Parar a tiempo
Carolina y Jesenia -nombres ficticios- tomaron la decisión de parar a tiempo la violencia de todo tipo a que con frecuencia las sometían sus parejas. Se convencieron de que el "amor no quita conocimiento" y de que por sus vidas y las de sus hijos no podían dejarse dominar por sus miedos, y que estaban obligadas a enfrentar con carácter su situación.
Aunque Jesenia logró superar hace más de tres años la violencia a la que la sometía su pareja, Carolina sobrevivió a esos episodios hace ya más de 18 años. En el tiempo en que decidió solicitar la intervención de las autoridades, el país no contaba con leyes fuertes para protegerla de su estado de vulnerabilidad y los funcionarios preparados para prestar auxilio a las víctimas de la
En los destacamentos policiales no le tomaban la denuncia y en el Ministerio Público la persona que la atendió por primera vez le preguntó: "¿Qué usted le hizo a su esposo para que la golpeara de esa manera"?
A principio de los años 90 no existían órdenes de alejamiento contra el agresor, las que se contemplan después de 1997 con La ley 24-97. Es decir, que después de tener el valor de poner la denuncia de los abusos de su pareja y enfrentarse con ésta cara a cara en la Fiscalía, Carolina debía salir del Ministerio Público y llegar a su residencia junto al hombre que la golpeaba frente a sus hijos a pesar de los riesgos que esto conllevaba.
Todos la culpaban
Carolina se juntó con José a final de los años 80, cuando ella tenía 15 años y él 20, tiempo en el que gran parte de la sociedad dominicana consideraba un atrevimiento por parte de la mujer tomar iniciativas propias, sobre todo eran muchos los hombres que veían los visos de autodeterminación femenina como una manera de querer "gobernarse ella y gobernarlos".
La joven pareja abandonó sus estudios para irse a vivir a un cuartico inseguro y desprovisto de los más importantes ajuares.
Carolina llegó sólo al quinto curso de primaria y José tampoco avanzó mucho porque abandonó la escuela mucho antes que ella, sin haber concluido el nivel inicial, para trabajar como obrero de la construcción.
Ella cuenta que los primeros maltratos empezaron con los reproches a gritos, a lo que se le sumó el "tú no sirves para nada" y finalmente las amenazas de golpes que más tarde se convirtieron en realidad.
Ya con tres niños a quienes alimentar, lo que cobraba José pegando blocks rendía menos cada día, razón por la cual Carolina se decidió a trabajar fuera del hogar y cooperar así con los gastos de la familia, idea que en vez de ser bien acogida por José debido a la extrema pobreza en que vivían, fue tomada como una ofensa y lo puso más agresivo.
Aunque Carolina a veces casi lo convencía de que si él aportaba dos pesos y ella uno podían salir a camino y tendrían un futuro más próspero, la opinión de los vecinos que se inmiscuían en el conflicto, y la de los propios familiares, que la acusaban de rebelde frente a su esposo, eran regularmente más convincentes que los argumentos de ella.
"Mami, si papi te vuelve a dar, le voy a dar con este cuchillo"
La certeza de que debía emanciparse sin importar los riesgos, porque de lo contrario no habría oportunidades para ella ni para los suyos, le llegó una mañana a Carolina con la reacción de su hijo mayor, que para entonces sólo tenía seis años.
"Mami, si papi te vuelve a dar, le voy a dar con este cuchillo", esta fue la frase que escuchó de su hijo, quien tomó un cuchillo de mesa para manifestar a su madre la rabia que le causaba el maltrato que ella recibía.
Esas palabras le quedaron grabadas y fueron las que le dieron valor para enfrentar la situación y a la persona que la recibió en la Fiscalía, que le insinuó que había provocado la ira de su esposo para que la golpeara de la manera en que llegó al Ministerio Público.
"Imagínese que es su madre o una hermana que llegó aquí golpeada ¿la recibiría de esa misma manera?" Con esta reacción de indignación, el representante de la Fiscalía se decidió a atenderla y enseguida hizo los trámites para citar a José, a quien le advirtió que debía controlar su violencia porque de lo contrario le iba a ir muy mal, debido a que "esta mujer (Carolina) está decidida a joderlo y le puede ir muy mal".
"La mujer no es gente"
"Pancha plancha con la plancha", nunca Pancho plancha. "Mamá me mima y papá trabaja", estas son dos de muchas frases que todos leímos o continuamos leyendo en algunos libros de texto, pero la realidad es que mamá también trabaja y papá puede mimar también, dice el psicólogo Puro Blanco.
"Son pájaros malos que acaban con tu dinero"; "Chancleta no es calzado, batata no es bastimentos, burro no es montura y mujer no es gente". El primero es el estribillo de uno de los merengues de calle más populares y el segundo, dice Blanco, es la copla antes de bailar los palos en la región Sur del país.
Blanco indica que es imprescindible que la sociedad dominicana revise las definiciones culturales de la masculinidad y que el Estado empiece ya a implementar políticas públicas de prevención para eliminar o disminuir los factores de riesgo que promueven la cultura de violencia contra la mujer, con inversión en la educación de género para la vida familiar, desde la infancia y en el noviazgo.
