La banalización como paradigma
Desde hace muchos años la política, como otras esferas de la vida, está influenciada por un fenómeno a escala planetaria en el que lo banal, sustituye lo profundo; lo trivial a la sobriedad y la habilidad se impone a la inteligencia.
Buena parte de la humanidad presenció desde las gradas cómo los banqueros y financistas estadounidenses se despacharon con los recursos de los ahorrantes, mientras otros daban valor en el mercado financiero a las hipotecas basura, al tiempo que la especulación financiera en los precios de los comodities inflaba fortunas de un grupo inescrupulosos. Eso sucedió por muchos años en el país cabeza del mundo, pero solo fue apresado el banquero Bernard Madoff, acusado de fraude y condenado a 150 años de prisión y el decomiso de 17.179 millones de dólares. ¿Fue el señor Madoff el único responsable de que el planeta haya padecido los rigores de una crisis implacable desde hace cinco años? Para hacer eso debió tener más cómplices de su estatura.
En el plano de las creencias religiosas hay innumerables conductas que son una afrenta para la tradición religiosa, no importa su denominación. Pastores farsantes, sacerdotes irreverentes que no solo faltan al voto de fe, sino que desafían la autoridad eclesiástica con una facilidad e irreverencia nunca vistas. Hemos tenido que presenciar a deportistas de alta competición, con extraordinario desempeño, sin embargo se descubre que estaba utilizando estimulantes para mejorar el rendimiento.
De igual manera, la sociedad de hoy está llena de feos espectáculos playeros de música electrónica donde lo que menos se consume es eso, en los que sus participantes llegan hasta el éxtasis con el consumo de drogas, en un esfuerzo de llenar los vacíos de la vida y olvidarse de su existencia y responsabilidades.
En fin, señores, esa distorsión se produce a nivel mundial. Las ideas hace mucho que fueron cambiadas por la palabra hueca, sin sentido y carente de utilidad. Si bien el siglo XXl se caracteriza por un amplio crecimiento y desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación, que coloca al ser humano en capacidad de estar informado de primera mano y ser partícipe de la elaboración de los mensajes, también vivimos una especie de crisis de las ideas.
El liderazgo, no sólo político, en la música, la ciencia, las artes, la religión, en el empresariado, el sindical, deportivo y hasta pensadores se dejan llevar por el individualismo y la autopromoción, antes que el interés colectivo y el trabajo de equipo.
Esa inversión de valores, producto de una sociedad cada día más pendiente del consumo excesivo, es lo que convierte a nuestras poblaciones en simples marionetas, que imitan lo que ven en la televisión y el internet. Y lo que allí se promueve no necesariamente es lo mejor. Creer, como muchos jóvenes al principio de la campaña, que la consigna de "llegó Papá" era una opción real, no debe llevar a confusiones ni espanto. Es la propia sociedad actual que ha procreado la superficialidad a la que he hecho referencia, pero que también nos ha puesto al servicio de indudables transformaciones en el campo de la ciencia y la tecnología.
No dejo de reconocer que desde que se tienen noticias del hombre sobre la tierra, hay caminos distintos de manera que tengamos la libertad de escoger de las opciones. A lo que quiero llamar la atención es que nunca como ahora, el ser humano había estado tan bombardeado por la superficialidad, lo trivial, banal y la pululación de políticos que no sienten la responsabilidad de prepararse.
Estos se creen que la política es una mera diversión, un circo al que acude el público a escuchar las comiquerías de aquel que por habilidad se sentó en el trono de dirigente. De eso, la sociedad tiene la culpa, especialmente el partido que postula al más gracioso, no los competentes.