Blasco
Sita en la Bolívar con Hermanos Deligne, entre los 70 y los 90 Blasco fue sinónimo de libros especializados escrupulosamente escogidos sobre psicología, pedagogía, filosofía, filología, ciencias políticas, antropología, sociología, historia y literatura. Los clásicos griegos y romanos. Débil en matemáticas y ciencias. Un amplio y confortable salón con estanterías repletas hasta el techo y mesas de novedades, con servicio de visita guiada por un sabio erudito ex sacerdote -profesor de filosofía e historia de la psicología en la UNPHU-, quien ofrecía generosamente orientaciones puntuales conforme a las necesidades del cliente y una síntesis del contenido de cada obra de su rico inventario. El bilbaíno Job Luis Blasco, asistido en la tarea por su esposa Rosita Abad en la caja -el cerebro financiero administrativo del negocio- y la dominicana Milagros Prince, mantenía con títulos actualizados uno de los espacios culturales más visitados por estudiantes y profesores universitarios del área de las humanidades.
Aposentaba una peña sabatina encabezada por el humanista y jurista presbítero Oscar Robles Toledano -el temible articulista político de El Caribe PR Thompson, crítico culto del doctor Balaguer-, en la que se daban cita el contralmirante Milo Jiménez, hijo de Ramón Emilio Jiménez, un intelectual raigal, educador y autor de obras fundamentales de la cultura dominicana. El ex gobernador del Banco Central S. Salvador Ortiz, columnista económico del diario de Germán Ornes, así como el doctor en psicología Enerio Rodríguez, sabio y respetado maestro de generaciones en la UASD, director de su departamento de psicología, y la psicóloga clínica Zelided Alma de Ruiz, especialista en terapia familiar.
Entre los asiduos visitantes se hallaba el doctor Amadeo Julián, abogado, historiador y profesor universitario, quien recuerda la librería desde su primer local en la avenida Independencia, donde luego operó el Partido Comunista Dominicano. Allí, refiere Amadeo, no sólo se encontraban libros nuevos, sino también usados, básicamente de filosofía, al parecer del propio Blasco que así reciclaba su biblioteca personal.
En Blasco encontramos libros que recomendábamos a nuestros alumnos de la UASD. Del sociólogo franco ruso Georges Gurvitch, Tratado de Sociología, Sociología del Siglo XX, Sociología Jurídica, El concepto de clases sociales. De Naville y Friedman, el monumental Tratado de Sociología del Trabajo. Del catalán Manuel Castells, sus textos innovadores sobre sociología urbana y urbanismo editados por Siglo XXI. Obras esenciales de Roland Barthes, Claude Levi Strauss, Lucien Goldman, Jacques Lacan, Michel Foucault, traducidas del francés. Al momento en que el estructuralismo, el psicoanálisis y la psiquiatría, el neo marxismo, la epistemología, la semiótica y la antropología funcionalista, enmarcaban una interlocución inteligente desde la vitrina de ideas parisina. El grado cero de la escritura, Mitologías, Elementos de semiología, Tristes Trópicos, El pensamiento salvaje, Las ciencias humanas y la filosofía, Por una sociología de la novela, Las palabras y las cosas, La arqueología del saber, Escritos I y II de Lacan, eran algunos de los títulos de esta moda.
De Goode y Hart, Métodos y Técnicas de Investigación. Del psicólogo suizo Jean Piaget, Blasco contaba con un amplio repertorio de textos sobre epistemología genética, desarrollo cognitivo, infancia y pedagogía, demandados por estudiantes de psicología y pedagogía, educadores y ejecutivos de colegios.
En torno a Marcuse -filósofo y sociólogo alemán de la Escuela de Frankfurt radicado en EEUU, donde laboró como analista de la Oficina de Servicios Estratégicos que precedió a la CIA y profesor universitario de política- y sus ideas, se desató todo un fenómeno intelectual mundial. Su mezcla de neo marxismo y freudismo (Eros y la Civilización), la visión crítica sobre la alienación en la sociedad industrial (El Hombre Unidimensional) y las estructuras de poder en la democracia (La sociedad opresora) y el modelo comunista (El marxismo soviético), ofrecieron municiones ideológicas a la Nueva Izquierda, erotizada y radical. Y a las revueltas estudiantiles que encendieron París en mayo de 1968 -ver el lúcido ensayo de Carlos Fuentes- y se irradiaron a Berkeley, Columbia y llegaron a la democristiana Chile, con irrupción del MIR. Para los del Tercer Mundo, Marcuse reservaba la metáfora del Che mítico: "todavía existe el legendario héroe revolucionario que puede derrotar incluso a la televisión y a la prensa: su mundo es el de los países 'subdesarrollados'".
