¿Alguien negó el infierno?

Fugitivo soy de Washington, no de los ejércitos del general glorioso sino de las temperaturas inclementes que como turbonada de fuego azotan gran parte de los Estados Unidos en una anticipación del más allá flamígero antes de que fuese extinguido por sus inventores, los mismos del Dios tronante, irascible, severísimo, implacable. No hay respiro. Cualquiera expira antes de que asome el frescor de los aguaceros que caen con violencia y con la misma rapidez se van para otros lados, hacia el Atlántico cercano que los acoge sin calor alguno.

Vaya felicidad si fuese evasor permanente de la capital poderosa que arde tiempo ha por la rabia y la dureza partidista de la campaña electoral (soportable), y ahora también por la canícula que calcina, que revienta los poros en explosiones de sudor, que atolondra, que corta el resuello y obliga a refugiarse en los interiores refrigerados (insoportable). Me declaro refugiado climático, aspirante impenitente a lo bajo en contraposición a la hipertemia. Porque termocéfalo no figura en mi inventario conductual.

Peor que cuando lo describía para esta misma fecha en 07.11, las temperaturas exageradas se han enseñoreado en miles de millas cuadradas, se precipitan hacia el medio oeste con la intensidad de una pasión; hacen que la sangre hierva en las venas y atropelle corazones, aumenten las visitas a las emergencias de los hospitales y la ocupación en las funerarias. Cunde el desconcierto y el mortal se pregunta acalorado: si este julio es peor que el otro, que el otro de más atrás y de todos los otros desde que se llevan estadísticas, ¿qué nos espera en los próximos años? Para quienes se aferran a la tesis de que el cambio climático es una conspiración o un invento de los aficionados a la literatura de ficción, estas calenturas no son mentales sino que obedecen a un patrón preocupante de deterioro ambiental. Tenemos la facultad de alterarlo todo, incluso la naturaleza. Pena que no mutemos la nuestra, la humana; y con el mismo vigor que lo construimos, destruyamos el mundo de incompresiones, de violencia, de hipocresía y sofocones innecesarios.

Los extremos climáticos estrenan nueva producción. Regresaba a casa antes del am cuando julio relevaba a junio en la tarea de abrasarnos. Se insinuaban unos vientos arteros, irreconciliables con los pronósticos meteorológicos que invariablemente sigo para saber cuántos grados de infierno se añadirán a mi condena cotidiana. Las luces medio dormidas de la calle identificaban unas cuantas ramas esparcidas sobre el asfalto, señal de fuerzas extrañas en los parques generosos que en el Distrito de Columbia se conectan como los anillos de una serpiente verde que se desliza por doquier, y de la cual no estamos a más de diez minutos de caminata. No bien alcancé el refugio hogareño cuando el cielo explotó en una orgía de luz y sonido. Preludio de los artificios de la fecha de independencia, el 4 de julio, los destellos de la tormenta eléctrica iluminaban en carrera de relevos unos nubarrones pesados, tan negros que presagiaban luto. El estrépito de los truenos con exceso de decibeles mantuvo despierta la madrugada incipiente. ¡Tanta electricidad en las alturas de este trozo de Norteamérica, y tan escasa en la República Dominicana distante! Los ruidos no riman con el sueño, y los grandes sueños no se alumbran con relámpagos. Al parecer, la energía que corre por el tendido metálico se fugó hacia los elementos porque en medio de la tempestad me quedé a oscuras tras unos avisos previos del ir y venir de la iluminación casera. Menos mal que la temperatura bajó diez grados de un tirón, un regalo tan inesperado como bienvenido, antídoto contra un seguro desvelo urticante.

Al día siguiente fue el tormento personal de casi el millón de usuarios que amanecimos con los refrigeradores y los aires acondicionados parados por la falta de empuje energético en pleno fragor veraniego. El panorama era desolador. Robles, arces y hayas orgullosos yacían en el suelo, desarraigados por la vesania súbita de la naturaleza y sus fuerzas imprevisibles. Seis personas habían fallecido en el Gran Washington atropelladas por los árboles que amanecieron recostados sobre casas semiderruidas y vehículos estacionados en los espacios urbanos. Mi regreso casi coincide con la rendición a la furia de los vientos de un haya enorme, cuyas ramas más altas cubrieron parte del frente de la residencia mientras el tronco añoso, grueso, cortaba el tránsito en la Edgevale Terrace hasta hace un par de días. Paradójicamente, el verano es temporada de peligro para la extensa vegetación en la capital norteamericana. La frondosidad que alimenta la primavera y se fortalece con los meses calientes genera debilidad. Las hojas y los brotes devienen lastre que deja los árboles con déficit de fortaleza en el campo de batalla contra el embate de los vientos. Tanto verde es una carga de indefensión.