Entiende que el Estado dominicano no invierte en la prevención, que es educar a la población, sensibilizarla y crearle conciencia frente a la violencia machista.
Implementar a tiempo medidas que cambien la mentalidad de la población sobre la condición de la mujer en la sociedad debe ser también un compromiso de todos, de las iglesias, grupos barriales y gremiales, explica Blanco, terapeuta pionero en trabajar con los hombres maltratadores.
Otra sugerencia de Blanco es que al Ministerio de la Mujer se le llame Ministerio de la Familia, con grupos capacitados que lo dirijan, porque el hombre es también parte de ese importante núcleo de la sociedad.
Insiste en que si no se trabaja en cambiar la mentalidad del dominicano desde la infancia y el noviazgo, las cifras de los feminicidios continuarán en aumento y el ciudadano perderá totalmente la sensibilidad ante el dolor ajeno frente a tantos casos de asesinatos de mujeres. Sugiere que se facilite el acceso de la población a la consulta psiquiátrica y psicológica, porque las personas de escasos recursos tienen pocas posibilidades de acceder a esos profesionales de la salud mental, lo que deja a gran parte de los dominicanos sin asistencia ante un problema con solución y que puede degenerar en tragedias familiares.
El amor no quita conocimiento
Rafael "nunca dejó de ser caballero", pero los celos eran tan asfixiantes que Jesenia no tenía oportunidad de sosiego ni siquiera cuando dormía. Él la vigilaba incluso cuando ella estaba en la profundidad del sueño y la despertaba reprochándole que "con quien soñaba", si en algún momento notaba que emitía algún gemido que le parecía extraño e incluso cabeceaba.
La joven pareja estuvo casada durante ocho años, tiempo en el que procrearon a una niña. Rafael se le aparecía en los lugares de sorpresa. Cuando ella salía de su trabajo ya él estaba frente a la empresa esperándola sin avisarle, para ir en su vehículo detrás del de ella.
Para evitar discusiones que luego terminaban en agresiones físicas, Jesenia se veía obligada a borrar los números de las llamadas que recibía de cualquier hombre con el que ella tuviera algunas relaciones de trabajo o familiares que él no conociera.
La zozobra en que vivía la llevó a determinar que las cosas no mejorarían, sino todo lo contrario, porque eran frecuentes las discusiones que muchas veces terminaban en golpes que se propinaban ambos y en los que él llevaba las de ganar.
El incidente que motivó a Jesenia a denunciar a Rafael ocurrió el día que él la persiguió en su vehículo y en el semáforo de la Leopoldo Navarro casi esquina 27 de Febrero se detuvo y le lanzó una trompada al cristal del lado del conductor del vehículo. En ese momento, ella llamó a un Amet que se encontraba cerca para que detuviera a su agresor, lo que hizo que Rafael volviera a su carro, pero continuó su persecución.
Jesenia notó que él no desistía y optó por entrar al Palacio de la Policía y allí también la siguió Rafael sin importarle que ahí pudieran arrestarlo, como sucedió finalmente. Luego de este episodio, ella pidió el divorcio.
"El amor no quita conocimiento, la persecución y los golpes me hicieron reaccionar", dice.
A pocos meses de estar divorciados, la obsesión de Rafael por Jesenia no desaparecía y un 2 de enero acordaron que él debía llevarle la niña a Plaza Central, en la avenida 27 de Febrero, y cuando ella salió al parqueo a recogerla, él la llevó a la fuerza a su vehículo, donde no estaba su hija, la golpeó salvajemente con el traba volante y con cualquier otro objeto que estaba a su alcance, además de amenazarla de que la "cortaría en pedacitos".
Le preguntaba con violencia que con quién estaba saliendo, porque él pasaba por su casa y su vehículo estaba estacionado en la marquesina.
Después de recorrer varias horas por diferentes lugares de la ciudad con Jesenia en el vehículo secuestrada, afortunadamente la dejó en su casa y la amenazó que si contaba lo sucedido a su madre la mataría como le había dicho y le enviaría sus restos a su familia en una funda negra.
A pesar de las súplicas de los parientes de ambos de que no lo denunciara nuevamente, porque alegaban que era el padre de su hija, Jesenia no se dejó convencer y se querelló contra él por segunda vez en la Unidad de Atención y Prevención de la Violencia, en la avenida Rómulo Betancourt, en Bella Vista. Rafael permaneció detenido cinco días y fue dejado en libertad bajo fianza.
Se le impuso presentación periódica ante la Fiscalía y asistir a consulta psicológica. Jesenia dice que no cumplió ninguna de las medidas y que las autoridades tampoco le dieron seguimiento. "El Ministerio Público y los jueces de Atención Permanente fueron muy complacientes y los familiares de Rafael buscaron dinero de donde no tenían para que lo dejaran en libertad".
También se lamentó de que "nuestra sociedad te revictimiza. Mi familia me decía: ‘No metas preso a ese hombre, que es el padre de tu hija, luego tú vas a cargar con eso'. Yo les respondía que a ellos no les iba a doler más que a mí lo que mi hija fuera a reclamarme, pero iba ser peor que él me matara", explica.
