"El grito del tambor", la última novela de Emilia Pereyra
Con anterioridad publicó "El crimen verde", "Cóctel con Frenesí" y "Cenizas del querer"
SANTO DOMINGO. Recientemente la periodista y escritora Emilia Pereyra puso en circulación su última novela titulada "El Grito del Tambor", una recreación del asalto de Francis Drake a la ciudad de Santo Domingo en enero de 1586.
"Soy la protectora de mi tiempo: lo esencial para un escritor es la determinación y la disciplina", exclama la novelista.
Dejó de escribir un diario íntimo cuando descubrió que tenía lectores. Y gracias a ese incidente de su niñez, Emilia Pereyra (Azua, 1963) se sumergió en la escritura de ficción.
Desde entonces, como una orfebre, ha creado un cuerpo literario en el que cada pieza se distingue de la otra, y solo se asemejan en una marcada denuncia de la injusticia.
Pereyra, que ha ejercido como periodista y recientemente viceministra de Educación, acaba de publicar con Alfaguara la novela histórica "El grito del tambor".
Entre cafés, con cortesía y sonriente, la escritora se declara una protectora de su tiempo. Su compromiso es con su literatura, porque entiende que el ruido exterior podría alejarla de la catarsis que supone para ella la escritura.
Cuenta además en su obra vital con otras tres novelas: "El crimen verde", "Cóctel con Frenesí" y "Cenizas del querer" (finalista del Premio Planeta 1998), y un volumen de sus cuentos, "El inapelable designio de Dios".
¿Qué tiempo te tomó escribir esta novela?
Escribirla me tomó como un año, pero pensarla me tomó unos cinco años, probablemente. Yo no preciso exactamente el momento en que comencé a pensar en la novela, pero sé que hace seis o siete años. La escribí de 2009 ó 2010, de manera que ya tiene un tiempecito escrita.
La mayoría de los escritores dice que escribir novela histórica es un gran desafío ¿cómo manejas el reto del lenguaje de la época?
Esa fue la parte más complicada, realmente, porque como vivimos en una época moderna en la actualidad, pues ese es el lenguaje que utilizamos, el propio de este tiempo. Pero la novela tenía que reflejar en el lenguaje, el espíritu de la época y lo primero que hice fue también comenzar a leer literatura del siglo XVI para apropiarme un poco del modo de decir para construir las oraciones y también los diálogos, y busqué también mucho conocimiento en los diccionarios antiguo, para no perderme, porque es muy fácil perderse, confundirse en el lenguaje actual y el lenguaje del pasado. Y esa fue la parte más compleja y luego que yo tenía ese trabajo del lenguaje encaminado, le pedí a María José Rincón, que es una lingüista española, una estudiosa de la lengua, que por favor me le echara una ojeada al texto, y fue muy bueno porque discutimos algunos puntos y yo creo que pude salir adelante con el tema del lenguaje. Era un desafío para mí manejar el tono del lenguaje de la época y que se comprendiera en estos tiempos.
¿Cómo hiciste para darle credibilidad a Francis Drake como personaje en tu novela?
De él cuando comencé pensé que no iba a encontrar mucha información, pero a medida que me adentraba en la investigación fueron apareciendo elementos que me conformaron su carácter y el perfil que aparece en la novela. Él dejó su huella en muchos lugares, porque estuvo en muchos sitios y también se ha escrito mucho de él. Hay biografías de él, unas más completas que otras. Entonces yo leí mucho sobre él y creo que pude completar en su perfil lo que no me dijeron los libros. Tuve que intuirlo, tomando en cuenta toda la información que yo tenía y lo que había sucedido en su vida. Entonces eso te permite un poco salpicar con la imaginación lo que no te dan los libros.
Esta es tu tercera novela...
No, esta es la cuarta novela publicada y hay dos inéditas. Hay una inédita que la escribí en medio de esta. Es una historia interesante. Cuando yo tenía cuatro capítulos de El grito del tambor. Una mañana me senté a escribir y lo que me salió fue otra cosa. Esa novela se titula "Oh Dios" y es una historia contemporánea. Espero que se publique pronto, el año que viene. Y la otra es una novela que está ahí desde hace un tiempo, ahora quiero retomarla. Tal vez yo la edite un poco porque me parece muy larga. Tiene que ver con los medios de comunicación, con el mundo que yo he vivido.
¿Por qué las has guardado, crees que los escritos deben madurar con el tiempo?
Yo he aprendido que los escritos deben madurar. Yo ahora soy menos osada, en el sentido de que no me interesa publicar a cada rato. No soy una persona que publica continuamente. Con los años uno se da cuenta de que lo importante no es publicar continuamente, sino que lo que publique sea bueno, tenga calidad. No tiene sentido hacer un festival de publicaciones. Ahora, también hay autores muy prolíficos, muy buenos, que tienen una obra copiosa y coherente.
Yo pienso que si Dios me da vida yo voy a ser una autora copiosa, porque yo tengo muchos temas por escribir. Si Dios me da fuerza, lo voy a hacer.
Y hablando de fuerzas ¿cómo haces con el tiempo para escribir si el trabajo le quita mucho tiempo a la escritura?
Ha sido una lucha constante, porque como tú sabes, yo nunca he tenido un trabajo fácil. Todos mis trabajos han sido desafiantes y con mucho quehacer, eso ha sido una gran carga laboral y de tensión.