Más sosegado, se hallaba Giovanni Sartori, sus obras sobre política, partidos y sistemas de partidos, y teoría de la democracia, recomendados con fervor por Julio Brea Franco, su aventajado alumno en la Universidad de Florencia, quien oficiara como docente y director de ciencias políticas en la UNPHU. Otros autores italianos promovidos por Julio -un fraterno intenso, colega en múltiples proyectos compartidos, ido a destiempo en Tampa-, por el politólogo Pedro Catrain y el sociólogo César Pérez, egresados de universidades italianas, eran Norberto Bobbio (Estado, gobierno y sociedad: por una Teoría General de la Política, Teoría general del Derecho, El futuro de la democracia) y Gianfranco Pasquino, alumno de Sartori y Bobbio, con Sistemas políticos comparados, Modernización y desarrollo político, Manual de ciencia política, La oposición en las democracias contemporáneas.
Del jurista y filósofo político Umberto Cerroni, Introducción al Pensamiento Político, Metodología y Ciencia Social, Política. Método, Teorías, Procesos, Sujetos, Instituciones y Categorías. Del pensador marxista Antonio Gramsci, su Introducción a la filosofía de la praxis, La política y el Estado moderno, Materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce. De Umberto Eco, antes de popularizar su obra a partir de novelas como El nombre de la rosa, llevada al cine magistralmente, se divulgaban textos académicos como lingüista: La estructura ausente, La forma y el contenido, El signo, Tratado de semiótica general, Semiótica y filosofía del lenguaje. Todos autores cultores de la lengua del Dante y Maquiavelo, aportes de una cultura que se ha enseñoreado en el derecho, el catolicismo, el cine, el arte y la arquitectura, el deporte, la moda y la gastronomía. ¡Viva la Italia! Con sus maravillosas pastas y antipastos. Sus papas y divas.
En Blasco se reservó un lugar especial al pensamiento alemán. Kant, Goethe, Hegel, Schelling, Nietzsche, Schopenhauer, Krause, Marx, Simmel, Weber, Heidegger, Husserl. Textos de Adorno, Walter Benjamin, Franz Neumann, Max Horkheimer y Jurgen Habermas, asociados a la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt al igual que Marcuse, con sus conceptos de democracia deliberativa y acción comunicativa, y otros aportes al desarrollo de los estudios políticos en academias americanas. Autores como Ernst Bloch y su ensoñación utópica, el refrescante liberalismo político del sociólogo Ralf Dahrendorf y sus formulaciones sobre la estratificación y el conflicto en la sociedad industrial.
Junto a los germanos, figuraban trabajos iluminadores del vienés naturalizado británico Karl Popper, como Lógica de la investigación científica y La Sociedad abierta y sus enemigos. Friedrich Hayek, otro vienés aposentado en la London School of Economics and Political Sicence desde donde polemizó con Keynes, situaría en el mercado de las ideas sus críticas a la economía centralmente planificada y abogaría por la liberalización de los mercados, que serían funcionales a las políticas neoliberales vulgarizadas por el Consenso de Washington y a la democratización en Europa oriental tras la caída del Muro de Berlín. Los textos sobre estética del filósofo y crítico literario húngaro Georg Lukács, los materiales del sociólogo húngaro radicado en Londres Karl Mannheim y de la judía alemana Hannah Arendt ofrecían otras perspectivas.
La psicóloga y educadora Julieta Saviñón, alumna de Blasco en la UNPHU, refiere que éste fue un verdadero maestro en el aula y en la librería que concebía como extensión de aquella. "Nos enseñó a estudiar mediante la lectura comprensiva, diferenciando lo esencial de lo accesorio. Nos enseñó a pensar". El escritor y lingüista Manuel García Cartagena comenta en su blog que "en la antigua librería Blasco solía encontrar siempre la joya rara, el libro único, en aquellos años en los que a nuestro país llegaban únicamente tres ejemplares del libro Z, X o Y". Monseñor Arnaiz -en plática distendida en la embajada de España en ocasión de la condecoración al amigo empresario Juan Ramos- recordaba con afecto a este vasco como él, quien vino a aplatanarse a esta media ínsula hospitalaria. Y me relataba su buen tino en los negocios, al importar textos universitarios para una clientela cautiva necesitada de ellos.
Con fama de carero y selectivo al abrir crédito, el éxito de Blasco fue tal que le llevó a habilitar una sucursal en el floreciente polígono central de la ciudad, inicialmente en la Plaza Alcázar y luego en Plaza Las Américas, en el afluente ensanche Piantini. Durante los días azarosos de 1990, cuando la inflación superó los tres dígitos y la devaluación mordió los bolsillos, los precios originales que figuraban estampados en los libros quedaron obsoletos. Ello obligaba a los clientes, como era mi caso, a acudir al mostrador a preguntar a doña Rosita por el precio actualizado de cada libro, conforme a la tasa de cambio de transacción. Como visitante que gastaba horas repasando las estanterías y seleccionando libros de mi interés, en ocasiones llegaba a montarle dos torres de libros, ante el rostro atónito a punto de explotar de la impaciente dama. Hasta que el estallido, conmigo bastante amable pero no exento de dureza seca, se producía infaltable: "A ver, señor del Castillo, por fin, cuáles libros se va llevar". Y yo miraba impasible esos hermosos ojos azules encendidos de la pareja del bueno de Blasco, ansiosa por cerrar la venta.