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EN DIRECTO|24 may 2013, 12:00 AM|3|POR Manuel Matos Moquete

la vida sencilla

En 1895, el francés Charles Wagner, en el prefacio de su obra La vida sencilla (La vie simple, en francés), afirmaba una idea que me parece imperecedera por la profunda sencillez del contenido y la expresión: "aspirar a la vida sencilla es aspirar realmente a la realización del más alto destino humano. Todas las evoluciones de la humanidad en solicitud de mayor justicia y de más luz han sido al mismo tiempo evoluciones en solicitud de vida más sencilla."

¿Quién ama la complicación que acarrea la modernidad? ¿Quién no desea hacer un alto en la vorágine en que vivimos y decir, "cónchale en qué lío me he metido, ansío vivir con menos bagajes en la conciencia y en la cotidianidad."?

Ese es el tema de esa obra, abordado con energía orientadora al inicio de la era moderna. Charles Wagner fue un visionario. Dijo en aquella época lo que desde hace muchos años, por lo menos desde mediado del siglo XX, necesitábamos decirnos: "No a la carrera desbocada de alejarnos de nosotros mismos."

He ahí la clave de la vida sencilla: SER NOSOTROS MISMOS.

Pero, para eso es preciso atenerse, según Charles Wagner, a un conjunto de valores que yo comparto. El primero es, ser de un espíritu sencillo. Las bases del espíritu sencillo son la lealtad, la honradez y el respeto. Una persona es sencilla cuando es leal, honrada y respetuosa.

Otro gran valor es armarse de un pensamiento sencillo. Ahora que está de moda inscribirse en cursos de pensamiento complejo, esa es una idea desafiante. ¿Y qué es el pensamiento sencillo? Pues, el sentido común, hecho de principios sencillos: confianza en sí mismo, lo cual da garantía y seguridad; esperanza, fe en el porvenir; bondad como fuente de luz en el camino de la humanidad, que incluye la bondad divina y la bondad humana.

Y hay más en la vida sencilla: la palabra sencilla. Que se apoya en estos conceptos: el lenguaje es la expresión del espíritu. Y la comunicación debe ser franca, directa, tranquila y sólida. El lenguaje es para comunicar confianza a los demás y para eso deben usarse formas sencillas, sin excesos en la expresión, y apegarse a los hechos, o por lo menos, a la objetividad.

Pero sin deberes no hay vida sencilla. Los deberes deben ser sencillos. La fuerza del deber sencillo es el amor. Es sencillo el deber cuando se cumple con él sin subterfugios. Cuando nos sometemos a la ley moral. Cuando nos consagramos a la justicia elemental que permite la convivencia con los demás. Cuando aprendemos que hay que saber esperar y saber comenzar de nuevo.

Otro asunto tratado en esa obra y de mucha actualidad es el consumo. El consumo debe responder a necesidades sencillas. El principio básico es: ante cualquier necesidad: sobriedad. No ceder a la esclavitud de las necesidades. Saber prolongar la sed... Priorizar aquellas necesidades que mantienen el organismo en su completo vigor. Mientras más necesitamos, menos hacemos por nuestros semejantes.

No quisiera cerrar la lectura de la obra de Charles Wagner sin mencionar el tema del placer, entre otros que tendré que obviar. Para ese autor, y para mí, el verdadero placer no está en las cosas o en los demás, sino en nosotros mismos.

El placer es la alegría auténtica que acompaña la vida sencilla. No debemos abusar de las sensaciones como fuentes del placer. El mejor placer: creer en la vida y poseerla en sí mismo. El placer no deber ser comprado ni vendido, sino sentido. Sintamos placer brindando a los demás bondad y altruismo.

matosmoquete@hotmail.com

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