La esperanza fomenta ilusiones
La idea de que una infusión de esperanza puede hacer una gran diferencia en la vida de las personas en pobreza extrema suena como algo que soñaron algunos activistas bien intencionados o un político de retórica demagógica. Sin embargo, este fue el tema central de una conferencia en la Universidad de Harvard, el 3 de mayo, dictada por Esther Duflo, una economista del Instituto de Tecnología de Massachusetts conocida por su análisis de la pobreza basado en datos. Duflo argumenta que los efectos de algunos programas contra la pobreza van más allá del impacto directo de los recursos que proveen. Estos programas hacen también que los muy pobres tengan esperanzas de algo más que la mera supervivencia.
Ella y sus colegas evaluaron un programa en el estado indio de Bengala Occidental, donde BRAC, una institución de microfinanzas de Bangladesh, trabajó con personas que vivían en pobreza extrema. Se consideraba que ellos no podrían manejar las exigencias de pagar un préstamo. Por el contrario, BRAC le dio a cada uno de ellos un pequeño activo productivo - una vaca, un par de chivos o algunas gallinas. También les proveyó con un pequeño estipendio para reducir la tentación de comerse o vender el activo de inmediato, al igual que una sesión de capacitación semanal para enseñarles cómo cuidar los animales y administrar su hogar. BRAC tenía la esperanza de que hubiera un pequeño aumento del ingreso familiar con la venta de los productos de los animales de granja provistos, y que las personas se harían más capaces de administrar sus finanzas.
Los resultados fueron mucho más dramáticos. Mucho después de que concluyera la ayuda económica y el asesoramiento, las familias de aquellas personas que fueron escogidas al azar por el programa de BRAC estaban comiendo un 15% más, ganando 20% más cada mes y saltando menos comidas que las personas de otros grupos de comparación. También estaban ahorrando mucho. Los efectos fueron tan grandes y persistentes que no se podrían atribuir solo a los efectos directos de las donaciones: las personas no podían haber vendido tanta leche, huevos o carne para explicar el aumento de los ingresos. Ni tampoco sencillamente vendieron los activos (aunque algunos si lo hicieron).
De manera que ¿cómo se explican estos resultados? Una pista fue el hecho de que los beneficiarios trabajaron 28% más horas, en su mayoría en actividades que no estaban directamente relacionadas con los activos que recibieron. Duflo y sus coautores encontraron también que la salud mental de los beneficiarios mejoró dramáticamente: el programa redujo drásticamente el nivel de depresión. Argumenta ella que este programa les ofreció a estas personas en pobreza extrema la capacidad de pensar en algo más que la supervivencia. Al igual que encontraron más trabajo en actividades que ya existían, como trabajos agrícolas, empezaron a explorar otras fuentes de trabajo. Considera Duflo que la ausencia de esperanza había ayudado a mantener a estas personas en la penuria; BRAC les inyectó una dosis de optimismo.
Duflo está construyendo sobre una vieja idea. Los economistas del desarrollo por mucho tiempo han conjeturado que algunas personas muy pobres podrían permanecer atrapados en la pobreza debido a que aun las inversiones más grandes que logran hacer, ya sea comiendo unas cuantas calorías más o trabajando un poco más fuertemente en sus minúsculos negocios, son demasiado pequeños para que hagan la diferencia. De manera que el salir de la pobreza parece requerir de un salto cuántico - muchos más alimentos, una máquina moderna, o un empleado que atienda el negocio. El resultado es que con frecuencia ni siquiera hacen las pequeñas inversiones que pueden: usar un poco más de fertilizante, estudiar un poco más, o ahorrar un poquito.
Esta desesperación se manifiesta de muchas maneras. Una es una especie de conservatismo patológico que hace que las personas se abstengan de realizar cosas factibles con potencial de grandes beneficios por miedo a perder lo poco que tienen. Por ejemplo, las personas pobres permanecen en aldeas afectadas por la sequía cuando la ciudad está a solo media hora en autobús. Se hizo un experimento en el área rural de Bangladesh dando a los hombres el valor del pasaje del autobús a Dhaka al principio de la temporada de poca actividad, el período entre la siembra y la cosecha, cuando hay muy poco que hacer. La oferta del pasaje del autobús, una cantidad que la mayoría de los hombres pudo haber ahorrado para pagarlo ellos mismos, resultó en un aumento de 22% de la probabilidad de migración. El dinero que los migrantes remesaron a sus familias hizo que el consumo se disparara. Habiendo experimentado un aumento de US$100 per cápita en el consumo durante ese período a consecuencia del pago de la tarifa del autobús de US$8, hizo que la mitad de los que recibieron el pasaje migrara el próximo año, esta vez sin que les fuera regalado el pasaje.
En ocasiones las personas piensan que están atrapados en la pobreza cuando no lo están. Encuestas en muchos países muestran que padres pobres con frecuencia creen que unos años de escolaridad no tienen prácticamente ningún beneficio; la educación solo es valiosa si se completa el bachillerato. De manera que si no pueden estar seguros de que sus hijos pueden completar la escolaridad, tienden a mantenerlos fuera de las escuelas. Y si solo pueden pagar para que uno de los hijos complete la escuela, con frecuencia solo envían a la escuela al que consideran es más inteligente. Sin embargo, los economistas han encontrado que cada año de escolaridad le agrega aproximadamente a la persona una cantidad similar en su poder adquisitivo: mientras más educación, mejor. Además, es muy probable que los padres no juzguen correctamente has habilidades de sus hijos. Al solo invertir en la educación del hijo que consideran más inteligente, se aseguran de que sus otros hijos nunca sepan en qué son buenos. Estos niños asumen que tienen poco potencial y viven de acuerdo a las expectativas de sus padres.
El combustible de la autoestima
Cosas sorprendentes con frecuencia sirven como un estimulo a la esperanza. En la India una ley reservaba para las mujeres la posición de presidente de consejo de las aldeas de una tercera parte de las mismas. Dando seguimiento varios años más tarde, Duflo encontró un impacto directo en la educación de las niñas. Anteriormente los padres y los niños tenían una educación y expectativas de carreras para las hembras mucho más modesta que para los varones. Se esperaba que las niñas recibieran menos educación, se quedaran en casa y se ocuparan de los quehaceres domésticos. Pero unos años de exposición a una jefa de aldea, condujo a una increíble convergencia entre las metas para los hijos y las hijas Su existencia misma parece haber expandido la sensación de las niñas de alcanzar otra vida más allá de la rutina doméstica. Una consecuencia inesperada, quizás, pero una de grandes esperanzas.
© 2012 The Economist Newspaper Limited. All rights reserved. De The Economist, traducido por Diario Libre y publicado bajo licencia. El artículo original en inglés puede ser encontrado en www.economist.com
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