EN DIRECTO|19 ago 2013, 12:00 AM|40|POR Rafael Nuñez

Trujillo, Balaguer y Leonel

Cuando mataron al tirano dominicano, era un niño que apenas caminaba. No había cumplido los tres años, de manera que las informaciones que tengo en mi disco duro, las incorporé leyendo publicaciones, asistiendo a charlas y observando audiovisuales sobre la Era de Trujillo. No puedo tener, pues, vivencias que me recuerden nada de aquella época.

La cara oscura del dictador es bien conocida y repudiada hasta por sus colaboradores que aún viven. El régimen no podía ser más opresor, criminal y todo lo que se pueda adjetivar con tal de calificarlo como violador de los derechos humanos. Hay otra faceta que tiene que ver con el desarrollo de infraestructura, que los anti trujillistas omiten, pero no abundo en ello porque no soy ni pretendo ser apologista del trujillismo.

No albergo temor alguno de que puedan estigmatizarme porque planteo mi parecer independiente, sin narigoneo del pro ni de anti trujillistas. En una cosa sí estoy claro: la libertad de la que gozo con mi familia y amigos es producto de la sangre derramada por valientes dominicanos, y ese solo elemento es suficiente para estar feliz de no vivir en una dictadura.

Cuando hacemos historia, periodismo, cine, investigación científica o cualquier otra actividad profesional cuyo fin sea acercarnos a la realidad de los hechos pasados y presentes, debemos quitarnos la venda de la pasión religiosa, política, étnica, racial, o de los egos desenfrenados. El investigador tiene que hacer un gran esfuerzo para no apasionarse o lucir tendencioso, de manera que el producto final de su trabajo se perciba con el crisol de la independencia, de manera que el público tenga la oportunidad de sacar conclusiones propias.

Un documento histórico tiene más contundencia que cien páginas de palabras afirmando que Trujillo fue un criminal. En definitiva, no son los personajes quienes construyen la historia, son las fuerzas sociales y las circunstancias que llevan al ser humano a jugar un rol en un determinado momento. Como dijo José Ortega y Gasset: "El hombre es él y sus circunstancias".

Rafael Leonidas Trujillo no es la figura que conocemos solo porque dependiera de sus egos. En definitiva, hay responsabilidad también de las fuerzas sociales que lo auparon en circunstancias muy específicas. No se debe vender la idea, pues, de que fue un dictadorcito amanerado porque tenía voz aflautada, o un renacuajo que no tenía dominio de sus emociones.

Desde antes de sustituir al otro dictador, Horacio Vásquez de la Presidencia de la República, Rafael L. Trujillo Molina fue capaz de poner a las órdenes de su causa política futura, a la intelectualidad de entonces; me refiero a Manuel Arturo Peña Batlle, Rafael Estrella Ureña, J. María Incháustegui, Albert Font Bernard, Domingo Moreno Jiménez y Joaquín Balaguer, entre otros. ¿Fue por ser un tarado o falto de inteligencia que Trujillo puso a su servicio a las mentes más lúcidas del país? Rotundamente no.

Cuando se pasa balance de los 31 años de aquellos gobiernos, nos ocurre como en la pelota, que una vez auscultamos cualidades en uno de nuestros deportistas, adoptamos uno de dos extremos. Decimos que se trata de un súper astro de la disciplina, o murmuramos por lo bajo y en los diarios de circulación nacional, escribimos que Fulano y Zutano son unos fracasados. El extremismo y la pasión son dos cualidades en nuestras cortas perspectivas para analizar personajes y hechos.

Lo propio ocurre cuando se habla del doctor Joaquín Balaguer, de quien en mi época juvenil, que esa sí la viví, escuché horrores del líder de los reformistas. Nadie tiene que contarme, por ejemplo, que fueron los mismos anti balagueristas de hoy, los artífices de las campañas contra el más ducho de quienes han ostentado el poder. Desde muñequito de papel, pasando por la acusación de homosexual, dicho con palabras que me las ahorro, soportó estoicamente Joaquín Balaguer Ricardo. De sus actuaciones, sus omisiones y desenfrenos, nadie me puede contar. El encabezó tres períodos de gobiernos que, en términos de libertades públicas, son aborrecibles. También hay que decir a favor de la verdad histórica, el contexto en que asumió el gobierno en 1966. Fueron sus más enconados defensores que le dieron la oportunidad de oro para que después de la era de los 12 años, Balaguer resurgiera como el Ave Fénix para que pudiera hacer 10 años más, con un estilo de gobernar adecuado a las circunstancias, lo que para muchos representó su reivindicación en el orden político.

A las generaciones que pertenecen nuestros hijos y nietos no se les debe vender imágenes distorsionadas de los actores políticos que jugaron un rol estelar en nuestra historia reciente. Cuando desdibujamos la personalidad de ellos, estamos manipulando la realidad. Si no los presentamos como fueron, quitamos la oportunidad a los jóvenes de que vean todas las facetas. Ni Trujillo ni Balaguer fueron renacuajos políticos. Se puede estar en desacuerdo con ellos, y de hecho, buena parte de este país reprocha sus estilos, pero tenemos que presentar las dos caras de la moneda, si el objetivo de la obra es hacer historia, ya sea audiovisual o un documento impreso que sirva para la posteridad. Si uno es parte afectada por esos gobiernos, lo mejor es guardar distancia y no embarcarse en escribir la historia desde un solo ángulo.

Desde Horacio Vásquez hasta nuestros días, se puede afirmar que Trujillo, en los 31 años de dictadura, y Balaguer, en sus primeras tres administraciones, violentaron los derechos fundamentales de nuestros ciudadanos, pero si se escribe la historia sin pasión, debemos colocarlos en su justa dimensión, pues cuando tratan de empequeñecerlos políticamente por envidia, mezquindad o problemas personales, quien lo hace se disminuye a sí mismo y a quienes los adversaron. Los héroes del 30 de mayo no pueden sentirse felices cuando se afirma que a quien mataron fue un mequetrefe o dictadorcito.

En la última etapa histórica, hemos tenido la fortuna de vivir en democracia, de tener a otro líder, Leonel Fernández, quien tras la muerte de Peña, Balaguer y Bosch, ha sido presidente en múltiples ocasiones, igual que Horacio Vásquez, Ulises Heureaux, Pedro Santana, Rafael L. Trujillo y Joaquín Balaguer, con la diferencia de que el hijo de doña Yolanda ha gobernado democráticamente, promoviendo y respetando los derechos fundamentales de los dominicanos, y auspiciando el desarrollo del país, aparte de que no usó el cargo para hacer una modificación constitucional que le permitiera perpetuarse en el poder de manera continua.

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