Lo interesante del caso es que yo siempre he encontrado el tiempo para escribir y cuando yo tengo un tema, ese tema busca su tiempo y ese tiempo de alguna manera aparece, sea de madrugada, sábado o domingo, fiesta de guardar, o sea, el tema se me impone y yo lo voy desarrollando conforme a mi situación y a mis posibilidades. Yo creo que lo esencial ahí, más que nada, es la determinación y la disciplina. Tú sabes que comenzaste algo y que debes terminarlo. No tiene que ser ahora mismo. Y no dejar que el proyecto muera y termine en el olvido. En el caso mío, cuando yo tengo un tema soy la protectora de mi tiempo y me las arreglo para terminarlas.
Con El crimen verde ¿escribiste en medio de una "fiebre" o te tomaste tu tiempo para escribirla?
Fue una experiencia muy diferente a las otras. Parece que las novelas son como los hijos, dicen las madres que han tenido varios hijos. Porque me doy cuenta de que cada libro surge de un modo distinto. Esa novela fue fruto de una "fiebre" extendida que me sentó totalmente. La escribí en cuestión de tres o cuatro meses. Y yo recuerdo que mi niño estaba pequeño, y era un niño que pedía leche. Y yo recuerdo que yo llegaba del periódico Última Hora a trabajar y solo me paraba a prepararle la leche al niño cuando la pedía y luego me sentaba de nuevo. Me pasé varios meses en esa catarsis y la novela salió con una rapidez muy grande.
En el caso de El grito del tambor surge la idea pero yo me tuve que tomar varios años leyendo y apropiándome de toda la información de todo el espíritu de la época. Los temas contemporáneos son más fáciles, porque tú ya estás en el entorno.
Cada proyecto literario es distinto. Si siempre fuera igual fuera aburrido.
¿Te perdió el cuento ya?
No, no me ha perdido (risas). Hay un libro de cuentos que se publicó y yo tengo en proyecto otro libro de cuentos.
El año pasado escribí un cuento. Fue lo único que hice en términos literarios, porque el trabajo que he estado teniendo ha sido muy absorbente, pero tengo el proyecto de escribir otro libro. Los cuentos van surgiendo, los voy escribiendo, acopiando y al cabo de un tiempo hay un libro de cuentos que se ha ido escribiendo poco a poco y quizás ahora entre una novela y otra yo me anime a escribir unos cuentecitos que tengo por ahí.
Tu cuento Zapatos de espuma, de su libro El inapelable designio de Dios, deja una sensación de haberse una transportado a un mundo onírico. Creo que es el mejor de ese volumen ¿Qué crees tú?
Es un cuento totalmente onírico. Yo me soñé todo eso y yo recuerdo que yo me desperté y me senté en la computadora a las seis de la mañana y el cuento salió de una vez, porque yo salía del sueño y sabía que tenía que escribirlo. Prácticamente no le corregí nada. A mí también ese cuento me toca mucho, mucho.
El inapelable designio de Dios es una recopilación de todos mis cuentos, desde que comencé a escribir hasta el más reciente.
A propósito, ¿cómo comenzó tu relación con la literatura?
Yo escribía un pequeño diario, un cuadernito con llave y candado que me había regalado mi mamá. Yo escribía y guardaba aquello con mucho celo, y entonces me enteré de que el diario era leído por otra persona. Cuando yo lo supe, porque me dijo algo, yo me sentí tan desazonada, invadida en mi intimidad, lastimada, que yo me dije que no volvería a escribir un diario porque eso no puede ser. Porque si yo tengo un diario es para desahogarme, para mi uso exclusivo. Me di cuenta que era un riesgo tenerlo. Saber qué escribe otro para su intimidad es muy tentador. Por eso me volqué en la ficción.
¿Y qué pasó con el diario?
No recuerdo. ¡Probablemente lo destruí al darme cuenta de que tenía lectores! (risas). Yo ahora lo veo como algo normal.
¿Lees hoy literatura íntima como diarios o correspondencia de escritores famosos?
Yo he leído muchos diarios. De hecho, hay un diario que para mí fue muy importante en mi adolescencia, El diario de Ana Frank, me cayó en las manos en el colegio de monjas donde yo estudiaba. Y fue muy inspirador, y después hay otros diarios de escritores, donde ellos reflejan su reflexión sobre la literatura y su mundo íntimo. Lo que pasa es que ellos no lo hicieron para que eso sea publicado o leído por otros. Eso me parece una barbaridad. Ahora todo se comercia. No hay privacidad. No se entiende que hay un mundo íntimo que debe pertenecerte.
La historia, por lo general, la cuentan los vencedores. No es usual ver héroes negros en nuestra literatura ¿qué te llevó a dar rol protagónico a una esclava en tu nueva novela?
Realmente, los lectores te dan una versión...pero ahora que me detengo a reflexionarlo -no era algo que haya verbalizado- pero yo entendía que la presencia esclava era importante y yo quise tomar en cuenta esa parte de la población, y cuando pensé en un personaje femenino pensé en una mujer esclava, que simboliza, el arrojo, la rebeldía de una mujer que no estaba supuesta a hacer nada de eso. Creo que en mi subconsciente estaba eso.
Por último, un consejo para escritores y escritoras jóvenes...
Que no se dejen vencer por el ruido. Son pocas las personas que han logrado tener un pensamiento trascendente. Pensamos todo el tiempo, porque la voz interior no calla, pero también pensamos en lo nimio, en pequeñeces, y en esos dime y diretes se nos va el tiempo.
Un escritor debe escribir mucho, pensar en qué tipo de mundo quiere y asumir un compromiso consigo mismo.
En mi caso pueden pasar meses y hasta años sin que veas una foto mía en el periódico estando en una actividad.
Un escritor tiene que impedir que lo boicoteen con la vocinglería, con el ruido. El que tiene una vocación debe tener claro lo que quiere.
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