Anudando las puntas del país
Nosotros no creemos en casualidades. Mucho menos el Jefe. Lo que a primera vista puede parecer obra del azar, si escarbas un poco, verás que obedece a la acción de los hombres, y no de cualquier clase de hombres, sino de esos que buscan que el país vuelva a la barbarie de la que nos salvó el Ínclito Varón de San Cristóbal. Pero para evitarlo estábamos nosotros, sus fieles guardianes, esos que no dormíamos vigilando para que aquí no vuelva el pasado y sigamos viviendo felices en esta Era de orden, moralidad y progreso.
La verdad es que llevábamos muchos días en esta brega de vigilar las costas sin pegar ojo, y ya no nos servía el café fuerte, ni las conversaciones, ni encender un buen tabaco para espantar por igual al sueño y los mosquitos. Estábamos como esos boxeadores zombies que tiran golpes a todos lados y que terminan por noquear al árbitro, antes de ser ellos mismos tirados a la lona. Porque si algo entorpece la capacidad de pensar es la falta de sueño. Dicen que se puede dejar de comer y beber por semanas, pero que si te pasas más de cinco días sin dormir, terminarás frito como un chicharrón. Y eso es precisamente lo que parecíamos: unos chicharrones barbudos, sucios y armados, con los ojos como platos, y con la lengua tropelosa, y no precisamente por los tragos.
Pero que a nadie le quepa la menor duda: si esos bucaneros que se preparaban para atacarnos en un cayito del norte de Cuba, que creo que se llama Confites, se atreven a intentar un desembarco por la zona que nos había sido asignada, nos encontrarían de pie y despiertos, disparándoles para que aprendan que a los hombres del Jefe no se les puede sorprender dormidos. Lo malo es que en medio de esta bruma que nos copaba el cerebro, y con estos movimientos erráticos que teníamos, podía ser que el primer bucanero que nos llevásemos por delante hubiese sido algún paisano inocente de los que recorren estos sitios olvidados de Dios, haciendo carbón o tirando sus nasas. Eso siempre nos lo advertía el sargento Peralta, el que mandaba en este puesto del Ejército Nacional, que constaba de siete rasos sobre las armas, en un punto perdido de Pedernales.
Y aquí llevábamos días y días, al sol y sereno, bebiendo un agua fangosa, soportando aguaceros, un sol de sentencia, y, como pajaritos, comiendo lo que pica el pollo. A veces hallábamos unas frutas cimarronas, o uno de nosotros volvía con un par de palomas caídas en el lazo, o los más hábiles lograban ensartar con un palo afilado algún pez perdido entre los verdes de la costa. Pero la más de las veces, la comida era como para tirarse a morir, y ya no sabíamos si la mandaba la intendencia o los mismos bucaneros para neutralizarnos. Y aun así, como buenos soldados del Jefe, no habíamos pegado ojo. Faltaba más.
Pero las desgracias nunca llegan solas, y cuando el sargento Peralta fue informado de que se tenían noticias confidenciales de haberse producido un desembarco de armas por el sitio denominado Punta Beata, nos sacó debajo de las matas y los ranchitos que habíamos improvisado, casi a ras de suelo, y nos organizó en formación de combate para salir a "una heroica misión especial". Como si nos dispusiésemos a enfrentar a todo el cuerpo mercenario de bandidos, merodeadores y narcómanos que se alistaba en Cuba para atacarnos, el sargento Peralta se reveló, ¿quién lo diría de un cibaeño cerrero?, como un inspirado poeta de la guerra, como un general en campaña que se apresta a cargar, con su tropa, contra una división de dragones y húsares del enemigo.
"¡Soldados-gritó ante nuestros rostros impasibles por el estrago de la vigilia, el hastío y el hambre- desde ese monte lleno de bejucos y bichos rastreros, os contemplan veinte siglos de Historia!" Y la verdad es que nos estremeció aquello, y sin querer, todos volvimos la cara para ver si entre las matas y los arbustos, era verdad que alguien nos observaba. Luego el raso Hernando, el único de nosotros que sabía leer, nos comentó que eso mismo había dicho el general Napoleón al arengar a sus hombres al pie de las pirámides de Egipto, dejándonos la duda de para que un general tenía necesidad de copiar lo que decía un sargento.