Las brigadas de los trabajos municipales y la compañía de electricidad no daban abasto. Hubo que importar linieros de por lo menos cinco estados diferentes. Recuerdo del verano pasado tormentoso fueron cuatro días sin energía a merced de unos calores punitivos por la ausencia de uno de los inventos más fríamente calculado, el aire acondicionado. Como buen dominicano ahíto de apagones, desperté ese sábado con la idea de aprovisionarme cuanto antes de un generador de emergencia y no perderme la final de la Eurocopa. Ejercicio fútil porque otros ciudadanos más avezados hicieron cola desde temprano y arrasaron con todas las fuentes de corriente eléctrica, hasta con las linternas alimentadas por baterías. Cuando el fracaso amenazaba con robarme las energías internas, me informaron que la electricidad había vuelto. No tuvieron la misma suerte miles de ciudadanos que hasta el inicio de esta semana aún continuaban en la oscuridad y en el infierno climático.

En el corazón agrícola norteamericano late el temor de que se repita la sequía del año pasado que acarreó pérdidas por casi dos mil millones de dólares solo en Oklahoma. El termómetro montó en junio hasta los 40 grados y en julio no hay amagos de que descienda. Con calores tan endiablados, las pacas de heno sufren de combustión espontánea y hay el peligro de que el fuego se extienda por las praderas a las cuales el sol ha robado todo vestigio de humedad y pintado del color de la desolación. La estadounidense Administración Nacional Atmosférica y Oceánica ofreció el dato de que estos primeros seis meses del año han sido los más calientes en toda la historia. Claro, desde que se llevan récords y después de Dante Alighieri. Los relatos caniculares se repiten por todos los rincones norteamericanos. En Las Vegas no juegan con el tiempo y rige el aviso de extremo cuidado con las temperaturas. Con 45 grados a mitad del día, la recomendación oficial aconseja que los trabajos a la intemperie se realicen temprano en la mañana o en la noche. Ya no solo está caliente la situación económica en la Ciudad del Pecado.

Ha sido el año de los incendios salvajes en el oeste domesticado. A finales de junio, la naturaleza se encorajinó en Colorado, apostó a la destrucción y ganó. En vez de lluvia que contribuyera a menguar el vigor de las llamas, las tormentas eléctricas parieron unos vientos sin rumbo que dificultaron el combate contra los incendios forestales que carbonizaron 18,247 acres y 346 hogares, además de forzar la evacuación de 32 mil personas. Los daños han sido históricos, elevados como el calor. Los bomberos y voluntarios no terminaban de cerrar un frente cuando los ventarrones errantes le atizaban llamaradas en lugares inesperados. Naturaleza feroz, hiperbólica, en venganza ciega. En Hawái, por ejemplo, se registra una granizada quizás una vez cada 40 años. En marzo hubo granizos que medían hasta 4.25 pulgadas, algo inimaginable en los tiempos anteriores al agujero en la capa de ozono y de que el calentamiento no fuese sexual sino global.

En el Gran Washington del poder a ambos lados del río Potomac -en una ribera la Casa Blanca y el Congreso, en la otra el Pentágono-, hubo cinco días corridos con temperaturas consistentes en los 35 grados, algo nunca registrado con anterioridad. De no confirmarlo un vídeo, no lo hubiese creído: un avión no pudo despegar del aeropuerto Reagan porque una de las ruedas del tren de aterrizaje se atascó en el asfalto derretido por el calor. Ícaro hubiese tenido menos problemas, ciertamente, porque se le hubiese derretido la cera de las alas sin necesidad de ascender a lo alto y el consiguiente estrellamiento en que se le quemó la vida.

Esta plaga tórrida ha fulminado más de 60 personas. Se aclaró con la pertinencia de la información científica que el Calendario Maya no ha predicho el fin del mundo para este 2012, pero quién quita que haya arribado el final de los veranos amables, con brisas cálidas y no ráfagas fogosas. Con estos tiempos alocadamente ígneos también llegan los extremos de que hablaba. Un huracán tocó tierra en la Florida más temprano que nunca. Otro se formó en el Atlántico mucho antes de lo habitual, pero no por las costas de África occidental sino a la altura de la latitud del Nueva York oriental.

La tormenta que sacudió Washington, DC tiene un nombre: el derecho. Vista está la dulzura del español para proporcionar los nombres con que bautizan a los fenómenos atmosféricos: el Niño, la Niña, tornado y ahora, en contraposición a este último, el derecho, definido como una línea de tormentas eléctricas que se forman a partir de temperaturas elevadas, acompañadas de fuertes vientos y que alcanza su mayor peligrosidad cuando forma una especie de arco. Pues este derecho nació con vocación destructiva en Chicago, se mudó a Indiana con turbonadas de hasta 95 millas por hora -a la velocidad del lanzamiento de un pitcher potente-, y luego golpeó Ohio, Kentucky, Virginia Occidental, Virginia, el Distrito de Columbia y los estados atlánticos con un derechazo de destrucción y muerte.

Estos calores no amainan, más bien arrecian porque la humedad solivianta el llamado índice de calor, siempre varios grados por encima de lo que mide el termómetro. A las grandes ciudades del corredor este, Boston, Nueva York, el Distrito de Columbia, Filadelfia y Baltimore, les aguarda un fin de semana escaldado, con el peligro de que otro derecho tuerza la rutina en que este estío sofocante se ha convertido ya. Por lo pronto, me he enrolado en la escuela de quienes abogan por invocar a Santa Bárbara antes de que truene. Confieso que a mi devoción oportunista le falta aún mucho calor.