La Barcelona de Picasso

La cervecería Los Cuatro Gatos, una parada obligada en la carta de ruta de la Barcelona de Picasso.

Vista interior de Los Cuatro Gatos. Allí se sentaron, en su momento, artistas como Rubén Darío, Ramón Casas, Gaudí… y un Picasso ilusionado con la idea de poder ofrecer su Arte al mundo.

Els Quatre Gats, una construcción modernista, Puede que “cuatro gatos” sean pocos y que, sin duda, ésta represente una famosa expresión popular (que dicha en catalán o en castellano significa lo mismo), pero a esta hora de la tarde, sólo se contemplan algunas mesas vacías. Los demás puestos están ocupados por lectores absortos, por incipientes familias y por grupos de amigos que conversan tras un postre tardío, sentados en los mismos lugares que antaño fueron ocupados por jóvenes ataviados con grandes sombreros de alas, capas y corbatas. Aquí se sentaban artistas como Rubén Darío, Ramón Casas y Gaudí… y un Picasso ilusionado con la idea de poder ofrecer su Arte al mundo.

“Allá (en Barcelona) es donde Después de un café en Els Quatre Gats nos dirigimos al Colegio de Arquitectos de Barcelona. Allí nos aguardaba una de las sorpresas más exclusivas de la Ciudad Condal: 57 metros de hormigón que sirven de lienzo a la única obra de Picasso expuesta al aire libre. Los dibujos calcados en las paredes del edificio están basados en el diseño original que Picasso plasmó sobre papel y que fueron realizados por el artista noruego Carl Nesjar. La obra muestra la estampa de temas populares catalanes, que reafirman la estrecha relación del artista malagueño con la ciudad que le acogió durante casi nueve años de su vida y a la que permaneció ligado hasta sus últimos días.   

“Allá es donde empezó todo… Allá es donde entendí hasta dónde podía llegar”. Así hablaba de esta ciudad Pablo Picasso, que llegó con su familia, contando apenas con catorce años, para instalarse en su nuevo domicilio de la pensión del Paseo de Isabel II, número 4.

En 1896, el profesor José Ruiz Blasco alquiló un espacio en la calle de la Plata, número 4, un lugar que se convirtió en el primer taller de su hijo Pablo, y que éste compartiría posteriormente con su gran amigo Manuel Pallarés. Ahí pintó su primera gran obra,

En 1899, este artista traslada su taller a la calle d’Escudellers Blancs, donde comparte estudio con Santiago Cardona. Un año después, vuelve a reasentarse nuevamente; esta vez, en la Riera de Sant Joan, cerca de La Escuela de Artes y Oficios, en la que su padre trabajó como docente. Esta calle dejó de existir con la construcción de la Vía Layetana.

Recorrer las humildes porterías de algunos de estos lugares evidencia claramente el constante movimiento y el gran tesón del malagueño en su ascenso creativo.

La obra que marcó un antes y un después en la vida artística de Picasso debe su nombre a una de las calles que siguen el rastro de su paso por Barcelona: la calle de Avinyó. André Salmon formaba parte de ese exclusivo grupo de amigos al que Picasso mostró por primera vez su obra revolucionaria. Inspirado en la calle barcelonesa, que en aquel entonces contaba con varios burdeles, André bautizó la obra con el nombre de Dejando atrás la calle de Avinyó dirigimos nuestros pasos hacia el Museo Picasso de Barcelona, que fue construido por expresa voluntad del pintor. Allí nos esperaban más de 3,800 obras amparadas en una bóveda compuesta por cinco palacios góticos que engalanan a la calle Montcada.