Nos pusimos en marcha, dejando por entre los breñales y los arrecifes, cortantes como navajas, más de un tacón de nuestras botas, algunos sombreros arrebatados por golpes de la brisa y llevados hacia los acantilados y el mar, y sobre todo, las escasas fuerzas con que nuestra escuadra enloquecida por el insomnio se había puesto en marcha. Solo el sentido del deber y la imagen luminosa del Egregio Generalísimo, que a veces vislumbrábamos a caballo por entre las olas, lograba el milagro de mantenernos en pie y seguir avanzando.
Cuando nos acercábamos a Punta Beata, que suponíamos nuestro destino final, el sargento Peralta hizo que se nos cayeran las alas del corazón al revelarnos que ese no era el fin de nuestra marcha, y que las órdenes que tenía de la Superioridad eran las de peinar la zona comprendida entre ese punto y la ensenada de Las Puercas, pasando por los desembarcaderos de Bucán de Bass, Cotinilla, Rancho Terrusio, Trudiyé y Playa Blanca, y luego, por Punta Arenas, Regalado, Puerto Nuevo, El Guanal, Punta San Luís y Playa Inglesa. Por supuesto que nada anormal encontramos, ni rastro de armas ni de los buques de desembarcos de los bucaneros, solo pescadores furtivos que se internaron huyendo en el monte dejando atrás los anzuelos, nasas y hasta los pantalones, y algún que otro salinero, de los que hierven su propia sal directamente del agua de mar, para ahorrarse unos centavos.
Y llegados al final del recorrido, como obedeciendo a una consigna invisible, y sin importarnos un pito las órdenes del sargento Peralta, que mandaba a limpiar los fusiles, caímos rendidos por el espeso cansancio animal que nos aniquilaba. Y se hizo el más hondo silencio a nuestro alrededor, borrándose lentamente, como quien se aleja en punta de pies, el sol inclemente, el rumor de las olas y los chirridos misteriosos del propio monte impenetrable.
Nadie pudo decir luego cuánto dormimos. En eso las opiniones difieren, y como siempre, hubo tantas versiones como rasos declarando ante la junta investigadora de oficiales venidos a esclarecer los hechos. Al menos yo recuerdo que caímos redondos como pollitos, directamente sobre los arrecifes y el diente de perro de las rocas, sin molestarnos en buscar la sombra, sin más fuerza que la necesaria para poder cerrar los ojos y volar hacia regiones inconcebibles de paz y laxitud.
Las horas deben haber pasado sin tregua. En un momento determinado creí ver el rostro congestionado del sargento Peralta que me tomaba por las solapas gritándome insultos y ordenándome cubrir una de las postas. Luego recuerdo haber abierto los ojos y contemplado sobre mí el techo de la noche donde brillaban todas las estrellas conocidas, y un puñado de astros insospechados. Un siglo después, emergiendo otra vez de la nada, escuché a mi derecha al sargento insultando a otros rasos, pateándolos para que se levantaran a cumplir su deber con la Patria y el Generalísimo, llamando a rebato ante el inminente ataque de las huestes invasoras que llegaban a saquear el fruto de nuestro trabajo, a escarnecer nuestras mujeres y a implantar el nefasto sistema del comunismo, que implicaba, entre otros crímenes, prohibir el merengue, declarar la Ley Seca y sacar de la Santa Catedral Primada los restos venerados de Colón para sustituirlos por la momia herética de un tal Lenin.
Puede que durmiésemos, de un tirón, durante más de un día. Es perfectamente posible y nuestro cansancio daba para eso y mucho más. No sé lo que hizo en ese tiempo el sargento Peralta, galvanizado y sostenido en su fanatismo, pero para mí que también terminó por rendirse, a fin de cuentas, no era de palo, sino de carne y hueso, como nosotros. Puede que de no caer una fina llovizna, en medio de la madrugada, todavía estaríamos durmiendo.
Cuando nos levantamos, como cachorros ciegos, atontados y desorientados, molidos por los arrecifes donde nos acomodamos para dormir, nos percatamos, con horror, que alguien se había robado nuestros fusiles y municiones, incluida la pistola del sargento. De esta manera, por una casualidad que no era tal, los que habíamos ido a ocupar armas desembarcadas por el enemigo, terminamos desarmados por los que se suponían nuestros amigos.
