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EN DIRECTO|06 jul 2013, 12:00 AM|1|POR Pedro Mendoza

Conspiración para matar física o moralmente

Según Freud, el Yo es el director racional de la personalidad; es decir, que el Yo es quien modifica o hace que dejemos para luego los impulsos nocivos, torvos, perversos y miserables que nos incitan a actuar contra alguien. Para Murphy Murray, afamado psicólogo estadounidense de época más reciente que Freud, "El Yo es el que organiza nuestra conducta, razona y selecciona de manera consciente como deberíamos actuar." Si nuestro Yo es fuerte estará en capacidad de lidiar con esos impulsos nocivos, perversos y malignos que a menudo sentimos, pero si es débil, deja nuestra personalidad en una especie de campo minado donde queda expuesta a los demonios de las emociones negativas como son la alienación interpersonal, actitudes agresivas, descarga de frustraciones inaceptables a causa de sentimientos de inferioridad, hostilidad y tensión extremas contra aquellas personas que suponemos culpables de alcanzar los logros que queríamos para nosotros pero ellas se nos adelantaron y lo alcanzaron primero, y el afán de desconfianza.

Interactuando con enfermos, sus familiares, mi propia familia, compañeros de trabajo, amigos, conocidos y leyendo y escuchando las opiniones de mis conciudadanos en los medios de prensa durante los últimos 50 años, he observado que los dominicanos de treinta años hacia acá hemos elaborado un patrón particular de conducta y actitudes para construir una realidad en la cual el Yo permanece inhibido, inerme y fatigado, con lo cual la personalidad de mucha gente ha quedado a la deriva. Cuando eso ocurre, las personas distorsionan lo que oyen o ven, atribuyen a los demás sus propias mezquinas pasiones, sufren emocionalmente sin límites la prosperidad ajena, traman contra la intimidad, el decoro, el buen nombre, la vida física y moral de aquellos que eligen como sus contrarios y hostilizan a sus adversarios con bajezas de todo género. Jamás hay en su lenguaje una emoción positiva como la potencia o el apego social hacia los demás. No las perturba el menosprecio de los demás porque entre sus necesidades no aparece la deferencia, el deseo de ser apreciado, comprendido ni ayudado, y no conversan consigo mismas porque no están interesadas en el cambio de esas conductas y actitudes nefastas. Así, en medio de semejante torbellino de rivalidad producto de su imaginación están listas para atacar sin piedad a un adversario, a la esposa, al hijo, al esposo, al patrón, al amigo, al padre o la madre, al hermano, al vecino y hasta a un desconocido.

Esas personas piensan que la rivalidad y la hostilidad manifiestas en forma de falsedades y agravios contra los que supone enemigos, concediendo importancia que no tiene a las necedades e imprecisiones que se dicen sin ningún fundamento y otorgando categoría de hecho cierto a la intriga, constituyen la verdadera esencia de la vida en sociedad. Al creer que en ese basurero emocional está anclada toda la vida social, tales individuos no dudan en poner en marcha cualquier oscuro plan para liquidar la honra o poner a dormir eternamente a otro ser humano que ha elegido como enemigo.

Murray, quien investigó a fondo por años el Yo y la personalidad normal y patológica de tanta gente, descubrió que los humanos tenemos 20 necesidades que de alguna manera afectan nuestro Yo y, por supuesto, nuestra personalidad. Seis de esas necesidades son el dominio, la agresión, la exhibición, el orden, la deferencia y la comprensión. Quienes manifiestan conductas de dominio, exhibición y de agresión atacan, insultan, denigran intencionalmente al otro, goza de la intriga contra los demás, censura, asesina, influye en los demás, seduce y persuade a otros para que se plieguen a sus designios y propaguen sus maquinaciones. En cambio, aquellos con necesidades como el orden, la deferencia y la comprensión, se distinguen porque tienen como fortaleza una personalidad equilibrada y adulta. En vez de amamantar intrigas y deseos de muerte contra alguien, alientan a que los propósitos nobles de la sociedad mejoren y se encaucen por caminos de la sana convivencia, predican la integridad, la razón y la lógica y no atentan contra la integridad y honor ajenos.

Las personas con necesidad de orden, luchan por el equilibrio y la sensatez, la veracidad y la precisión. No utilizan argumentos vacíos o fofos para excluir o rechazar la verdad, la organización, la pulcritud y la armonía sociales. No se aprovechan de las dimensiones de las palabras y los términos para crear confusión. Saben quiénes son porque tienen confianza en su identidad y confían en los demás. No hacen de la suspicacia un credo filosófico o político; eso hace que se estructuren una personalidad capaz de afrontar exitosamente las dificultades sin recurrir a la ruina de los demás.

Sin darnos cuenta, hemos estado construyendo un Yo y una personalidad tan anémicos, que ha resultado fácil para aquellos que tienen necesidad de intriga y perversidad, convertirnos en seres tenebrosos. En vez de solazarnos en proactividad, nos revolcamos en huera reactividad, culpando siempre a los otros de nuestros fracasos y perenne incapacidad de logros.

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