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Pedir lo imposible sin planificación

Hace ya años que leemos teorizaciones doctorales sobre el manejo del territorio. Todas evaden las consideraciones históricas heredadas y basándose solamente en porcentajes, estadísticas y numerología urbana y rural, generadas por los procesos de dislocamiento cotidiano en que vivimos, pretenden llamar la atención para hacer notar que hay que cambiar el derrotero del desarrollo físico del país sin recordar que en República Dominicana la mentalidad de improvisación, desde los tiempos de la conquista y colonización, ha sido la normativa de trabajo para todos los que han dirigido los destinos nacionales.

Los planes se hacen para no aplicarse, se urden planificaciones complejas y complicadas estrategias, para engavetarse, para guardarse y no aplicarse nunca. Recién leímos sobre ordenamiento territorial y no solo se volvió a olvidar la historia heredada, sino que el factor de desarrollo humano fue obviado para poder apelar a las consideraciones de orden porcentual y analizar las concentraciones del capital humano en el marco físico de sus espacios urbanos, y pedir lo imposible, su reorganización sobre el territorio.

 

 

 

 

Mirémoslo con menos rigurosidad científica para que quienes puedan interesarse en el tema, podamos entender.

Entre 1493 (no 1492) y mediados de 1600, la parte oriental de la isla, que es donde está la República Dominicana desde 1844, empezó a concentrar su población en un eje casi diagonal; entre La Isabela, al Norte, y Santo Domingo, al Sur (o sureste). Las Leyes de Indias, promulgadas en el reinado de Felipe II en 1573, afectaron o beneficiaron la territorialidad con sus demandas de ordenamiento jurídico. Eso ocurrió 80 años más tarde. Nunca he leído análisis alguno local sobre el particular y hay que saber que estas leyes llegaron a la isla Española cuando su territorio estaba siendo poblado desde hacía esos 80 años y así siguió estándolo hasta la actualidad.

En Asia y África, y en el territorio continental americano, las concentraciones fundacionales urbanas que han persistido en el tiempo, dando permanencia a los grupos asentados, han sido, histórica y mayormente, aquellas cercanas al mar. Las situadas al interior de los territorios han estado sujetas a vaivenes distintos que han marcado sus respectivos desarrollos. O han dependido de un ferrocarril, de unas haciendas o fincas, y sus producciones; por ejemplo, unas minas, y el volumen de sus explotaciones. El resto del territorio ha estado baldío, por así escribirlo, y ha sido el sostén espacial de la agricultura de subsistencia. O es que son desiertos inhabitables. Sólo mírense los mapas del mundo, hablan por sí solos...

Con estrategias de ajedrez no se pueden poblar los territorios. Hay que buscar las fuentes de sostenibilidad para propiciar los crecimientos que faciliten el progreso. Entonces podría haber equilibrio en el ordenamiento territorial, no antes. Porque esto, se me antoja, se asemeja a la restauración física de inmuebles.

Para qué destino y/o uso final sería restaurado determinado edificio si los tiempos cambiaron tanto entre mediados del siglo pasado y el presente. No tendría sentido lógico restaurar, por ejemplo, el que fuera el Teatro Agua y Luz (Feria de la Paz, 1955) ya que sin turismo nocturno y seguridad ciudadana, aparte del alto costo de dicha restauración, no habría a quienes ofrecer el inmueble para un uso que lo recupere de su lamentable abandono. La sola contemplación podría hacer más daño que los usos intensos y/o el abandono. Pero el Agua y Luz es parte de un conjunto que ahora se llama Centro de los Héroes de Constanza, Maimón y Estero Hondo y ya una vez se hizo un concurso, cuyos ganadores han sido burlados por el ADN al no ejecutar el proyecto. Pasó el tiempo y vino el Metro, y "La Feria" ha seguido siendo pasto del desorden organizado.

Esas pequeñas cosas, de solucionarse, contribuirían al mejoramiento de lo urbano, no ya tanto del reordenamiento, pero si del comportamiento. Y quizás luego nos podremos ocupar del ruido en la ciudad y así, sucesivamente, poco a poco, ir enfrentando problemas a los que nos hemos acostumbrado como manera de vivir, forzosamente, imponiéndose la ley de los vivos, no de los juicios y las lógicas.