La modorra y el sopor del sueño se nos pasaron de un golpe. Ante nuestros ojos vimos desfilar la corte marcial, el encierro en la fortaleza Ozama, el escarnio de quienes no estuvieron a la altura de la confianza del Jefe, las expulsiones deshonrosas de las filas. Unos comenzaron a lamentarse en voz alta, otros clamaron por la protección de sus madrecitas. Yo salí como un borracho, asfixiado y tambaleante hacia una ceja del monte más cercano. Fue entonces que descubrí, colgado de un árbol robusto, el cadáver despatarrado del sargento Peralta, con una media sonrisa en su rostro cenizo y un palmo de lengua afuera.
Por primera vez en mi vida, en la espesura del monte plagado de bejucos, pude ver los ojos de la Historia que observaban en silencio.
Nota: Algunos nombres de los personajes de la serie "La Era" son ficticios, y los sucesos rigurosamente ciertos. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General de la Nación.
Y aquí llevábamos días y días, al sol y sereno, bebiendo un agua fangosa, soportando aguaceros, un sol de sentencia, y, como pajaritos, comiendo lo que pica el pollo. A veces hallábamos unas frutas cimarronas, o uno de nosotros volvía con un par de palomas caídas en el lazo, o los más hábiles lograban ensartar con un palo afilado algún pez perdido entre los verdes de la costa. Pero la más de las veces, la comida era como para tirarse a morir, y ya no sabíamos si la mandaba la intendencia o los mismos bucaneros para neutralizarnos. Y aun así, como buenos soldados del Jefe, no habíamos pegado ojo. Faltaba más.
Pero las desgracias nunca llegan solas, y cuando el sargento Peralta fue informado de que se tenían noticias confidenciales de haberse producido un desembarco de armas por el sitio denominado Punta Beata, nos sacó debajo de las matas y los ranchitos que habíamos improvisado, casi a ras de suelo, y nos organizó en formación de combate para salir a "una heroica misión especial". Como si nos dispusiésemos a enfrentar a todo el cuerpo mercenario de bandidos, merodeadores y narcómanos que se alistaba en Cuba para atacarnos, el sargento Peralta se reveló, ¿quién lo diría de un cibaeño cerrero?, como un inspirado poeta de la guerra, como un general en campaña que se apresta a cargar, con su tropa, contra una división de dragones y húsares del enemigo.
"¡Soldados-gritó ante nuestros rostros impasibles por el estrago de la vigilia, el hastío y el hambre- desde ese monte lleno de bejucos y bichos rastreros, os contemplan veinte siglos de Historia!" Y la verdad es que nos estremeció aquello, y sin querer, todos volvimos la cara para ver si entre las matas y los arbustos, era verdad que alguien nos observaba. Luego el raso Hernando, el único de nosotros que sabía leer, nos comentó que eso mismo había dicho el general Napoleón al arengar a sus hombres al pie de las pirámides de Egipto, dejándonos la duda de para que un general tenía necesidad de copiar lo que decía un sargento.
Nos pusimos en marcha, dejando por entre los breñales y los arrecifes, cortantes como navajas, más de un tacón de nuestras botas, algunos sombreros arrebatados por golpes de la brisa y llevados hacia los acantilados y el mar, y sobre todo, las escasas fuerzas con que nuestra escuadra enloquecida por el insomnio se había puesto en marcha. Solo el sentido del deber y la imagen luminosa del Egregio Generalísimo, que a veces vislumbrábamos a caballo por entre las olas, lograba el milagro de mantenernos en pie y seguir avanzando.
Cuando nos acercábamos a Punta Beata, que suponíamos nuestro destino final, el sargento Peralta hizo que se nos cayeran las alas del corazón al revelarnos que ese no era el fin de nuestra marcha, y que las órdenes que tenía de la Superioridad eran las de peinar la zona comprendida entre ese punto y la ensenada de Las Puercas, pasando por los desembarcaderos de Bucán de Bass, Cotinilla, Rancho Terrusio, Trudiyé y Playa Blanca, y luego, por Punta Arenas, Regalado, Puerto Nuevo, El Guanal, Punta San Luís y Playa Inglesa. Por supuesto que nada anormal encontramos, ni rastro de armas ni de los buques de desembarcos de los bucaneros, solo pescadores furtivos que se internaron huyendo en el monte dejando atrás los anzuelos, nasas y hasta los pantalones, y algún que otro salinero, de los que hierven su propia sal directamente del agua de mar, para ahorrarse unos centavos.
