Montesinos, Malecón, y Ciudad
La capital dominicana no puede tomar vacaciones. Es imposible pausarla. Cuando no son sus barrios tradicionales o los periféricos, son sus nuevas opulencias, su desorden urbanístico, sus avenidas atestadas de vehículos y gentes en las estrechas aceras, compitiendo éstas con los artículos comerciales de los negocios formales e informales que las bordean.
La ciudad, atomizada por decisión política, descuartizada por apetencia económica y resquebrajada por ignorancia municipal, ahora tiene varios perfiles y hay, como en toda urbe de gran tamaño, distintos conglomerados que creen vivir en la misma ciudad y eso no es cierto.
Al norte, al este y al oeste hay tres Santo Domingo que rodean un centro denominado Distrito Nacional que creemos, como nombre, ya le sobran ínfulas constitucionales e históricas. Antes eran una misma cosa. Ahora cada sector tiene su propio mundo y sus habitantes cruzan y usan uno y otro sin parar, hasta sin enterarse. El centro polariza las atenciones de la clase dominante y tiene al sur, una costa envidiable, festonada de arrecifes otrora santuarios de faunas del lugar, y bordeada por un trabajo para la circulación vehicular, que ya es centenario desde 2008. Pero para entonces era paseo y como fue hecho a plazos, ahora es avenida de prisas y transporte pesado. Esa parte cumplió 75 el año pasado. Y es esa la parte más batida de la ciudad.
Desde entonces tiene malecón y fueron engalanándola bochornosamente con el tiempo, enriqueciéndola pobremente con artilugios, y en lo que la iban armando, vadeando el contorno agreste del litoral espumante, le levantaron columnas, monumentos, ríspidos y grandilocuentes, menudos e ignominiosos, y así la escritura del espacio urbano agregó una literatura histórica al lienzo del festín visual que discurre entre palmeras. Así estuvo, tranquila hasta el 1982, cuando México ofreció su intelecto y recursos económicos para levantar, en tierra isleña, un emotivo y simbólico fanal de repercusiones universalistas que conmemorara el discurso del domingo de adviento que dijera el Fraile Montesino, aquel 21 de diciembre de 1511. Habían transcurrido 471 años y ahora, en el 2011, ya se ha cumplido medio siglo del sermón y 29 años del monumento que ha estado más abandonado que utilizado.
La obra debiera hacernos sentir orgullosos de saber que tenemos en tierra dominicana el resultado intelectual del afamado arquitecto mexicano Pedro Ramírez Vázquez. En su momento generó un conflicto innecesario porque además de levantar el monumento (algo que se hizo hincando pilotes en un área ganada al mar), aquí surgieron “estetas” que querían limpiar (demoliendo), todo el sector norte aledaño al mismo, para abrir una perspectiva que, desde el frontis del templo mayor del convento de Los Dominicos, se pudiera ver el monumento o, a la inversa, desde el monumento disfrutar de un vistazo hacia la plaza Duarte, lejana entre la calle colonial del mismo nombre.
El monumento no es nada del otro mundo como para que amerite, por ejemplo, asesorías de “expertos” extranjeros que han de venir a decirnos lo que sabemos por experiencia que se puede o no se puede hacer. En el malecón de Santo Domingo no se puede inventar. Un museo, solitario en ese lugar, sería un despilfarro más. Pero cónsono con las amenidades del sitio y toda su envolvente, podría tener éxito. Habría que saber cuál sería el plan de manejo que lo mantendría captando expectativas…
Diario Libre





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