El incidente ocurrió cuando menos se esperaba. Si se midiera por la importancia del asunto, el costo no llegaba ni siquiera a una galleta dada con buena mano.

Era un encuentro extraño. Sentados juntos, en una discusión mundana, estaban un académico de alto rango, que apenas se iniciaba en las tiguerísticas lides de la política. Al frente, un empresario curtido, un “caracortada”, que había salido airoso de varios duelos, con velorios incluidos, del último de los cuales se libró por el control de unos muelles cercanos a una localidad turística.

Los demás, políticos de poca monta, de esos que se “matan con cualquiera” por un puesto de salario mínimo con tal de tener un permiso de cuchillo, o que lo llamen “jefe”, el último de los forzados piropos de la política nuestra.

Pero el hecho había ocurrido para sorpresa de todos. “Sonó la galleta en el play”, hubiese dicho un narrador criollo, y el académico, fiel a su vocación, interpuso sus buenos oficios para que la cosa no pasara a mayores.

Pero el empresario, “experto en conducta humana”, se dio cuenta de que el hecho había herido profundamente la sensibilidad del académico, y decidió perseguirlo pensando en la posibilidad de que aquella alma noble pudiera intentar una solución descabellada.

La intención del empresario era evitar el suicidio del inexperto hombre público, y lo siguió, y le disparó para advertirle el peligro que presentía, pero no pudo evitar que aquel hombre bueno se suicidara de un disparo en el hombro.

En la crónica del juicio, sin testigos que contradijeran esta versión, el empresario salió de nuevo libre, la sociedad respiró aliviada de que se había hecho justicia y la vida prosiguió “su agitado curso” en un país donde “siempre seca lágrimas el sol”.

atejada@diariolibre.com

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