El retrato
La fotografía de Leonel Fernández que presidía las oficinas públicas del país llevaba irremisiblemente a pensar en "El retrato de Dorian Gray", la novela de Oscar Wilde, en una versión inversa.
Con el paso de los años, la foto de esa ilusión y sonrisa congeladas en el tiempo producían más desasosiego que otra cosa. De 1996 a 2012 el tiempo no pasó en balde y ese retrato, que en un último impulso colgaron con un "¡Hasta pronto, presidente!" en las vallas de la ciudad, era un inquietante recordatorio de lo que pudo haber cambiado y no cambió.
¿No colgar su retrato sería un gesto banal del Presidente Medina? No, diría un especialista en semiótica: es un mensaje rotundo, más cuando algunos nombramientos han traído tanto desánimo. (Y más si se piensa que "la percepción lo es todo").
Si también aparca la silla-trono, el Presidente apostaría a una nueva filosofía. Esa silla, más que un símbolo de poder, es un anacronismo, una antigualla aparatosa que, sacada de Palacio y trasplantada a una remota provincia para inaugurar una llave, envuelve el acto en una niebla de pretenciosa superioridad. (Sin la silla, hasta los discursos sonarán menos pomposos.)
Una silla, un retrato, luces apagadas, tropecientos generales, escoltas en retiro… aunque parezca improbable, la austeridad no es imposible. Incluso es buena para la salud, el espíritu, la economía, el buen gusto y la educación de los hijos. Y cuando no es una opción, porque no queda más remedio... es lo que toca.
IAizpun@diariolibre.com
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