Sociedad|11 ene 2013, 12:00 AM|2|POR AP

Haití según los ojos de un corredor

Astrel Clovis durante su corrida matinal por Puerto Príncipe. AP
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PUERTO PRINCIPE, Haití.- Seis días a la semana, apenas amanece un individuo delgado se pone zapatillas de un verde brillante y sale a correr por las calles de Puerto Príncipe.

Es imposible no reparar en él. Muy poca gente se aventura a correr por las calles de la capital haitiana, donde escasean las aceras, no hay carriles para bicicletas y abundaban los agujeros ya desde antes del terremoto de hace tres años.

Igual que sucedió con prácticamente todos los residentes de esta ciudad de 3 millones de habitantes, la vida de Astrel Clovis fue sacudida por el terremoto del 12 de enero del 2010. Pero un mes después del temblor, ya estaba nuevamente corriendo. Sus corridas diarias le dan una perspectiva única de una urbe que lentamente se va recuperando y pocos saben como él lo que se ha hecho y lo que aún queda por hacer.

Clovis inicia sus corridas en las colinas del centro. Se pone sus pantaloncitos y unas zapatillas de segunda mano en la casucha de madera contrachapada donde vive en Petionville.

La suya es una verdadera carrera de obstáculos, en la que tiene que esquivar perros callejeros, gallinas, padres que acompañan a sus hijos a la escuela, camiones desvencijados y los volantazos de los conductores. En medio de todas las penurias que ha vivido esta capital, sus corridas le permiten a este mecánico de 42 años recuperar la esperanza.



"Son un indicio de que la vida continúa", explica Clovis.

El hombre ha corrido por las calles de Puerto Príncipe durante diez años. Decidió dedicarse seriamente al deporte cuando, en un acto impulsivo, se inscribió en una carrera por el centro de la ciudad y ganó.

"Eso fue lo que me motivó", relata en creole. "Me sentí especial".

Clovis es un individuo serio, que va a la iglesia religiosamente y no habla de más. Repara generadores, talento importante en una ciudad donde todavía se va la luz con frecuencia. Gana algún dinero extra corriendo pruebas de 5 o 10 kilómetros, por lo que, comparado con sus vecinos, está relativamente bien.

Paga 475 dólares por el alquiler por dos años de su casita de una habitación, que es uno de miles de refugios temporales construidos por organizaciones de ayuda luego del terremoto. Sus ocupantes se apropiaron de ellos y ahora los alquilan.

Su novia se le unirá en marzo, en que piensan casarse.

Cuando empieza a correr pasa por algunos de los campamentos levantados tras el temblor que todavía funcionan y que albergan a casi 360.000 personas. Ignora el humo del carbón que se usa para cocinar y que comienza a llenar el aire.

Pasa por el Royal Oasis, un gran hotel y centro comercial que un magnate local empezó a construir antes del terremoto y que fue completado gracias a una inversión de 2 millones de dólares de una fundación creada por Bill Clinton y George W. Bush.

Observa su reloj. Generalmente cubre una milla en siete minutos y medio. Respira con facilidad y su paso es seguro.

Antes del terremoto vivía en una casa de tres dormitorios con una tía y sus primas, y soñaba con correr su primer maratón.



El temblor destruyó esa casa y otras 100.000 de la capital y el sur del país. El gobierno dice que hubo 316.000 muertos, aunque nadie sabe en realidad cuántas personas fallecieron.

Clovis tuvo suerte. No perdió parientes ni amigos cercanos. Tampoco dejó de soñar con ser maratonista.

En un país donde no hay acceso casi a atención médica, correr le permite a Clovis mantenerse saludable. Cubre 120 kilómetros semanales.

En los cinco primeros minutos de su recorrido ve varios negocios nuevos para los ricos y los extranjeros que viven en Petionville. Hace poco abrieron un pub irlandés que sirve pintas de Guinness a ocho dólares, una cifra inalcanzable para el 70% de la población, que sobrevive con dos dólares diarios o menos.

Desciende la colina por el Boulevard John Brown Boulevard y pasa por el Hotel Montana, que se derrumbó durante el terremoto, matando a casi 70 personas. El hotel fue reconstruido y volvió a abrir. Una calle lateral lleva a lo que fue el cuartel general de la misión de paz de las Naciones Unidas, un antiguo hotel del que solo quedaron escombros. Más de 100 personas fallecieron allí. Hoy hay un lote desocupado en el lugar.

Gobiernos de todo el mundo aportaron 5.300 millones de dólares para la reconstrucción de Haití. Ya casi no quedan escombros, hay dos plantas para tratar aguas residuales en el norte de la capital y algunas casas nuevas. Estados Unidos construyó un nuevo edificio para el parlamento. Clovis, como tantos otros haitianos, dice que hubiera esperado más progreso a esta altura, pero no se queja.

"Quisiera ver algo más, pero no me desaliento", afirma.

Pasa luego por otra calle que conduce a la municipalidad de Delmas, donde hubo escenas de horror cuando se produjo el terremoto. La gente, con herramientas improvisadas y las manos ensangrentadas, escarbaba en escuelas y viviendas en busca de sobrevivientes. El enorme Supermercado Caribeño estaba repleto cuando se produjo el temblor. Hoy es un lote vacío.

Clovis sigue de largo, pasando por sitios donde hubo pilas de cadávares después del terremoto. Más de 60.000 sobrevivientes de Delmas llegaron a los campos de un club de golf junto a un cañón, cerca de Petionville. Hoy quedan allí unos 14.000 gracias a los subsidios para viviendas de una agrupación de ayuda creada por el actor Sean Penn.

Después de 45 minutos, cinco millas cuesta abajo Clovis se encuentra en el centro de la capital, en el Palacio Nacional. La imagen del palacio sin su techo fue durante mucho tiempo símbolo de un país derrotado tras el temblor. Otro lote desocupado.

Cerca de allí, el Campo de Marte albergó a miles de familias desamparadas y parecía destinado a convertirse en un nuevo barrio marginal. La mayor parte de la gente que acampó allí ya se fue, algunos tentados por ofrecimientos del gobierno y otros desalojados.

En el Palacio Nacional, Clovis inicia el camino de vuelta. El tráfico es mucho peor y los vehículos casi no se mueven. Es un camino en subida exigente, pero Clovis no se amilana.

Poco después de la Navidad, Clovis oyó hablar de un maratón en la República Dominicana, que comparte la isla Española con Haití. Un amigo lo llevó en auto a Santo Domingo para que pudiera cumplir su sueño.

Su primer maratón.

Empleó dos horas y 42 minutos, lo que representa un promedio de seis minutos y diez segundos por milla. Un diario informó sobre su tiempo, aunque escribió mal su nombre.

A Clovis no le importa. Ya está enfocado en un nuevo sueño.

Ansía que se haga un maratón en su país en el que él competiría y ganaría.

"Quisiera que el mundo supiera", afirmó, "que en Haití hay un corredor muy talentoso".
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