SANTO DOMINGO. Hace tres décadas, el 21 de octubre de 1982, América Latina irrumpió definitivamente en la literatura mundial con el justísimo Premio Nobel de Literatura al colombiano Gabriel García Márquez.
Fue como establecer las coordenadas de Aracataca, o sea Macondo, en el centro del mundo. Y con ello, del ser caribeño.
A esas alturas, su más conocida obra, Cien años de soledad -que comienza con un párrafo inolvidable: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo..."- se había traducido a casi todos los idiomas y ese par de líneas atrapaba un universo que ya no nos dejaría más.
La música alegre y triste del vallenato al bolero, la desmesura de nuestras expresiones y pensamientos, de nuestras inverosímiles realidades, y de nuestras mezclas de razas y culturas andaba en el trasfondo de esa Biblia de lo caribe.
Pocos escritores han sabido dibujar el tropo poético de esta región como García Márquez, con el embrujo de su adjetivación y la generosa desencriptación - si es que se puede decir- de nuestra magia y nuestra forma de ser. Ya lo dijo en 1967, el mismísimo Neruda refiriéndose a Cien años de soledad: "Es la más importante obra publicada en lengua española desde El Quijote de Cervantes".
América Latina sigue buscándose a 30 años de aquel Nobel, después de Neruda, Gabriela Mistral, Miguel Ángel Asturias, y antes de Octavio Paz y Vargas Llosa, el de García Márquez fue tan especial que desde entonces uno sabe que las guayabas huelen a Macondo. O viceversa.