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El espacio urbano, escenario de eventos

Haussman, Le Corbusier, urbanistas, tramoyistas.

 La vida urbana es complejo espectáculo donde actores, protagonistas, extras y espectadores se entrecruzan, se funden y se forjan unos a otros. Ardua metáfora, porque la forja, un término tomado del lenguaje de los herreros, describe crudamente la vida urbana. 

Las ciudades son -a veces lo olvidamos- los moldes o crisoles donde se conforman los comportamientos ciudadanos. La masa informe se acomoda a la horma como puede, la desborda o la supera, porque la vida urbana es inexorable. En los afamados estudios cinematográficos, Pinewood, Cinecittá o en Hollywood, decorados grandiosos descansan como mudos testigos de pasados eventos espectaculares. En ellos, lo importante no ha sido la tramoya, sino los sucesos, espectáculos, arte o vida, para los que fueron creados.

Así ocurre igualmente en las ciudades, donde foros, plazas, catedrales y estadios, los "malls" constituyen los escenarios de una cultura que prefiere el circo al templo, el estadio y el proscenio, al presbiterio o al altar.

Pocas estructuras urbanas sobreviven siglos de uso diario, como las catedrales, tan vigentes y utilizadas como hace mil años. O los bancos del parque Colón con cinco siglos de uso. Otras, yacen revelando su inadecuación o muda inadaptación. Muchas decaen, son renovadas, algunas empero, vuelven a decaer. Formas espléndidas y costosísimas, enormes puentes peatonales, blancos elefantes, rezumando óxido como castigo a su color, en dulce venganza política. Los peatones por debajo "toreando" los automóviles. Estaciones de metro vacías o semivacías, y "capolíneas" a medio construir. Todo limpio, reluciente, subutilizado para su enorme costo, pero temiendo que otra venganza política los condene al deterioro.

 

Instalaciones deportivas ostentosas, utilizadas un par de veces al año. Un aeropuerto semidesierto, una terminal portuaria pretenciosa, ansiosa por una animación y bullicio que no tiene. Ante todos ellos, la ciudad sigue su vida campante, misterio encantador que fascina a urbanistas y ciudadanos, arcano que muchos se empecinan en entender. Realidades complejas e interactuantes.

Pero la ciudad enigma, como a la mujer, hay que amarla primero, y entenderla después, si es que se deja. Vivir la ciudad en cada uno de sus ángulos, recovecos, antros y escondrijos. Percibir sus aromas o sus olores asfixiantes. Escuchar sus susurros y sus trepidantes rugidos. Caminar sus callejuelas, descansar debajo de sus sombras -y ¿Por qué no? Verla desde un helicóptero- para finalmente poder apreciar que sus imponentes infraestructuras no son más que decorados pasajeros, porque lo primordial es el hombre y su vivir.

La vida urbana es complejo espectáculo donde actores, protagonistas, extras y espectadores se entrecruzan, se funden y se forjan unos a otros. Ardua metáfora, porque la forja, un término tomado del lenguaje de los herreros, describe crudamente la vida urbana. Vidas que se forjan a base de fuego y martillo, golpes que te moldean y agua para templar y refrescar.

Es necesario que quien la pretenda dirigir, entienda la ciudad como un gran evento, real o simulado, incluso teatral. Porque la vida tiene que ser teatro, en estos tiempos donde la imagen y la verdad se entrelazan en una lucha cuerpo a cuerpo. Y la proponga como tal, pero con responsabilidad trascendente, que genere entusiasmo y optimismo. Sin gastar millonadas, poca cosa, con gusto y seso. Acupuntural, como Lerner. Y sin mentir, abultar cifras, anunciar triunfos y soluciones que la realidad luego desenmascara.

Gestión urbana sincera, consultada, colectiva, divertida. De lo contrario, al final, la verdad, magullada, termina levantándose incólume. Las tinieblas no pueden apagar la luz más débil. Mientras esta disquisición se lea y se olvide, la ciudad de las prisas, exige otra función, comedia o tragedia: no importa cual. Que se inicie el siguiente acto... ¡Arriba el telón!