargo al gobierno.

Lo anterior obligaría a identificar nuevas fuentes de recursos propios para la entidad emisora, en adición al señoreaje y el rendimiento de las reservas internacionales, entre las que podría encontrarse la redistribución de los ingresos ya generados por el sistema de regulación y supervisión.

De ahí se derivaría que el Banco Central tendría que operar con sus propios recursos, redimensionando su tamaño, y concentrándose en una política monetaria que canalice el ahorro a la producción, desmonte las operaciones de tesorería, libere los fondos de pensiones para ser usados en proyectos de largo plazo, y posibilite una política monetaria no condicionada por el monto de los certificados.

El resultado sería un organismo monetario más pequeño, con balance saneado, y más eficiente. Y, sobre todo, se habría desmontado la amenaza de que en un momento de crisis o de choque externo o interno, se genere un alud de reclamo de liquidez de gran potencial destructivo.

Si se hiciese de la forma sugerida, el balance financiero del Banco Central se fortalecería. Y se abriría la posibilidad de que la base del sistema, y al mismo tiempo la salud y fortaleza del signo monetario nacional, quede sustentada en la acumulación vigorosa de reservas internacionales, que podría dar lugar a tasas de interés más bajas y sostenibles en el largo plazo, al uso intensivo de los recursos financieros en actividades productivas, a la elevación del coeficiente de ahorro nacional, y a la expansión del ingreso nacional originada en actividades de producción interna ligadas a la economía internacional, pero en ambas direcciones, entrada y salida de bienes.

Si fuere así, tendríamos resuelto un gran problema, que daría la posibilidad a las autoridades de comenzar un nuevo discurrir, asentado en bases más sanas y firmes.

Es cierto que arar en el desierto cansa y agota, pero sentarse en la arena a pleno sol y pasando frío por las noches, viendo agravarse los problemas sin decidirse a resolverlos, es renunciar a asumir el destino propio.

edogarmi.fullblog.com.ar

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