Vi fotografiado en la prensa a un amigo de la sociedad civil en una protesta contra la corrupción en La Lira junto a un político que había sido condenado por la estafa del Plan Revove, y le dije que era un contrasentido, pero no me hizo caso. Luego que apareció vociferando por la misma causa al lado de un desacreditado “sindicalista” del transporte, le perdí la confianza por simulador. En el país hay grupos que califican como sociedad civil y que cumplen su rol, pero en su mayoría son sucursales políticas y coro de intereses particulares. Aportan poco al desarrollo institucional y a que la ciudadanía incursione en el debate de temas que le afecten, pues su discurso, además de tremendista y catastrófico, no es sincero.

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