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EN DIRECTO|06 ago 2013, 12:00 AM|4|POR Eduardo García Michel

El tren que Lilís no vio

En la hondonada situada al pie de la casa de mampostería se veían los rieles por donde pasaba el tren. Aquella máquina cansina, desgastada, se encaramaba en los enormes pilotillos del viaducto para que no la vieran cruzar arrastrándose por el suelo. La locomotora hacía la rutina con la frecuencia lenta del tiempo antiguo, hasta que la ignorancia la jubiló y dejó sin destino.

Sumida en la garganta sorpresiva, pues andaba en llano, se la veía pitar alegre cuando llegaba al pie de la casa que se asomaba a la hondonada y del almacén de madera situado en el frente. Entre ambos, pero inclinada a la hondonada, estaba ubicada la guásuma que fue testigo silente del acontecimiento histórico, también jubilada por desidia colectiva, sustituida ahora por un árbol de caucho que no conoce de pálpitos históricos ni de arrullos de amor a la sombra de sus ramas.

El tren era travieso y aparentaba cansancio y pesadez para poder casi detenerse al cruzar entre esas barrancas porque sentía el peso de la historia que mordisqueaba sus láminas de acero e imaginaba a aquel demonio de bronce tendido debajo de la guásuma, exhalando su último suspiro, con el pedigüeño despatarrado un poco más allá, producto del loco disparo de la bestia al caer muerto para siempre.

Ahí cayó desgranado el coloso de ébano como semilla de mal pan, que luego de haber puesto su espada al servicio de la nación, se engolosinó con el poder y convirtió en odioso tirano para oprobio de un pueblo.

Ahora el tren ya no está; tampoco la guásuma. Pero aún se yergue el almacén de madera con indomable desprecio; eso sí, carcomido por el paso del tiempo, emitiendo quejidos por la ignorancia de tantos que nunca repararon en que, al alcance de la mano, tenían un tesoro para que los nietos de los nietos de los nietos lo conservaran en la memoria.

Si, un almacén de madera y al frente una edificación de cemento. Dos símbolos y una guásuma que hacen tres. Uno, el almacén de Jacobo de Lara dónde el sátrapa recibió los primeros fogonazos. Dos, la casa de Basilio Vásquez y, por tanto de Horacio, cabeza de la conspiración, primo hermano de Mon Cáceres Vásquez, su brazo ejecutor. Y tres la famosa guásuma.

El tren Lilís nunca lo vio; no existía todavía. Lo concibió Horacio junto a un grupo de munícipes, y lo erigió Mon para que surcara las tierras prodigiosas del Cibao y las uniera con el tramo La Vega-Sánchez, producto visionario de Gregorio Riva, un mocano forjador del progreso, a quién se le debe tanto y se le reconoce tan poco.

En ese almacén de madera de Don Jacobo solía escucharse en noche de luna llena un canto de agonía, paralelo al movimiento sincopado de la guásuma acariciada por la brisa de la noche, que poco a poco se convertía en sinfonía alocada, de goce pleno, que evocaba la liberación del hombre de la opresión. La sinfonía venía de la casa de cemento de Basilio.

Ahora con los recuerdos a cuestas, puede haber tiempo para reflexionar y darse cuenta de que, cuando el telón del terror se impuso en 1930, se procedió sistemáticamente a borrar y hacer olvidar todo lo que rememoraba el coraje y decisión de un pueblo para luchar por su libertad, porque el otro monstruo que se convirtió en tirano así lo quiso y dispuso. ¡Carajo! ¡Cuánta manipulación ha habido!

¡Quiten los recuerdos! ¡Borren los datos de toda memoria! Apeen a los próceres del pedestal y mánchenlos de estiércol putrefacto. Salpiquen de lodo su buena fama. Acúsenlos ¿de qué?, de cualquier cosa, pero que sean borrados para siempre como símbolos de un pueblo.

Y así sucedió. Se borraron los nombres, se tragaron reputaciones, pero al final nada es eterno y aquella pantomima terminó. ¡Mentira. No ha terminado! Aún se necesita que se ponga cada cosa en su lugar y se restablezca la escala de valores.

Y eso, precisamente eso, es lo que se ha comenzado a hacer.

Por eso, es tiempo de sembrar una guásuma en el lugar de aquella otra, porque ¡quién sabe! si algún día volviera a ser necesario tenerla de testigo de acontecimientos singulares. Y hay que llevar los restos de Horacio a un panteón frente a la iglesia grande, porque ha sido oscurecido por la conspiración que lo derrocó y asesinado moralmente por los alcahuetes que distorsionaron su perfil de hombre honesto y singular, habiendo sido, como fue, el líder político más formidable del primer tercio del siglo 20.

Mientras tanto, un cálido reconocimiento a las autoridades de Moca, por su maravilloso trabajo de rescate de los símbolos que representan a nuestra comunidad.

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