Recuerda que era casi un complot contra ella. Los padres de Rafael "me echaban en cara que habían gastado lo que no tenían para sacarlo de la cárcel e insistían que retirara la querella porque le afectaba su historial y no podría viajar. Me aseguraban que iban a hacer hasta lo imposible para evitar que se me acercara". A pesar de las súplicas, Jesenia nunca retiró la querella.
"Tuvo que pasar varios episodios porque una siempre tiene la esperanza de que las cosas van a cambiar. El agresor siempre te dice: ‘Yo no lo vuelvo hacer'. Y como tienes tus sentimientos, tú crees en esa persona, pero llega un tiempo en que, cónchale, tú me has dicho que vas a cambiar y cada vez que vuelves a hacerlo lo haces peor".
Ya después de tres años de estar divorciados sólo hablan lo necesario por la hija que tienen en común. Jesenia dice no tener miedo porque cada quien ha hecho su vida independientemente del otro.
"No te tengo miedo"
Antes de que su hijo tomara el cuchillo de mesa y le dijera que le iba dar con él a su padre, Carolina dice que pensaba dejar todo como estaba y no enfrentar a José por miedo.
"Yo intenté dejarlo todo igual por el miedo, intenté quedarme callada. En todo ese proceso no me sentía bien. Estaba asustada, nerviosa y los vecinos no me ayudaban. Me decían que dejara de ser rebelde, que los hombres son así, que no les gusta que los reten, y que nosotras las mujeres nos buscamos las cosas", indica.
Cuando salieron de la Fiscalía con destino a su casa, aunque se moría de miedo, dice que no se lo demostró. Le advirtió: "Esto se acabó aquí, tú eres el que sabe, yo no te tengo miedo, o somos una pareja y hay diálogo o terminamos aquí, y le recogí su ropa para que se largara".
José terminó de recoger sus cosas y se fue a vivir con su madre. No duró una semana cuando fue a visitar a Carolina y a sus hijos. En ese momento, ella estaba casi lista para asistir a un taller del trabajo y le dijo que si él quería que les preparara algo a los niños. Se fue de la casa con mucho miedo y no pudo concentrarse en el taller por temor a que José les hiciera algo a los muchachos en venganza.
Llegó un momento en que se cuestionó por haberlo dejado solo con sus vástagos, pero cuando retornó se encontró con la sorpresa de que les había cocinado un locrio de picantina y había peinado a una de las niñas y los bañó a todos, a pesar de que él nunca había colaborado en los quehaceres del hogar.
Carolina, que ahora tiene 39 años, dice que en su lugar de trabajo impartían talleres sobre violencia intrafamiliar y que eso la ayudó a sobrellevar la situación de su esposo, a quien convenció a que asistiera a unos cuantos. José entendió que ella no aspiraba "a llevar sus pantalones" en el hogar, sino a formar una pareja que se respetara y que se ayudara mutuamente en todo, incluso en lo financiero.
Fue difícil convencer a Carolina para que hablara de esa parte de su historia con Diariolibre.com, y con lágrimas en los ojos y nerviosa, afirma que incluso pudo convencer a José de que continuaran los estudios y concluyeron los dos, en tanda de la noche, el bachillerato, junto a dos de sus hijos.
Por la situación económica, José les dijo que continuaran ellos la universidad y que él la iniciaría luego cuando sus posibilidades económicas mejoraran. Este año Carolina se graduará de psicóloga clínica junto a sus dos hijos mayores, que optaron por otras carreras.
Reconocerse como víctima
El 80% de las mujeres asesinadas por su pareja en los últimos cinco años no denunció a sus agresores, según Roxana Reyes, procuradora para Asuntos de la Mujer, y explica que al analizar esa estadística determinaron que las víctimas no se reconocieron en ningún momento como tales y que la esperanza que tenían de que su agresor cambiaría, sin solicitar ayuda, las llevó a asumir una actitud pasiva.
"Cuando profundizamos identificamos dos variables importantes: en primer lugar cuestiones inherentes a la víctima que no podemos controlar, como el hecho de que ellas no se identifican o no se reconocen como víctimas; minimizan el problema, creen que él va a cambiar y que esto se va a resolver dejándolo así. No entienden que el no denunciar es una línea muy mínima entre la vida y la muerte", expuso Reyes.
Sostiene, asimismo, que un buen modelo de atención a las víctimas de la violencia requiere de personas que no revictimicen a los afectados y de un sistema que no sea burocrático en los procesos.
Reyes trató el tema al presentar en junio pasado el nuevo modelo de gestión de las 14 unidades de atención a las víctimas de violencia de género, intrafamiliar y delitos sexuales, que están distribuidas en todo el país.
En la actividad, la coordinadora residente del sistema de Naciones Unidas y representante del Fondo de Población de la ONU (UNFPA), Valerie Julliand, sostuvo que dentro de la estrategia para los próximos cinco años, uno de los ejes principales está dedicado completamente al empoderamiento de los derechos de las mujeres, donde figura el tema de la violencia.
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