Y llegados al final del recorrido, como obedeciendo a una consigna invisible, y sin importarnos un pito las órdenes del sargento Peralta, que mandaba a limpiar los fusiles, caímos rendidos por el espeso cansancio animal que nos aniquilaba. Y se hizo el más hondo silencio a nuestro alrededor, borrándose lentamente, como quien se aleja en punta de pies, el sol inclemente, el rumor de las olas y los chirridos misteriosos del propio monte impenetrable.
Nadie pudo decir luego cuánto dormimos. En eso las opiniones difieren, y como siempre, hubo tantas versiones como rasos declarando ante la junta investigadora de oficiales venidos a esclarecer los hechos. Al menos yo recuerdo que caímos redondos como pollitos, directamente sobre los arrecifes y el diente de perro de las rocas, sin molestarnos en buscar la sombra, sin más fuerza que la necesaria para poder cerrar los ojos y volar hacia regiones inconcebibles de paz y laxitud.
Las horas deben haber pasado sin tregua. En un momento determinado creí ver el rostro congestionado del sargento Peralta que me tomaba por las solapas gritándome insultos y ordenándome cubrir una de las postas. Luego recuerdo haber abierto los ojos y contemplado sobre mí el techo de la noche donde brillaban todas las estrellas conocidas, y un puñado de astros insospechados. Un siglo después, emergiendo otra vez de la nada, escuché a mi derecha al sargento insultando a otros rasos, pateándolos para que se levantaran a cumplir su deber con la Patria y el Generalísimo, llamando a rebato ante el inminente ataque de las huestes invasoras que llegaban a saquear el fruto de nuestro trabajo, a escarnecer nuestras mujeres y a implantar el nefasto sistema del comunismo, que implicaba, entre otros crímenes, prohibir el merengue, declarar la Ley Seca y sacar de la Santa Catedral Primada los restos venerados de Colón para sustituirlos por la momia herética de un tal Lenin.
Puede que durmiésemos, de un tirón, durante más de un día. Es perfectamente posible y nuestro cansancio daba para eso y mucho más. No sé lo que hizo en ese tiempo el sargento Peralta, galvanizado y sostenido en su fanatismo, pero para mí que también terminó por rendirse, a fin de cuentas, no era de palo, sino de carne y hueso, como nosotros. Puede que de no caer una fina llovizna, en medio de la madrugada, todavía estaríamos durmiendo.
Cuando nos levantamos, como cachorros ciegos, atontados y desorientados, molidos por los arrecifes donde nos acomodamos para dormir, nos percatamos, con horror, que alguien se había robado nuestros fusiles y municiones, incluida la pistola del sargento. De esta manera, por una casualidad que no era tal, los que habíamos ido a ocupar armas desembarcadas por el enemigo, terminamos desarmados por los que se suponían nuestros amigos.
La modorra y el sopor del sueño se nos pasaron de un golpe. Ante nuestros ojos vimos desfilar la corte marcial, el encierro en la fortaleza Ozama, el escarnio de quienes no estuvieron a la altura de la confianza del Jefe, las expulsiones deshonrosas de las filas. Unos comenzaron a lamentarse en voz alta, otros clamaron por la protección de sus madrecitas. Yo salí como un borracho, asfixiado y tambaleante hacia una ceja del monte más cercano. Fue entonces que descubrí, colgado de un árbol robusto, el cadáver despatarrado del sargento Peralta, con una media sonrisa en su rostro cenizo y un palmo de lengua afuera.
Por primera vez en mi vida, en la espesura del monte plagado de bejucos, pude ver los ojos de la Historia que observaban en silencio.
Nota: Algunos nombres de los personajes de la serie "La Era" son ficticios, y los sucesos rigurosamente ciertos. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General de la Nación.
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